Archivo de la etiqueta: amor

Enamorada del amor

Hoy en NA una chica ha contado una historia. Todo el mundo cuenta historias en NA. Normalmente son historias tristes, incluso me atrevería a decir que lamentables, aunque es probable que algunas puedan ser consideradas historias de superación. Pero la tónica general son historias que versan sobre si robaba para poder pagarme la droga; que si perdí tantos trabajos por no presentarme o presentarme con un aspecto inaudito; que si la vida hacía tiempo que no tenía sentido y en vez de tirarme desde un quinto piso y ahorrarle sufrimiento a la gente comencé a drogarme, optando por la peor de las muertes, esa que es lenta y jode a todas las personas que te importan, etc, etc. Pero esta chica, Jessy o Jenny o como demonios se llame, siempre he sido muy malo para los nombres, ha contado algo que ha creado un ambiente especial en la sala. Hoy no ha sido una velada más en NA.

La chica no debe tener más de veinticinco años y hace seis meses que está limpia a pesar de que su hermano trafique. Él sabrá… Además, por lo visto, está comenzando a dejar de soñar con “la sustancia”; el otro día incluso llegó a rechazarla en un sueño. Una buena señal.

Se puede decir que es una chica agradable. Hay días en los que aparece con el pelo liso, largo y castaño todo recogido en una coleta, lo que provoca que se le estire la cara y se le formen unos ojos negros atigrados. Está entrada en carnes sin llegar a ser gorda o gordita y, exceptuando la ralla de los ojos, no suele ponerse maquillaje. Todo ello hace que sea una mujer agradable a la vista y que por momentos llegue a tener cierto aire de actriz porno. Pero no sólo es bastante agraciada, sino que, por lo menos ahora, desde que se ha desenganchado de toda la mierda que tomaba (ketamina en su mayor parte), parece una persona que no juzga a los libros por su tapa, lo que le otorga cierta calidez humana. Además, no tiene pelos en la lengua, suelta lo primero que se le pasa por la cabeza sin inmutarse, lo que hagan los demás con ello no es su problema. Yo, que hace relativamente poco que estoy yendo a las reuniones, lo he podido comprobar en diversas ocasiones. Digo, lo de que tiene cierta calidez humana, pues es de las pocas personas que me habla cuando hay un “break” y más de una vez la he pillado mirándome y siempre parece ruborizarse.

La cuestión es que estábamos allí, un viernes más, escuchando las historias y desgracias de los presentes, cuando Jenny o Jessy o cómo diablos se llame, ha soltado “creo que a mi lo que me pasa es que estoy enamorada del amor”, dejándonos a todo un tanto confusos. Según parece la chica ha estado unos días en un centro budista, buscando su yo espiritual y haciendo las paces con su alma, teniendo la suerte de conocer a un joven que la ha cautivado. Está muy contenta y bla bla bla y, bueno, si, realmente me alegro por ella, pero no sé qué futuro tiene dicha relación. La razón no es otra que, por lo visto, Jessy o Jenny siempre ha sido muy activa sexualmente. Si estaba con un chico se lo follaba hasta sacarle la última gota de semen. Le encantaba sentir el efecto que provocaba en los hombres, saber que siempre que ella quisiera podía poseerlos y jugar con ellos y que le metieran un buen trozo de carne entre las piernas y la empotraran contra la pared. Y por lo visto con este chico, el que ha conocido en el centro busdista, no ha pasado nada de eso. Todo ha ido muy despacio, apenas se han tocado y está muy contenta de cómo están yendo las cosas entre ella y él. Porque se ha dado cuenta de que estaba “enamorada del amor”. A ella lo que le gustaba era el sentimiento de los primeros días. Esos días en los que, si hay química, la pareja se folla como si no hubiera mañana; esos días en los que te mueres de ganas de ver a tu amado o amada y hacerle sentir el hombre o la mujer más bello/a del planeta. Le encantaba el amor a primera vista, pensar que esta vez si era el adecuado, que no había duda pues, entre otras cosas, nadie la había follado como él hasta ahora. Y su mente comenzaba a divagar sobre la vida que llevarían juntos y en los numerosos lavabos que visitarían furtivamente y en las vacaciones, esas en las que se pondrían hasta el culo de todo lo que hubiera,  cayendo exhaustos en la cama de un hotel a las tres de la tarde del día siguiente con el coño dolorido y una incipiente cistitis en camino. A ella, se ha dado cuenta ahora, lo que le gustaba era todo esto. Le gustaba el amor en sí mismo y por eso nunca se había enamorado de nadie. Pero ahora todo parece ser diferente y espera que así sea. Se lo va a tomar con calma. Ya no necesita que le digan que está buenísima, que la laman de arriba abajo, que le azoten el culo y la muestren en público como un trofeo. Todo eso ya ha pasado. Ya no necesita tener diez orgasmos y dejar las sábanas de la cama empapadas o irse a una disco y follarse a ese chico tan mono y tímido que no ha parado de mirarla en toda la noche pero que no se atreve a dar el paso. Ya no, ahora es una mujer nueva y apenas se han tocado con su nuevo amorcito. Todo ha sido muy sano, inocente y aséptico.

No hay forma humana de describir las caras y gestos que iban haciendo los personajes de la sala. La pobre no se daba cuenta, o no quería darse cuenta, pero hay ciertas cosas, por mucha sinceridad que se quiera tener en estos sitios, que no se pueden explicar. Si les digo la verdad, no me hubiera extrañado que la hubiesen violado allí mismo. Los colmillos de muchos han salido a relucir y sólo hubiera faltado que alguien, un desalmado hijo de puta, hubiese tirado una bolsa con diez gramos en medio de la sala. Eso habría sido una bacanal.  Las miradas cómplices y las risitas ahogadas, han ido sucediéndose durante y después de su intervención. Se podía ver en sus ojos lo que estaban pensando. Las más bajas ideas han vuelto a aparecer y no me extrañaría que alguien de los allí presentes se haya marchado al camello más próximo a comprarse una dosis y destrozarse la polla mientras pensaba en que, ojalá, la hubiera pillado en otro tiempo. Pero ella se ha quedado en su sitio, feliz. Contenta por no ser más de esa forma y por escupir todo eso delante de nosotros, sacarlo de su cuerpo, hacerlo patente, real. Lo que nosotros hiciéramos con ello no le importaba lo más mínimo.

Después, en el “break” ha pasado por mi lado, me ha echado una miradita y me ha preguntado que qué tal estaba, que se alegraba de verme nuevamente, que hacía ya unas semanas que no venía. Ha apoyado sus manos en las mías con un gesto de complicidad y se ha marchado a hacerse un café como quien no quiere la cosa. Removiendo muy lentamente el azúcar, mirando a ninguna parte.


Amor de madre

Hace ya algún tiempo, cuando era poco más que un niño que empezaba a demostrar cierto carácter indómito, mi madre, que nunca antes había conducido un coche en su vida, decidió aprender a conducir. Recuerdo cómo la acompañábamos todos a practicar. Nos íbamos a un barrio tranquilo de nuestro pueblo, uno de esos barrios residenciales en los que apenas circulan coches y los niños juegan en la calle, para que ella aprendiera a meter las marchas y girar por aquí y por allá. El coche era un Citroen Mehari, cómo olvidar esa barca maravillosa en los que disfruté de muchos de los paseos más hermosos que he tenido en un coche. En ese coche todo eran ventajas, te podías subir a él como quien aborda un barco pirata, en la parte de atrás cabíamos todos, mis amigos, yo, los perros y las pelotas que siempre nos acompañaban y en verano el viento siempre te acariciaba la cara. Quizás lo único malo era que cuando se rompía alguna parte del coche la arreglaban con fibra de  vidrio que se metía por los poros de la piel y no dejabas de rascarte durante días. Pero era un mal menor comparado con todas las ventajas del auto.

Mi madre se tomaba la cosa en serio y recuerdo que no manejaba del todo mal. A veces no le entraba alguna marcha –hay que decir en su favor que las marchas del mehari eran un tanto particulares- y se calaba el coche y todos los habitantes del mismo salíamos disparados hacia delante  y otras, mal que le pese a mi madre, entraba la marcha de golpe y uno tenía que agarrarse fuertemente a lo que pudiera para no caerse a la carretera. En general, todos se lo tomaban con humor. Mis amigos reían sin parar y para ellos era poco menos que un parque de atracciones. Cada vez que veían al amigo de mi madre venir a casa pedían a gritos ir a practicar con el coche pero a mí no me hacía mucha gracia, me gustaba el mehari, que como ya he dicho, es el coche que asocio a mi infancia, pero no me gustaba, no entendía que mi madre tuviera tan poca pericia conduciendo y creía que, tarde o temprano, alguien saldría herido de todo ese sin sentido, por lo que no era raro verme haciendo aspavientos y chinchudo. Mi humor, claro está, no ayudaba a mi madre y en sus prácticas siempre había pequeñas o grandes discusiones que terminaban conmigo bajándome del coche para salvar la vida y a mi madre pegándome cuatro gritos en medio de estos barrios residenciales, donde se supone que la vida es fácil y pausada y donde los gritos están prohibidos.

La cosa es que un día, cuando mi madre ya manejaba medianamente bien a pesar de no tener el carné, me llevó al colegio después de comer. Mi clase tenía que cantar en la sala de actos y todos los padres habían sido convocados para ver aquél circo. Eran las tres de la tarde y la calle que rodeaba la escuela se encontraba poblada por cientos de niños que corrían, gritaban y se peleaban por llegar antes a las puertas del colegio -siempre tendré en mi recuerdo cómo nos pegábamos por ser los primeros en la puerta y así entrar antes que nadie al patio-. Si la memoria no me falla habíamos discutido por algo. Todo había comenzado en casa y se había alargado durante el trayecto lo que hacía que mi madre condujera peor de lo que sabía y de repente nos encontramos en un cruce frente al colegio, en el que siempre, a esas horas, había un policía que se encargaba de que nadie atropellara a los niños. Y no sé si fue la discusión que ya traíamos encima, o si al ver al policía mi madre se puso más nerviosa de lo normal porque sabía que no tenía el carnet o si lo cientos de niños que correteaban de aquí para allá hicieron que mi madre tuviera que realizar un giro inesperado o si fue todo junto. Lo único que recuerdo es la sacudida que dio el coche cuando giró el volante para meterse por la nueva vía y cómo el mehari acabó empotrado contra una esquina. El policía, sin entender la maniobra, sin saber qué había pasado, se acercó y consoló, galante, a la atractiva mujer del auto naranja. A mí se me fue el mal genio de golpe y después de que el policía se fuera sin pedirle el documento mi madre me gritó: “¡lo ves, por eso suceden los accidentes!”. Después yo me bajé del coche, al cual no le había pasado nada, era un mehari, y me fui raudo a la sala de actos. Mi madre aparcó el coche no sé dónde y apareció como si nada hubiera pasado entre el público. Todos dijeron que lo habíamos hecho muy bien.