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Contigo empezó todo

La luz era más blanca de lo normal y el aire estaba particularmente limpio mientras las gentes de nuestra querida ciudad comenzaban a poblar la Barceloneta. Había personas corriendo, montando en bicicleta y algunos ya comenzaban a bañarse en el mar mientras otros estiraban sus toallas en la sucia arena de nuestras playas, impacientes por ponerse morenos. Había cierta belleza en el discurrir de todos los acontecimientos vividos hacía sólo unas horas y el hecho de no tener más dinero y saber que ahora sí iba a tener que despedirme de mis compañeros de piso de manera irremediable, me hacían sentir más ligero, casi etéreo. Me extrañaba que a cada paso que daba no fuera desapareciendo cual castillo de arena golpeado por las olas, deshaciéndome sobre el camino que me llevaba hacia lo que era ya mi antiguo hogar. No sabía qué era lo que iba a hacer, no sabía dónde iba a dormir esa noche, ni la siguiente, ni qué era lo iba a comer. En el restaurante me daban de comer una vez por día, dos si hacía turno doble, pero lo de tener un techo sobre la cabeza era un tema bien distinto. Mike, mi dulce y enano Mike, me iba a matar pero por otro lado sabía que Fivi iba a estar contenta y que Leo, gracias al desastre que acababa de cometer durante las pasadas horas, tendría un poco de buen sexo pues ella se iba a quitar un peso de encima. Pensaba en cómo las desgracias de unos son las dichas de otros, en cómo la suerte se reparte por nuestras vidas y en la particular manera que tiene el azar, la estrella, de entrelazarse en cada una de nuestras existencias. Fivi, gracias a mis malas decisiones y a dejarme llevar por mis más bajos instintos,  estaría unos días de buen humor, como si el mundo finalmente hubiera hecho aquello que era justo, aquello que convertía de una vez por todas a nuestra realidad en el mejor de los mundos en los que podemos vivir. El karma, la providencia, el destino o lo que diantres crean que existe, finalmente habían hecho aquello para lo que habían sido creados y yo, Max Shipman, iba a tener aquello que merecía: el destierro del piso de Galileo 14. No podía dejar de imaginar la cara que pondría Fivi cuando se enterara, seguro que estaría unos días de buen humor. Leo, Mike e incluso Fatima, a la cual sospecho que le hacía gracia tenerme allí -aunque sólo fuera para joder un rato a Fivi-, tendrían unos días de paz y armonía por lo menos hasta que algo más se entrometiera en el camino de esa loca finlandesa que creía que cualquier injusticia era una causa para el superhéroe que llevaba dentro. Quizás el próximo inquilino tendría que sufrirla también, quizás su próxima cruzada fuera el agua de las macetas de la vecina que chorreaba por la fachada de nuestro edificio cada vez que se ponía a regar; o quizás la tomara con los borrachos de la calle que, aunque no daban a su cuarto, sabía que le molestaban por la posibilidad cuántica de que el cuarto que daba a la calle fuera el suyo o quizás Leo se diera cuenta de una vez por todas que Fivi estaba con él simplemente porque era manejable y le daba todo el poder que una zorra chauvinista de altos valores puede desear, y la dejara de una vez por todas y tuviera que enfrentarse a la dura realidad de encontrar a alguien con el que poder compartir su vida. No sé, no sabía que era lo que le depararía el futuro a mi archienemiga, pero camino del piso del que iba a ser desterrado, algo me decía que tarde o temprano, ese karma, providencia o destino que ahora estaban en mi contra, harían con ella lo mismo que me iba a pasar a mi. Tarde o temprano  – también Fivi- recibiría su merecido.