Si los hijos de puta volasen…

Solíamos quedar por la tarde en cualquier terraza de la ciudad. Nos encontrábamos allí después del trabajo -si lo teníamos- sin que nadie supiese qué iba a ocurrir. Me refiero a que unas inocentes cervezas podían convertirse en cualquier clase de disparate y, sabiéndolo, acudíamos al encuentro con sonrisa pícara en el rostro. Me maravillaba lo fácil que era quemar el día siguiente, como si nada importara realmente, sólo nosotros y unos tragos más, nosotros y esa maldita sustancia blanca, nosotros y nuestros futuros remordimientos, nosotros y esas frías noches de invierno en las que no existían mujeres que nos calentaran. Nos engañábamos, elucubrábamos cualquier tipo de teoría que en nuestra cabeza era una dulce melodía. Quiero decir, sensata. El que ha vivido una época así ya sabe de lo que hablo. El manido tópico  de “yo no tengo un problema” o la famosa frasecita “me meto un par y me voy que mañana tengo cosas que hacer”. Y quizás lo peor de todo, aquello que más repercusiones tenía, era que éramos capaces de gastarnos todo lo que había en nuestra cuenta corriente, daba igual si estábamos a principios de mes o a finales; si había mucho o poco dinero. Siempre nos quedábamos a cero. Recuerdo cuando nos despertábamos en casa de vete tu a saber quién y terminábamos debiendo dinero a este o aquél dealer, cuando no nos debíamos dinero entre nosotros -os puedo asegurar que no hay nada peor que pagarle al dealer al día siguiente, si alguna vez me he sentido gilipollas ha sido en estas ocasiones-. Pero eso no es lo que realmente quiero explicar. Supongo que todo esto viene porque fue en uno de estos días cuando Max expuso algo que me gustaría contar.

En ocasiones temo que Max piense que sólo quedo con él para nutrirme de ideas, porque me interesan las cosas que ha vivido, el análisis que hace de ellas, y, sobretodo, me interesa lo que pasa por su cabeza. Max no es una persona normal, se mueve por impulsos; fuma compulsivamente y por su cuerpo recorren altas dosis de cafeína, además a menudo se contradice sin inmutarse. No es de aquellos a los que le puedas recriminarle eso de “pero tu dijiste…”, no. A Max le de igual lo que pueda haber dicho y seguramente le da igual lo que pueda decir; habla sin pensar, sin filtros ni maldad y hay días en los que simplemente busca ser el centro de atención. Max no entiende de política y de los llamados valores rectos. No sabe lo que es el esfuerzo, trabajar cada día en algo que odias y no llegar a fin de mes; no le importa cómo está el yen o la situación de los casquetes polares. Lo que hace Max es observar, observa constantemente lo que sucede en la ciudad. Se fija en la gente, en las viejecitas que salen a tomar el sol matutino y se sientan en los bancos de los parques cogidas de la mano de sus cuidadoras; en los niños que gritan corriendo por las calles al salir del colegio, en las palomas asesinas, aquellas que se inmolan contra ciudadanos despistados… Y a veces Max ríe y a veces Max llora. Si alguien nota la blanquecina luz de otoño es Max; si a alguien un día gris puede tornarse en uno muy negro; si alguien sonríe por la calle al cruzarse con jovencitas; si alguien cree que tiene oportunidades. Si amar de corazón a cien mujeres fuera posible; si el tabaco fuera el alimento del alma y esquivar coches con la moto un deporte; si la última moda fuera tener pintura en todos los pantalones, siempre sería Max… Max! Max! Max! Max es un artista, quizás el único de esta maldita ciudad, y aunque a veces no venda un puto cuadro, no hay nadie que pueda negarle esa etiqueta. Si existe un artista en Barcelona, ese es Max.

La cosa es que Max se había despertado en el piso de su hermano porque este se encontraba de viaje y alguien tenía que encargarse de la perra. Así que durante esa semana Max no hizo otra cosa que pasear a Lua por Enrique Granados topándose con otros perros, sus dueños, niños que se ponían a jugar con el nervioso cocker y alguna que otra ex que momentáneamente lo sacaban de sus casillas. Fue dando uno de estos paseos cuando le sucedió lo que, según me dijo, hacía tiempo venía soñando.

Con dieciocho años a Max lo metieron en un “Centro Terapéutico” especializado en adolescentes un poco descarriados -y con algún que otro tornillo suelto- de familias pudientes. Si no sabías qué hacer con tu hijo porque había comenzado a consumir drogas y cada vez se comportaba de forma más extraña, o era filonazi, o tenías una niña mona de la parte alta de Barcelona que había decidido que su vagina era un regalo para todo aquél que la reclamara y tenías miedo de que eso comenzara a saberse en tu círculo de amigos, y que coño; si podías permitirte gastar un dineral en un centro que prometía triunfar en todo aquello que habías fracasado como padre/madre, esa era la institución a la que debías acudir. Allí Max conoció a lo mejorcito de cada casa. Gente interesante de verdad: artistas, filósofos, vedettes… De hecho uno de sus mayores amores lo tuvo en ese centro pero, como dijo una vez, “era un amor que no estaba hecho para este mundo…” Todos ellos, personajes salidos de una novela todavía por escribir, estaban a las órdenes de un solo hombre. Un hombre que se estaba haciendo rico con los problemas y sufrimientos de decenas de jóvenes de la clase alta barcelonesa. Según Max vivían en unas condiciones de guerra; hacinados en literas, comiendo basura, trabajando un huerto que no producía fruto alguno y siempre bajo su estricta vigilancia. “Era su juego”, decía Max, “El tipo hacía que lo amarás para después pasar a odiarlo, le encantaba jugara a esa dicotomía. Le encantaba saber que tu salud estaba en sus manos, que su opinión valía más que cualquiera de tus lamentos. Y nos medicaban, vaya si nos medicaban. La gente no sabe de lo que habla cuando hablan de drogas duras. Ríete de cualquier droga que podamos conseguir, las duras de verdad sólo vienen con receta y este tenía cientos, miles de ellas. Te daban una pastilla para dormir, otra para la depresión, para los brotes, los ataques de pánico, las alucinaciones. Si hubo un periodo de mi vida en el que realmente estuve drogado, fue ese. A veces no sabía ni lo que pensaba. Había días en los que me levantaba en una de esas literas de mierda y creía que estaba volando, que Aladín me había dejado una de sus alfombras y que el calendario ya no existía. No sé, fueron duros esos momentos, no sé si entiendes lo que digo”. Yo intentaba imaginarme la situación y no sé por qué todo lo que me contaba lo veía en blanco y negro y como si hiciera frío, mucho frío. “Hubo tres que después de aquello, no sé cuánto tiempo pasó desde que salieron, que terminaron en Montjuic. Si, fin de la historia… ¡Kaput! Era su juego, su maldito juego… Y el otro día al levantarme  y sacar a la perra, allí estaba él. ¡No me lo podía creer! Delante de mí con una mujer mayor cogida de su brazo, paseando tan panchamente un domingo cualquiera a la luz del sol, como si nunca hubiera roto un plato. Había envejecido y tenía una barba que antes no llevaba, pero era él. Allí, parado en Enrique Granados frente a un semáforo. No sabes lo que sentí. Decenas de imágenes vinieron a mi cabeza. De repente estaba viviendo otra vez toda esa época y me di cuenta de que, en realidad, desde que salí de aquél centro, he estado bajo su estricta mirada todo este tiempo. No me había liberado de todo lo que aquél cabrón nos hizo. Y sucedió. Inmerso en mis pensamientos, zambullido en todas esas imágenes que formaban un torbellino en mi cabeza, no me había dado cuenta de que junto a Lua había una niña pequeña. Bajé la mirada, la niña era rubia, de pelo largo y ondulado y el sol brillaba con fuerza en su cabello y todo era luz. La niña me miró como sólo los ángeles pueden hacerlo, me sonrió y me dio paz, mucha paz. Una paz que nunca antes había experimentado y fue en ese momento cuando entendí que Dios existe. Es más, creo que la niña era Dios y que bajó para decirme que lo hiciera, que no pasaba nada, que si los hijos de puta volasen taparían el sol y que lo mínimo que se merecía era eso. Así fue como me acerqué por la espalda le toqué el hombro y le dije << Usted es Enrique Pujol y no me he olvidado de usted, que sepas que me reventaste la vida y que por ello y por todo lo que nos hiciste, morirás en el infierno>>”


WAR!

Como si ya no tuviera bastante con levantarme cada mañana y luchar contra el mayor enemigo que tengo en el mundo -yo mismo-, desde hace un tiempo para acá tengo que vérmelas, lidiar, con ciertos conflictos con los que no me identifico. Como individuo de mi tiempo que soy y, quizás, debida a mi formación humanística en la que los valores del arte, de la palabra escrita, de las notas en el viento y de la libertad bien entendida -esa que, por resumir, dice que la mía termina donde empieza la del otro-, no me identifico con ninguna de las partes de esta guerra. Es cierto que, indudablemente, voy a estar más de acuerdo con los valores occidentales. Esos que desde hace siglos nos hemos esforzado por inculcar en otras regiones del mundo. Es cierto que creo en la libertad, en el amor al prójimo, en la igualdad y la justicia ¿pero cuántas matanzas hemos cometido en nombre de estas ideas? ¿cuántas veces hemos escondido bajo tan bellas palabras atrocidades que apenas somos capaces de imaginar? ¿qué habrán hecho nuestros gobiernos para que, ahora, gente que no conocemos de nada, extraños a miles de km, estén dispuestos a matarnos y causar terror? Sinceramente todo esto cada vez da más miedo y el miedo, no genera nada bueno. Gente como Marine Le Pen o Donald Trump se están frotando las manos con los últimos atentados, cosa que hace tiempo hacen ISIS o DAESH por las ofensivas occidentales. WAR! Tiempos de guerra se avecinan.  Y por ello suenan las trompetas y tambores de los media ¡Miedo! ¡Tengan miedo del otro! ¡No se esfuercen por conocerlo, por llegar a acuerdos! WAR! WAR! WAR! Es la respuesta… Si algo hay de cierto en todo esto, si algo sale victorioso de la guerra, es el VERDADERO MAL. Si el VERDADERO MAL, PORQUE EL MAL EXISTE. Es decir, las compañías armamentísticas, la ignorancia, el fanatismo de cualquier clase, la pérdida de libertades en nombre de la seguridad común, el miedo a las culturas que nos son extrañas y que, aunque ahora no lo creamos, tienen mucho de lo cual podemos aprender. Y es por ello que no voy a hacerles el juego a ninguno de los bandos. Creo que desde hace un tiempo para acá muchos han sido los errores que hemos cometido como civilización, sino no se explica, por poner un ejemplo, que las muertes de Paris nos duelan más que las de Beirut. No sé, no creo que una vida humana valga más a un lado u otro de la frontera.

Una vez dicho esto me gustaría invitar a una reflexión. Europa mejor que nadie sabe lo que significa la guerra. Somos expertos en el tema; durante miles de años nos matamos entre nosotros y después, fue precisamente ese conocimiento de cómo aniquilar al enemigo, el que nos permitió conquistar el mundo. Ahora decimos con gran orgullo que somos la CIVILIZACIÓN que los otros son los bárbaros y algo dentro mío me dice que no es del todo cierto. Desde siempre Europa ha matado a sus hermanos. Francia invadió España, Alemania intentó conquistar toda Europa, a Polonia -bueno, a Polonia la invadió todo el mundo- e Inglaterra estuvo siempre en todas las contiendas. Y yo me pregunto ¿de qué sirvieron tantas muertes si ahora somos todos hermanos? Es algo que desde que soy pequeño y entendí que existía algo a lo que se le llamaba guerra, me ha fascinado. Las guerras acaban y lo único que perdura es el sufrimiento de no tener a nuestro lado las gentes que han perecido en ella. Las ideas y agresiones que tan importantes eran al comienzo de la contienda, ahora ya han pasado a un segundo plano, pero hemos necesitado que miles de almas se pierdan por el camino. Y no olviden nunca que a la guerra no van los generales, a la guerra no van los reyes ni los presidentes, sino el pueblo; los padres e hijos, los hermanos, la madres y mujeres que nos cuidan y protegen. Sólo ellos van a las guerras. Quizás por ello creo, humildemente y porque me han dado boca para quejarme, que la única guerra que me interesa es aquella en la que sólo hay victoria y que no es otra que la guerra contra uno mismo. Que haya guerra, pero que sea espiritual y nos ayude a derrotar todo aquello de nuestro ser que debe ser despojado.


Un día cualquiera

Y si, al final ninguno de nosotros estamos tan bien como creemos. No conozco a nadie que se levante por la mañana silvando la séptima de Bethoveen. No conozco a nadie que se mire en el espejo y se reconozca. A nadie que diga “oh mira ese tipo/a que hay frente a ti; que ser admirable, prodigioso, que perfecto y en paz consigo mismo parece, como brilla de manera única; a nadie que al verse piense: ¿me gustaría compartir con él/ella cada unos de lo instantes que forman tu vida hasta el final de los tiempos? No, no conozco a nadie que lo haga. Lo normal, lo mas común; aquello que la vida me ha enseñado que solemos hacer todos, es quejarnos. Sí, nos quejamos. No paramos de hacerlo. Maldecimos. Condenamos. Nos cabreamos sólo abrir los ojos. Decimos que la economía va mal, que hay paro, violencia, que ya no se vive como se vivía antes y que la gente ya no habla cuando se encuentra; que ahora lo más común es fijarse en la última foto de INSTAGRAM de algún/a pelotudo/a al que apenas conoces pero que tiene un look “guay”; que el arte hace tiempo ha muerto, que todo es pose; que las palabras se las lleva el viento y de lo actos ya nadie se acuerda; que todo lo que hagamos tarde o temprano será olvidado; que la literatura ya no es leída y la política es sólo para aquellos que quieren hacer dinero; que el amor no existe y el sexo es simplemente un vicio más; que yo tengo un problema (no uno, varios, y parece que con el tiempo se agudizan); que la amistad se compra con cuatro tragos y la cocaína es cada vez más cara; que todos queremos triunfar y, como decía un gran poeta, marcharnos entre aplausos; que la paz ya no hay quien la compre, que es mejor la guerra; QUE ESTAS PALABRAS NO VALEN NADA, que todo el mundo tiene sus PROBLEMAS; y, que al fin y al cabo, a lo largo del último año, no hemos hecho otra cosa que buscar el sol; que somos cobardes, más de lo que no gusta reconocer y que no damos todo el amor que deberíamos; que la vida pasa y no nos damos cuenta; que nada parece tener sentido, que odio, que amo, que no lo tengo claro y, sin embargo, no se por qué, no me pidan una explicación lógica, (no la tengo) hay algo dentro mío que, cada día, se muere por ser amado y conocerte un poco más otra vez… Y que, después de todo, sólo espero que haya servido de algo…


Extractos de novela “Candela”

6 de Mayo

Hace días que tengo pocas ganas de escribir. Carlos sigue liado con su trabajo, no piensa en otra cosa que seguir haciendo dinero. Dinero, dinero, dinero… No entiendo esa obsesión que le ha entrado en los últimos años por acumular y ganar más y más. Supongo que hay algo en el acto de ganar dinero, en demostrarle al mundo que sabe cómo se juega al capitalismo que inconscientemente es muy macho. Laura dice que los tíos hoy en día están más jodidos que nunca, que no saben para dónde tirar, que tienen los días contados y que temen que un día u otro las mujeres descubramos cómo seguir adelante sin ellos… Pero acto seguido, Laura siempre saca el tema de la carne “nena, la verdad que no tengo ningún tipo de dudas sobre cómo sería la tierra sin estos teenagers neardentales que son los hombres hoy en día… todo sería verde y democrático y lleno de zapatos (jijijijiji), pero como echaría de menos ese trozo de carne jajajajaja”. Laura cada día está más loca, pero es mi loca (sin duda la menopausia le está afectando). En todo caso, creo que Laura tiene algo de razón, hay muchos hombres hoy en día que están obsesionados con ganar más. Quizás es algún tipo de mecanismo de defensa –si tienen dinero, siempre serán útiles, siempre serán válidos- y qué duda cabe de que hay mucha lagarta suelta a la que un buen fajo de billetes le impresiona más que unos buenos bíceps o una mente brillante y quizás sea eso lo que me molesta de toda esta situación con Carlos. Carlos parece haberse rebajado a esa clase de mundo que tan poco me gusta: el dinero, el éxito, el ser más que los otros, el competir y mostrar qué bueno eres. Carlos sabía desde un principio que yo lo quería por lo que es, por los recovecos más íntimos de su alma, esos claroscuros a los que solamente yo llegaba. Recuerdo cómo a veces tenía la sensación de ser una espeleóloga – o cómo demonios se llamen esos que se adentran en las cuevas-, una exploradora de los escondites más inaccesibles de su ser en los que iba plantando mi bandera en cada una de las cimas que alcanzaba. Había momentos, después de alguna que otra discusión, después de alguna de sus crisis existenciales en las que por fin se habría y me mostraba esa luz que había en su interior y que no era otra cosa que una mezcla de vulnerabilidad ante la existencia y determinación de que yo estuviera a su lado, en los que me sentía como Livingstone al descubrir las cataratas Victoria. Era un pequeño triunfo. Una revelación. La reafirmación de que había encontrado a mi media naranja. Me daba igual si no era el más guapo, si no tenía las ideas claras sobre para dónde tirar en su vida. Yo era su sostén, aquello de lo que pendía su universo entero y eso me hacía más grande de lo que soy en realidad. Mi vida ya no me pertenecía, era parte de otro, podía salir de mi cuerpo, dejar de lado mis preocupaciones, ser parte de algo más grande. No sé, quizás es algo que nos pasa a las mujeres, siempre tenemos ese gen materno que nos lleva a cuidar y proteger. Quizás sólo sea egoísta y necesite algo más que mi  yo porque cada vez que miro hacía mi interior no veo otra cosa que un gran y profundo abismo en el que puedo caer en cualquier instante… Quizás estás dándole vueltas demasiado Candela. ¡Deja de darle vueltas Candela! Pero hay algo que es cierto. Carlos y el dinero, el dinero y Carlos me están dejando fuera. Hace tiempo que ya no tengo ese sentimiento y hay días en los que me pregunto qué hago con él. Lo miro sentado al lado mio en el sofá y es como si viera a un extraño. Y no me gusta dormir con extraños…


La nariz menguante

No eres tan desgraciado como sospechas. Al final todo está en tu mente…Anónimo.

Hace tres horas que he despertado. En la cama iba mirando el reloj cada x minutos, intentando alargar el hecho de enfrentarme al mundo una vez más. Pasado un tiempo he desistido de dormir. Aunque lo intentaba no había manera. Una y otra vez los problemas que tengo que solucionar en mi vida y un punzante dolor, acompañado de un persistente zumbido, aparecían sin permiso en mi cabeza, avasallándome, subyugando mi ser.

Lo has hecho otra vez, al final va a ser verdad eso de que no tienes remedio; estás condenado y cada día decepcionas un poco más a la gente que te quiere, a la gente que te cuida.

He decidido dejar de intentar dormir, pero he permanecido en la cama descansando un rato más los malnutridos músculos. Los minutos del reloj no avanzaban todo lo rápido o todo lo despacio que me hubiera gustado. Me he revuelto dos o tres veces más entre las sábanas, luchando contra la idea de enfrentarme al mundo otra vez; luchando contra la idea de afrontar mis problemas, de plantarles cara. Afuera, en la calle, la ciudad hacía horas que latía con fuerza.

Ayer acabaste tomando otra vez cualquier cosa. Quizás conviene que te compres el maldito calendario de una vez por todas y vayas tachando los días en los que estás sobrio. Ver reflejado en un papel las veces que el planeta ha dado una vuelta sobre sí mismo permaneciendo sereno podría ser un buen método para conseguir aquello que quieres… No te engañes… No sabes lo que quieres.

Al coger el móvil para apagar la alarma con la que se suponía tenía que despertarme me he encontrado con innumerables conversaciones que he mantenido con desconocidas. Ninguna de ellas era atractiva. Ninguna conversación tenía verdadero sentido. Eran mujeres que hace tiempo han desistido de encontrar un hombre que les de todo lo que quieren y han optado por el camino fácil; ahora sólo buscan a alguien que las empotre contra la pared una y otra vez. Por lo visto he quedado con una de ellas hoy. Cuando salga del trabajo tengo que ir a verla, pues trabaja por las tardes-noches en un restaurante de la zona y le da tiempo a que le haga una visita rápida. La mujer, sin duda ya no es una chica, es Chef. Una mujer Chef…

Le gusta quedar con desconocidos antes de ir a trabajar. Le gusta ir descargada, seguro que así trabaja más suelta, trabaja de mejor humor. En la cocina siempre se necesita buen humor…

Con titánico esfuerzo me he levantado de la cama y dando tumbos he llegado a la ducha.  Me he duchado con agua fría. He cogido el champú de camomila que compré para ver si se me ponía el pelo un poco más claro y me he frotado el cuerpo de arriba abajo, intentando sacar la mugre que ayer acumulé. Los pies no los he tocado, a los pies que les jodan.

Quizás las células de ayer, esas células que malgastaste, den paso a un nuevo ser humano, uno renovado y con ansias de vivir.

He salido de casa y hacía un calor de mil demonios. El bolso golpeaba en mi cadera a cada paso y hacía un click, click que no dejaba de molestarme por lo que lo he agarrado y lo he sujetado como cuando llevaba la carpeta al ir al instituto. A los pocos pasos la ropa ha comenzado a pegarse a mi piel. Me sentía incómodo. Me he mirado en el reflejo de un escaparate.

Definitivamente te has vestido como el culo. Estás gordo y la ropa te queda cada vez peor. De ahora en adelante es mejor que te compres ropa de diferentes tallas… De esta forma, por lo menos, podrás afrontar los cambios de peso que sufres en los últimos años. Retienes líquidos… Si, cada vez retienes más líquidos… Y tienes una nariz menguante…

Caminando a buen ritmo, y después de entrar en un paqui para comprar una cereveza fría, me he cruzado con una papelería. He entrado y le he preguntado a la dependienta, una mujer de unos setenta años, si todavía le quedaban calendarios.

-Déjame ver- me ha dicho ella con un marcado acento catalán- creo que tengo alguno en el interior de la tienda. Si, creo que alguno me queda. ¿Necesitas que se pueda escribir en cada uno de los recuadros de los días?.

-No, sólo necesito tacharlos. Necesito tachar los días del calendario…

-Bien… Si, creo que tengo justo lo que necesitas.

Cuando la entrañable mujer ha entrado en la habitación interior, me he dado cuenta de que había alguien más en la tienda. Un hombre de unos cincuenta y muchos me miraba de arriba abajo, supongo que era su marido, quizás podría llegar a ser su hijo.

-¿Hace calor eh? – me ha dicho el tipo al tiempo que señalaba con su cejas la lata de cerveza-.

Me he mirado la camisa, me he secado la frente con la mano y le he dado un trago a la cerveza.

-Prescripción médica…

La mujer ha salido con tres o cuatro calendarios de esos que se cuelgan en la pared. Calendarios con fotos de animales y paisajes zen y plastificados por fuera. He intentado abrirlos y al hacerlo he visto el precio, quince euros por calendario.

-¿Estos son los únicos que le quedan?

-Si, me temo que sí. Es que la gente los suele comprar en enero o febrero, algunos en marzo…

No eres gente… Definitivamente no eres gente.

-¿Y no tendría agendas? Quizás en realidad lo que necesito es una agenda… Ya sabe, para escribir en los días.

-No, de eso si que no me queda.

He vacilado durante unos segundos. La mujer, su hijo-marido y los miles de libros que había alrededor, me han observado más de lo deseado. He dado un paso atrás, he evitado los ojos, he mirado al suelo y he vuelto a dar un paso hacia delante.

-Ya, bueno… En ese caso iré a ver si encuentro una agenda por los alrededores, sinó volveré y me llevaré el calendario de los paisajes.

No vas a volver nunca… No había necesidad de mentirle. Ella no se siente mejor porque le des una falsa esperanza.

Al salir,  la campanilla de la puerta ha sonado. No recuerdo que lo hiciera al entrar…

 


Sueño de una noche de verano

Hacía relativamente poco tiempo que conocíamos a Laura y tanto Carlos como yo nos sentíamos bien a su lado. Laura era guapa, inteligente y, sobretodo, buena persona. Con Laura nunca había problemas. Uno podía ser como es con la gente que realmente aprecia. Con Laura no había que aparentar, no había que hacerse el listo, saber más que los otros o dárselas de que uno tiene dinero, de que conoce cómo funciona el mundo o es un galán, no. Con Laura sólo tenías que ser tú mismo pues  a Laura le daba igual de que pasta estuvieras hecho siempre y cuando fueras legal.

No recuerdo muy bien cómo Laura entró en nuestras vidas, creo que era amiga de una conocida que teníamos en común y, en aquella época, siempre regentaba el mismo bar al que solíamos ir nosotros. La cuestión es que sin darnos cuenta, y después de un par de noches algo más locas de lo que me gustaría reconocer, Laura ya formaba parte de nuestro entorno. Paseábamos con ella durante los atardeceres de aquél verano, cenábamos a su lado, nos íbamos a una casita que tenía en el campo y disfrutábamos de la naturaleza… Siempre todo muy inocente y sin dramas de por  medio. Sin historias raras. Era como si fuéramos nuevamente teenagers, como si hubiéramos vuelto de nuevo a aquella edad en la que conocer una chica no te producía cierta ansiedad por saber si terminarías en la cama con ella o no. Aquella edad en la que te daba igual si aquella chica era la mujer de tu vida o si podría sacarte de todo aquello que querías salir pero necesitabas una excusa, por ejemplo una mujer, para dejar todo eso atrás y convertirte en la persona que siempre habías querido ser. Con Laura sólo pasábamos el rato y nos daba igual todo lo demás. Te sentías cómodo con ella y eso era suficiente. Pero supongo que la vida tiene sus pequeños trucos para que algo bonito, algo que comienza siendo puro, termine en lo que yo llamaría una situación graciosa.

Laura era modelo, cuando no estaba desfilando en Milán posaba para ciertas revistas o estaba haciendo un casting para la tv,  incluso había días en las que me sorprendía al verla en los anuncios del metro y yo pensaba “allí está otra vez Laura…”. La cuestión es que, como buena modelo, Laura tenía amigas de su gremio; chicas lindas, altas, de pelo sedoso y risa inmaculada; chicas superficiales e instruidas en este mundo; chicas que saben lo que quieren y que parecen nacidas para conseguirlo; chicas que con sólo una sonrisa pueden desarmar al más temible ejército y convertir en tirano al santo más venerado. De modo que, poco a poco, fueron apareciendo en nuestras vidas algunas de estas chicas. De repente ya no paseábamos a solas por la playa con ella, sino que se unían otras chicas que buscaban algo más que nuestra simple compañía.  Lo que antes eran unos inocentes paseos, pasaron a ser unos desfiles de coquetería y glamour sin sentido en los que tanto ellas como Carlos intentaban mostrar sus armas y hacerse ver. Laura y yo nos reíamos, ¿qué más se podía hacer?

Todo discurrió de esta manera un par de semanas más. Quedábamos con Laura, Laura traía una amiga, comíamos helado, cenábamos juntos, nos reíamos –siempre menos que antes, pues todo era un poco más forzado-, íbamos al bar de siempre, escuchábamos algo de música, bailábamos  y después cada uno se iba a casa tranquilamente con la sensación de que algo iba a ocurrir.

Sería algo así como la segunda semana de Agosto cuando la conocimos.  Laura nos llamó por teléfono y nos dijo “chicos, hoy voy a ir con una amiga que es un poco especial. Es amiga mía desde que tengo doce años y la aprecio, pero tengo que ser sincera con vosotros; es un poco lianta. Así que ir con cuidado”. Recuerdo la risa de Carlos al escuchar la advertencia. En su rostro afloraron toda la soberbia y la seguridad del mundo. Algo así como si no hubiera nacido la mujer que pudiera derrotarlo o dejarlo en evidencia.

Nos encontramos en el bar de siempre. Carlos y yo llegamos primero, nos sentamos en la terraza y nos dedicamos a ver pasear la gente que iba de un lado para otro de la calle. A Carlos la advertencia de Laura le había causado un estado de excitación un tanto peculiar. “La lianta”, no paraba de decir Carlos sin dejar  de reír. En su mirada se adivinaba un reto, como si fuera Indiana Jones en busca del Arca perdida, incluso decidió no beber nada. “Hoy paso de beber –decía- quiero estar lúcido para conocerla bien y ver si es cierto eso que comenta Laura”.  Los elementos de la tormenta estaban dispuestos, sólo hacía falta que soplara un poco de viento.

Pasado un rato llegaron Laura y Sofía, que era como se llamaba su amiga. Sofía era alta, guapita de cara pero con un rostro peculiar. La clase de rostro que se ha puesto de moda en ciertas modelos. Un rostro de yonkie sensual, de mujer que se maneja en los límites de la conducta establecida, con labios carnosos y ojos como platos. Sin duda era atractiva pero nada que quitara el hipo, nada que te hiciera perder la razón y jurarle amor eterno. Pero a Carlos hacía tiempo que eso ya le daba igual. A Carlos ya le gustaba antes de haberla visto y, ahora que veía una mujer que cualquier hijo de madre se follaría a gusto, estaba dispuesto a asaltar la banca con los ojos cerrados. Nos presentamos y, seguidamente, entramos en el pub para mezclarnos entre la muchedumbre y bailar un rato. Carlos y  Sofía hicieron buenas migas. Él le invitó a un par de copas y ella no entendía por qué él no bebía, a lo que Carlos respondía que estaba medicándose y que esa noche no iba a poder beber, pero que no necesitaba alcohol para sacarle partido a la noche, para sacarle partido a la vida. Sofía se reía. De repente los dos salieron a fumar. Yo los veía hablando desde el interior del pub mientras Laura me contaba un poco de la vida de su amiga.

Según Laura, Sofía era hija de un matrimonio de estafadores de poca monta. Gente que cada tanto tenía que cambiar de pueblo o de ciudad, incluso hubo algunos cambios de país, porque siempre los terminaban buscando aquí o allá. Laura me contaba que el padre siempre decía que Sofía tenía que sacarle partido a su cuerpo, que hoy en día era una buena manera de hacer dinero, de ganarse la vida y fue así como terminó concursando en una edición de Gran Hermano en la que, en pocas palabras, fue la estrella del programa pues no paraba de liarla. Después del programa conoció a un pobre diablo italiano que tenía algo de dinero y una casa en el lago Como. Se ve que el muy animal, ya saben lo pasionales que pueden llegar a ser los italianos, cogía un avión cada fin de semana para venir a verla a España. Venía los viernes y se marchaba los domingos, así durante medio año, hasta que decidió llevársela a Italia para que viviera con ella. Mal asunto. Por lo visto al cabo de un mes de estar viviendo con el italiano, y después de haberse gastado todo el dinero de la tarjeta de este tipo, Sofía le dijo que se encontraba muy sola. Que se aburría y añoraba a sus padres por lo que trató de convencerlo para que reformara una propiedad que tenía cerca del lago para que sus padres se pudieran establecer cerca suyo. No me quedó muy claro si el italiano finalmente lo hizo o no, pero de lo que me acuerdo es de cómo el italiano se deshizo de ella; la metió en un avión dirección Barcelona y, cuando este aterrizó, la llamó para confesarle que la dejaba, que no quería saber nada más de ella, que lo sentía pero que era una decisión que había tomado y no había vuelta atrás. Yo no pude hacer otra cosa que reírme, Laura me seguía aunque no entendía muy bien dónde residía la gracia de todo el asunto.

Mientras Laura me contaba el currículum de Sofía, Carlos y la susodicha fumaban y mantenían lo que parecía ser una conversación más que interesante. Carlos tenía la pose que tantas veces había visto en él cuando intentaba conquistar a una mujer, medio volcado hacía ella, mirándole a los ojos fijamente, sin parar de hablar y prestándole poca atención tanto al cigarrillo como a todo lo que sucedía a su alrededor. Todo lo que hacía estaba encaminado a dejarle claro a Sofía que sólo tenía ojos para ella y que, si ella quería, esa noche sería su particular Giacomo Casanova. Sofía, por su parte, parecía seguirle el rollo. No es que estuviera cayendo en sus brazos, pero desde la distancia estaba claro que a Sofía le interesaba todo lo que Carlos le contaba. Laura me miraba con espanto, incrédula de que toda a esa escena estuviera pasando realmente. Al cabo de un rato terminaron entrando y volvieron a juntarse con nosotros pero algo había cambiado. Sofía dejó de hablar con Carlos y se puso a tontear con algún que otro borracho del bar. De hecho Sofía no volvió a hablar con ninguno de nosotros en toda la noche. Los aires de victoria con los que había entrado Carlos al volver de fumar se esfumaron y la inseguridad se instaló nuevamente en su cuerpo. Armado de valor se acercó un par de veces alrededor de Sofía e intentó bailar con ella, pero ella lo esquivó, incluso se las arregló para que un par de tipos que había por allí le dijeran a Carlos que dejara de molestarla. Yo le interrogué con la mirada para saber si había sucedido algo pero Carlos calló como una puta, supongo que rezaba porque Sofía no se fuera de la lengua. Como ya no había nada que hacer, Carlos comenzó a beber bourbon de manera frenética, como si quisiera olvidar algo. Cansado de verlo tragar, me lo llevé afuera y le pregunté qué es lo que había pasado entre ellos.

“No sé –dijo el pobre desgraciado-, la verdad es que no sé qué ha pasado. Estábamos hablando tranquilamente, la chica parecía muy maja. Una persona maravillosa. Una cosa ha llevado a otra y sin darme cuenta me he visto contándole que no entendía por qué Laura nos había prevenido sobre ella pues parecía una bellísima persona. Que todo eso que decían de ella no era verdad y ella ha comenzado a preguntarme quién y qué es lo que decían de ella y, bueno, ya sabes, ¿qué le podía decir? La muy cabrona me sonreía. Si, no paraba de sonreírme mientras me iba preguntando esto y lo otro, como si no le importara nada de lo que dijeran, como si ya lo supiera y estuviera más allá del bien y el mal y le sorprendiera que a mí no me importara nada de todo eso. Supongo que me ha hecho sentir especial, como si fuera el primer hombre que realmente ve más allá de todos su defectos, como si quizás yo fuera el adecuado…”

De repente Laura y Sofía salieron juntas y nos miraron sin parpadear.

“¿Bueno, nosotros nos vamos, queréis que os acerquemos a algún sitio?”, dijo Laura con cara de circunstancias.

“Si creo que lo mejor es que lo acerques a casa, no creo que Carlos pueda coger la moto en este estado”, respondí yo.

De modo que fuimos en silencio hacia el coche. Cinco minutos de un paseo glacial en el que Laura no sabía dónde mirar. Carlos tenía la vista perdida, descolocada, mientras Sofía, cual niña en una tarde de paseo, escrutaba, a su bola, las gentes que poblaban la calle a esas horas de la madrugada. Yo intenté sacar algún tema de conversación pero no recibí más que algún hmmhmm por respuesta. Llegamos al coche, nos montamos, ellas delante, nosotros detrás y Sofía rompió el silencio para pedirle a Laura que le dejara conducir, que tenía ganas pues conducir siempre le relajaba. En un gesto de diplomacia, Laura le dio las llaves. Sofía las introdujo en la ranura, encendió el coche, puso la marcha atrás y aceleró al máximo hasta estrellarse con fuerza con el coche de atrás al tiempo que gritaba a Laura “¿tú crees que tengo que aguantar que este gilipollas- señalando hacia el rostro de Carlos- me venga y me diga que les has dicho que tengan cuidado conmigo?”


“Caridad”

Hay dos clases de personas en el mundo; las que al ducharse se lavan los pies, las piernas y  cada uno de los recovecos existentes entre los dedos, mientras otras observan a lo lejos sus extremidades (sintiéndolas ajenas a su cuerpo) y piensan,  “que se jodan, que se limpien con el agua sucia de la cabeza, del torso, de nuestras bellas manos y brazos, de nuestras bolas…”