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Crónica de un atentado

Todavía tengo luz e internet. Afuera el mundo se está desmoronando otra vez mientras por mi ventana veo a dos viejecitas paseando el perro y la raja del culo de un indigente que, con medio cuerpo metido en un container, hace esfuerzos por no caer dentro. Tantra, mi gata, me observa entrecerrando los ojos ajena a los hechos. En las Ramblas un desquiciado acaba de llevarse por delante a una muchedumbre.  Por lo menos todavía tengo luz e internet.

Los diferentes canales de televisión se afanan en cubrir el suceso. Las informaciones son contradictorias. Las fuentes poco fiables. Dicen que el conductor de la furgoneta puede estar encerrado con rehenes en un restaurante turco junto al Liceu. Otros aseguran que se ha producido un tiroteo en Via Laietana y que el conductor lleva explosivos adosados a su cuerpo. Vuelvo a mirar por la ventana. Una de las ancianas se ha marchado después de recoger la cagada de su perro; el indigente no hace más que sacar mierda del container bajo la atenta mirada de la otra mujer. Me pregunto si después volverá a meter toda es porquería dentro. En los medios ya no hay duda: la policía confirma que se trata de un atentado terrorista. La barbarie golpea otra vez en esta parte del mundo. Me fijo en si se escuchan sirenas. Silencio. Un extraño silencio. Después de un interminable mes, el paleta del tercero ha parado de taladrar sobre mi cabeza.

Tantra se lame la barriga tranquilamente desde el extremo de su cucha. Desde hace unos meses le gusta ponerse en el extremo de su cama, que a su vez se encuentra situada en su parte del sofá, y de vez en cuando se cae y me roba una carcajada pero eso no evita que al cabo de un rato vuelva a verla haciendo equilibrios. Siempre me ha gustado cuando los gatos se muestran torpes. Supongo que es el sentimiento de inferioridad que tengo hacía ellos. Que se caigan demuestra que ni siquiera ellos son perfectos. Desde hace un tiempo, como decía, Tantra se coloca en el extremo del sofá, años atrás se miraba en el espejo. Se ponía delante del espejo que hay en el salón y se tiraba horas observándose, como si estuviera meditando o intentando llegar a alguna conclusión sobre si el gato que se mostraba en esa especie de ventana a otro mundo, era realmente ella. Después hubo un día en el que dejó de mirarse, no sé si porque se aburrió de su imagen, del espejo, o si llegó a alguna conclusión de la que no ha soltado prenda hasta el momento. Hay días en los que creo que Tantra es una maestra yogi o una iniciada en secretos que los humanos apenas sospechamos. Lleva entre nosotros más de veintitrés años y no parece que tenga ganas de marcharse. Ahora le ha dado por jugársela en los bordes de su cucha, quizás, se me ocurre, es el método que tiene para aferrarse a esta realidad. Quizás ya ha alcanzado el nirvana y, como ocurre en los sueños, sentir que se cae la ayuda a seguir con nosotros. Seguro que esta noche me encuentro alguna bola de pelo en el pasillo o encima de la alfombra, quizás también lo haga para recordarme que sigo aquí.

El móvil comienza a vibrar. Mi familia y amigos preguntan dónde estoy y cómo me encuentro. Sereno. Estoy sereno y limpio. Me pregunto qué debe estar pasando en las casas de putas y en los narcopisos. Si las mamadas se habrán detenido, si las madames habrán decretado el estado de excepción, apremiando a sus clientes para que se corran de una vez y se marchen de allí cuanto antes, o si por el contrario se ha creado un ambiente más íntimo, pues la muerte parece estar un poco más cerca. A lo mejor la proximidad de lo inevitable hace que surja una bonita historia de amor de todo esto,  o puede que a las putas les haya dado por llamar a su hijos y se haya roto todo el hechizo.  ¿Quién sabe? En los narcopisos no tengo dudas de lo que ha sucedido: “vamos a por un chute más…”

El teléfono no deja de vibrar. Un amigo de un amigo tiene un conocido dentro del cuerpo de los Mossos de Escuadra y le ha pasado una circular en el que se alerta de un atentado inminente. Hemos pasado de la alerta 4 a la 5. Quizás finalmente veamos tanques por las calles de Barcelona. En mi ventana el indigente ha seleccionado lo que va a reutilizar de la basura y ha vuelto a meter toda la mierda dentro del container. La abuela ha desaparecido del mapa. En la televisión hablan con testigos que se encuentran encerrados en las tiendas y bares de los alrededores de las Ramblas. Los periodistas buscan deliberadamente que estos se emocionen y que hablen del horror que están presenciando. Ninguno de los testigos parece haber estado realmente en la zona del ataque, sus informaciones son vagas y vacías de contenido. Los periodistas hacen lo que pueden para mantener la tensión del momento. Tantra no se inmuta… se lame y me mira hastiada.

Más mensajes. “Hay una furgoneta llena de terroristas dirigiéndose a Girona. Evitar salir de casa y sobretodo donde haiga mucha gente no vayais”; “en la autovía de Castelldefels  acaba de darse a la fuga una furgoneta Iveco blanca y a atropellado a dos personas en hospitales. Placas robadas en Castelldefels 130bcc”; “peugeot box blanca. Alerta con una furgoneta blanca renault kangoo, 0871JYG. Va con dos tipos con posibles cinturones con explosivos”. La gente no está para normas ortográficas, imagino que los que escriben los mensajes lo hacen mientras escapan de las furgonetas mencionadas, por ello tampoco han podido ver claramente si era una Kangoo o una Vito, no digamos ya la matrícula. Gracias a Dios (ente por el cual se está llevando a cabo todo esto) están sanos y salvos y pueden avisar de los peligros a los que se expone la población civil que quiera reunirse en masa.

En la televisión avisan de que un conductor, que aparentemente no tiene nada que ver con los terroristas, se ha dado a la fuga de un control de policía situado en la diagonal y, en medio de la confusión reinante, los mossos lo han abatido al creer que se trataba de un terrorista. Hablo por teléfono con un amigo y hacemos cábalas sobre qué le puede haber llevado a saltarse el control de policía. Llegamos a la conclusión de que iba puesto hasta las cejas, quizás llevaba algo de mierda encima. Mal día para hacer negocios.

La operación Jaula es una realidad. En cada uno de los puntos de salida de Barcelona, ya sea por tierra, mar o aire, hay estrictos controles de seguridad. Se busca al conductor de la furgoneta que ha arrollado a cientos de personas en las Ramblas y a sus posibles cooperadores. En los medios no saben si el hombre del restaurante sigue encerrado con sus rehenes. Se suceden las informaciones contradictorias. Por ahora el numero de muertos asciende a cuatro, pero hay decenas de heridos graves por lo que se espera que  el numero de fallecidos crezca rápidamente. Los periodistas parecen desear que así sea. No deja de impresionarme la cobertura que se le dan a los hechos. Por momentos me recuerda a un partido de futbol, pero en vez de un partido del barça se retransmite una masacre. La gota que colma el vaso es la banda sonora que en algunas cadenas ponen de fondo. Ya no es más un partido de futbol, ahora ya es más identificable, no me extrañaría que en cualquier momento aparezca en cámara Arnold Schwarzenegger empuñando su famosa recortada.

A pesar de las indicaciones de la policía decenas de curiosos se agolpan alrededor de los periodistas que cubren a pie de calle el atentado. Parecen ávidos de sangre, deseosos de conocer de primera mano lo sucedido. Me los imagino dentro de unos años enseñando con fingido horror las fotos de esta fatídica tarde, como si hubieran estado en San Fermines o en las Fallas. No sé qué es peor si los medios de comunicación o los individuos que rondan por el lugar de los hechos intentando descubrir a qué huele la muerte.

Ya he tenido suficiente de los curiosos, la prensa y los mensajes que no dejan de llegar a mi teléfono. Tantra bosteza y muestra sus colmillos y su boca que es más grande de lo que parece. Por instantes me recuerda a una serpiente. La observo y me doy cuenta de que podría ser una serpiente. Tiene ojos de serpiente. Boca de serpiente. Colmillos de serpiente… y no deja de mirarme. Me esta diciendo algo que no logro comprender. Algo así como que lo mejor que puedo hacer es irme al gimnasio, hacer un poco de deporte y olvidarme por un rato de la locura humana. Seguro que por un día el gimnasio está vacío. Decido llamar antes para asegurarme de que no han cerrado. El recepcionista, abrumado, me comenta que mantendrán abierto hasta nuevo aviso, al parecer los mossos no se han puesto en contacto con ellos para que cierren las instalaciones. Está nervioso, si a algún terrorista se le ocurre entrar en el gym él será el primero que se encuentre. Mientras hablo con él salen a la luz las primeras fotografías del supuesto responsable del atentado, la fotografía es más propia de una Kardashian que de un yihadista. Un selfie en un baño. No me extrañaría que la foto la hayan sacado de Instagram. Al parecer hasta los terroristas practican el juego occidental del ego y la “fama”. Me quedo, si cabe, más contrariado.

Llego al gym y no salgo de mi asombro. Son muchos los que han pensado de la misma forma que yo. En las cintas hay hombres y mujeres que corren mientras ven los informativos de última hora. Las fotos del presunto terrorista invaden las pantallas y por un momento tengo un deja vu, de repente tengo la certeza de que vivimos en el futuro. De que esto solo es el principio de lo que nos espera: terroristas, atropellos, selfies, gente más preocupada por su imagen que por su integridad física, batidos de proteínas, comida espacial en la tierra, culos perfectos, duros, sonrisas de lata, periodismo amarillo, deseos de caer bien, sonrisas perfectas, pantallas por todas partes, la tiranía de lo correcto, me gusta, me gusta, me gusta por todas partes… En medio de todo este torrente de ideas la instructora de la sala, la cual normalmente no me habla, se acerca y me pregunta si “todo está bien”, como si en realidad le importara. Asiento, luego pienso… ¿Todo está bien? Comenzamos a hablar sobre lo sucedido, sobre lo fácil que parece cometer semejante barbarie, lo fugaz que es la vida bla bla bla y de repente ella suelta eso ya tan manido sobre el Islam y los yihadistas: que el Islam verdadero no son los terroristas que atentan contra la población civil, que ninguna religión promueve los asesinatos… y eso, en su boca, me parece una frase vacía, fantasmagórica. Como si la hubiera escuchado en alguna parte y ella no hiciera otra cosa que repetirla cual autómata porque es lo que toca. Porque en el fondo no queremos creer que una parte de la población mundial pueda vernos como su enemigo. Porque no nos consideramos malas personas. Porque reciclamos y firmamos peticiones de Greenpeace y nos escandalizamos durante unos minutos cuando por las noticias salen bombardeos en Siria y nos atragantamos con la comida. Y vuelvo a pensar en Tantra y en un artículo que leía hace poco donde un experto en felinos explicaba que si los gatos fueran más grandes, no dudarían en comernos. Probablemente esto sea lo mismo, a pesar de sus colmillos no puedo imaginarme a Tantra comiéndome.


Si los hijos de puta volasen…

Solíamos quedar por la tarde en cualquier terraza de la ciudad. Nos encontrábamos allí después del trabajo -si lo teníamos- sin que nadie supiese qué iba a ocurrir. Me refiero a que unas inocentes cervezas podían convertirse en cualquier clase de disparate y, sabiéndolo, acudíamos al encuentro con sonrisa pícara en el rostro. Me maravillaba lo fácil que era quemar el día siguiente, como si nada importara realmente, sólo nosotros y unos tragos más, nosotros y esa maldita sustancia blanca, nosotros y nuestros futuros remordimientos, nosotros y esas frías noches de invierno en las que no existían mujeres que nos calentaran. Nos engañábamos, elucubrábamos cualquier tipo de teoría que en nuestra cabeza era una dulce melodía. Quiero decir, sensata. El que ha vivido una época así ya sabe de lo que hablo. El manido tópico  de “yo no tengo un problema” o la famosa frasecita “me meto un par y me voy que mañana tengo cosas que hacer”. Y quizás lo peor de todo, aquello que más repercusiones tenía, era que éramos capaces de gastarnos todo lo que había en nuestra cuenta corriente, daba igual si estábamos a principios de mes o a finales; si había mucho o poco dinero. Siempre nos quedábamos a cero. Recuerdo cuando nos despertábamos en casa de vete tu a saber quién y terminábamos debiendo dinero a este o aquél dealer, cuando no nos debíamos dinero entre nosotros -os puedo asegurar que no hay nada peor que pagarle al dealer al día siguiente, si alguna vez me he sentido gilipollas ha sido en estas ocasiones-. Pero eso no es lo que realmente quiero explicar. Supongo que todo esto viene porque fue en uno de estos días cuando Max expuso algo que me gustaría contar.

En ocasiones temo que Max piense que sólo quedo con él para nutrirme de ideas, porque me interesan las cosas que ha vivido, el análisis que hace de ellas, y, sobretodo, me interesa lo que pasa por su cabeza. Max no es una persona normal, se mueve por impulsos; fuma compulsivamente y por su cuerpo recorren altas dosis de cafeína, además a menudo se contradice sin inmutarse. No es de aquellos a los que le puedas recriminarle eso de “pero tu dijiste…”, no. A Max le de igual lo que pueda haber dicho y seguramente le da igual lo que pueda decir; habla sin pensar, sin filtros ni maldad y hay días en los que simplemente busca ser el centro de atención. Max no entiende de política y de los llamados valores rectos. No sabe lo que es el esfuerzo, trabajar cada día en algo que odias y no llegar a fin de mes; no le importa cómo está el yen o la situación de los casquetes polares. Lo que hace Max es observar, observa constantemente lo que sucede en la ciudad. Se fija en la gente, en las viejecitas que salen a tomar el sol matutino y se sientan en los bancos de los parques cogidas de la mano de sus cuidadoras; en los niños que gritan corriendo por las calles al salir del colegio, en las palomas asesinas, aquellas que se inmolan contra ciudadanos despistados… Y a veces Max ríe y a veces Max llora. Si alguien nota la blanquecina luz de otoño es Max; si a alguien un día gris puede tornarse en uno muy negro; si alguien sonríe por la calle al cruzarse con jovencitas; si alguien cree que tiene oportunidades. Si amar de corazón a cien mujeres fuera posible; si el tabaco fuera el alimento del alma y esquivar coches con la moto un deporte; si la última moda fuera tener pintura en todos los pantalones, siempre sería Max… Max! Max! Max! Max es un artista, quizás el único de esta maldita ciudad, y aunque a veces no venda un puto cuadro, no hay nadie que pueda negarle esa etiqueta. Si existe un artista en Barcelona, ese es Max.

La cosa es que Max se había despertado en el piso de su hermano porque este se encontraba de viaje y alguien tenía que encargarse de la perra. Así que durante esa semana Max no hizo otra cosa que pasear a Lua por Enrique Granados topándose con otros perros, sus dueños, niños que se ponían a jugar con el nervioso cocker y alguna que otra ex que momentáneamente lo sacaban de sus casillas. Fue dando uno de estos paseos cuando le sucedió lo que, según me dijo, hacía tiempo venía soñando.

Con dieciocho años a Max lo metieron en un “Centro Terapéutico” especializado en adolescentes un poco descarriados -y con algún que otro tornillo suelto- de familias pudientes. Si no sabías qué hacer con tu hijo porque había comenzado a consumir drogas y cada vez se comportaba de forma más extraña, o era filonazi, o tenías una niña mona de la parte alta de Barcelona que había decidido que su vagina era un regalo para todo aquél que la reclamara y tenías miedo de que eso comenzara a saberse en tu círculo de amigos, y que coño; si podías permitirte gastar un dineral en un centro que prometía triunfar en todo aquello que habías fracasado como padre/madre, esa era la institución a la que debías acudir. Allí Max conoció a lo mejorcito de cada casa. Gente interesante de verdad: artistas, filósofos, vedettes… De hecho uno de sus mayores amores lo tuvo en ese centro pero, como dijo una vez, “era un amor que no estaba hecho para este mundo…” Todos ellos, personajes salidos de una novela todavía por escribir, estaban a las órdenes de un solo hombre. Un hombre que se estaba haciendo rico con los problemas y sufrimientos de decenas de jóvenes de la clase alta barcelonesa. Según Max vivían en unas condiciones de guerra; hacinados en literas, comiendo basura, trabajando un huerto que no producía fruto alguno y siempre bajo su estricta vigilancia. “Era su juego”, decía Max, “El tipo hacía que lo amarás para después pasar a odiarlo, le encantaba jugara a esa dicotomía. Le encantaba saber que tu salud estaba en sus manos, que su opinión valía más que cualquiera de tus lamentos. Y nos medicaban, vaya si nos medicaban. La gente no sabe de lo que habla cuando hablan de drogas duras. Ríete de cualquier droga que podamos conseguir, las duras de verdad sólo vienen con receta y este tenía cientos, miles de ellas. Te daban una pastilla para dormir, otra para la depresión, para los brotes, los ataques de pánico, las alucinaciones. Si hubo un periodo de mi vida en el que realmente estuve drogado, fue ese. A veces no sabía ni lo que pensaba. Había días en los que me levantaba en una de esas literas de mierda y creía que estaba volando, que Aladín me había dejado una de sus alfombras y que el calendario ya no existía. No sé, fueron duros esos momentos, no sé si entiendes lo que digo”. Yo intentaba imaginarme la situación y no sé por qué todo lo que me contaba lo veía en blanco y negro y como si hiciera frío, mucho frío. “Hubo tres que después de aquello, no sé cuánto tiempo pasó desde que salieron, que terminaron en Montjuic. Si, fin de la historia… ¡Kaput! Era su juego, su maldito juego… Y el otro día al levantarme  y sacar a la perra, allí estaba él. ¡No me lo podía creer! Delante de mí con una mujer mayor cogida de su brazo, paseando tan panchamente un domingo cualquiera a la luz del sol, como si nunca hubiera roto un plato. Había envejecido y tenía una barba que antes no llevaba, pero era él. Allí, parado en Enrique Granados frente a un semáforo. No sabes lo que sentí. Decenas de imágenes vinieron a mi cabeza. De repente estaba viviendo otra vez toda esa época y me di cuenta de que, en realidad, desde que salí de aquél centro, he estado bajo su estricta mirada todo este tiempo. No me había liberado de todo lo que aquél cabrón nos hizo. Y sucedió. Inmerso en mis pensamientos, zambullido en todas esas imágenes que formaban un torbellino en mi cabeza, no me había dado cuenta de que junto a Lua había una niña pequeña. Bajé la mirada, la niña era rubia, de pelo largo y ondulado y el sol brillaba con fuerza en su cabello y todo era luz. La niña me miró como sólo los ángeles pueden hacerlo, me sonrió y me dio paz, mucha paz. Una paz que nunca antes había experimentado y fue en ese momento cuando entendí que Dios existe. Es más, creo que la niña era Dios y que bajó para decirme que lo hiciera, que no pasaba nada, que si los hijos de puta volasen taparían el sol y que lo mínimo que se merecía era eso. Así fue como me acerqué por la espalda le toqué el hombro y le dije << Usted es Enrique Pujol y no me he olvidado de usted, que sepas que me reventaste la vida y que por ello y por todo lo que nos hiciste, morirás en el infierno>>”