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Mad Max

 

Nadie sabía cómo diantres lo hacía pero el muy condenado siempre aparecía con alguna chica nueva. Daba igual si estaba con pareja o soltero. El muy cabrón siempre nos dejaba a todos pasmados cuando, sin previo aviso, asomaba con una mujer que no conocíamos. Está claro que ninguna de las chicas con las que aparecía estaba del todo fina, pero si nos hubieras preguntado a los presentes si le hubiéramos metido un viaje a cualquiera de ellas la respuesta siempre hubiera sido la misma: “¡desde luego!”

¿De dónde las sacaba? Nos preguntábamos sin encontrar una explicación razonable. ¿Esas eran las mujeres que poblaban los psiquiátricos de España? ¡Vendita locura! Exclamábamos una y otra vez después de ver a cada una de estas chicas. Nosotros, en cambio, llegábamos a nuestras casas enfrascados en las decenas de complejos y todas las tentativas fallidas que habíamos acumulado a lo largo de la noche. Pero Max, ese dulce y tan a menudo caudillo Max, traía mujeres de todos lados. Y lo gracioso es que, casi siempre, el perfil era el mismo; chicas de mirada perdida, culo respingón y pinta de ser una fiera en la cama. No sé cómo diantres lo hacía el muy condenado. Además, por si fuera poco, todas no hacían otra cosa que cuidarlo; le pagaban las copas, lo llevaban de aquí para allá en su coches, lo ayudaban a comprar su medicación. Todas chicas de habla monótona, apagada, chicas de la parte alta de Barcelona, con decenas de problemas en su mirada, pero chicas a las que nosotros le hubiéramos vendido nuestra alma si la situación lo hubiese requerido. Y a él, sin embargo, parecía que todo ese amor que las chicas demostraban, esa devoción sin sentido y fuera de toda lógica, le molestara de modo que hacía todo lo posible por mostrar que estaba enfadado, como si su presencia allí fuera un regalo para todos nosotros.

 Toni, mi muy querido y tan a veces impulsivo Toni  -al cual me imagino destrozándose la polla con rabia y maldiciendo al techo después de cada uno de estos encuentros- tenía la teoría de que les vendía la moto con el rollo de que era un pobre loco desamparado. Alguien al que el universo había escupido y que sólo la condición femenina, sólo las mujeres de corazón y amor desbordante, podían consolar. “El tipo lo que hace es vender ese rollo de soy rarito, nadie me entiende” -decía Toni con cara de mala hostia-, “necesito un poco de amparo y que me la chupes, sólo así podré recuperarme de mis brotes. Bueno, eso y que, además, seguramente, el muy cabrón tiene un trabuco ahí escondido. Y no lo neguemos, eso ayuda. A las tías les debe encantar follarse un pene sin solución. Seguro que les gusta sentirse sucias y utilizadas por ese cabroncete. Si, cada vez lo tengo más claro. Al final los tipos como tú y yo, esos que creen en el AMOR a las primeras de cambio, no nos llevamos esta clase de mujeres. Y ojo. No digo que podría enamorarme de ninguna de ellas. Ni mucho menos. Esas chicas tienen verdaderos problemas, pero qué duda cabe de que estaría más cerca de Dios y toda su maldita creación si alguna noche, la que fuera, acabara con alguna de estas desquiciadas calentando mi cama”

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