Archivo del Autor: Genaro Insua

Enamorada del amor

Hoy en NA una chica ha contado una historia. Todo el mundo cuenta historias en NA. Normalmente son historias tristes, incluso me atrevería a decir que lamentables, aunque es probable que algunas puedan ser consideradas historias de superación. Pero la tónica general son historias que versan sobre si robaba para poder pagarme la droga; que si perdí tantos trabajos por no presentarme o presentarme con un aspecto inaudito; que si la vida hacía tiempo que no tenía sentido y en vez de tirarme desde un quinto piso y ahorrarle sufrimiento a la gente comencé a drogarme, optando por la peor de las muertes, esa que es lenta y jode a todas las personas que te importan, etc, etc. Pero esta chica, Jessy o Jenny o como demonios se llame, siempre he sido muy malo para los nombres, ha contado algo que ha creado un ambiente especial en la sala. Hoy no ha sido una velada más en NA.

La chica no debe tener más de veinticinco años y hace seis meses que está limpia a pesar de que su hermano trafique. Él sabrá… Además, por lo visto, está comenzando a dejar de soñar con “la sustancia”; el otro día incluso llegó a rechazarla en un sueño. Una buena señal.

Se puede decir que es una chica agradable. Hay días en los que aparece con el pelo liso, largo y castaño todo recogido en una coleta, lo que provoca que se le estire la cara y se le formen unos ojos negros atigrados. Está entrada en carnes sin llegar a ser gorda o gordita y, exceptuando la ralla de los ojos, no suele ponerse maquillaje. Todo ello hace que sea una mujer agradable a la vista y que por momentos llegue a tener cierto aire de actriz porno. Pero no sólo es bastante agraciada, sino que, por lo menos ahora, desde que se ha desenganchado de toda la mierda que tomaba (ketamina en su mayor parte), parece una persona que no juzga a los libros por su tapa, lo que le otorga cierta calidez humana. Además, no tiene pelos en la lengua, suelta lo primero que se le pasa por la cabeza sin inmutarse, lo que hagan los demás con ello no es su problema. Yo, que hace relativamente poco que estoy yendo a las reuniones, lo he podido comprobar en diversas ocasiones. Digo, lo de que tiene cierta calidez humana, pues es de las pocas personas que me habla cuando hay un “break” y más de una vez la he pillado mirándome y siempre parece ruborizarse.

La cuestión es que estábamos allí, un viernes más, escuchando las historias y desgracias de los presentes, cuando Jenny o Jessy o cómo diablos se llame, ha soltado “creo que a mi lo que me pasa es que estoy enamorada del amor”, dejándonos a todo un tanto confusos. Según parece la chica ha estado unos días en un centro budista, buscando su yo espiritual y haciendo las paces con su alma, teniendo la suerte de conocer a un joven que la ha cautivado. Está muy contenta y bla bla bla y, bueno, si, realmente me alegro por ella, pero no sé qué futuro tiene dicha relación. La razón no es otra que, por lo visto, Jessy o Jenny siempre ha sido muy activa sexualmente. Si estaba con un chico se lo follaba hasta sacarle la última gota de semen. Le encantaba sentir el efecto que provocaba en los hombres, saber que siempre que ella quisiera podía poseerlos y jugar con ellos y que le metieran un buen trozo de carne entre las piernas y la empotraran contra la pared. Y por lo visto con este chico, el que ha conocido en el centro busdista, no ha pasado nada de eso. Todo ha ido muy despacio, apenas se han tocado y está muy contenta de cómo están yendo las cosas entre ella y él. Porque se ha dado cuenta de que estaba “enamorada del amor”. A ella lo que le gustaba era el sentimiento de los primeros días. Esos días en los que, si hay química, la pareja se folla como si no hubiera mañana; esos días en los que te mueres de ganas de ver a tu amado o amada y hacerle sentir el hombre o la mujer más bello/a del planeta. Le encantaba el amor a primera vista, pensar que esta vez si era el adecuado, que no había duda pues, entre otras cosas, nadie la había follado como él hasta ahora. Y su mente comenzaba a divagar sobre la vida que llevarían juntos y en los numerosos lavabos que visitarían furtivamente y en las vacaciones, esas en las que se pondrían hasta el culo de todo lo que hubiera,  cayendo exhaustos en la cama de un hotel a las tres de la tarde del día siguiente con el coño dolorido y una incipiente cistitis en camino. A ella, se ha dado cuenta ahora, lo que le gustaba era todo esto. Le gustaba el amor en sí mismo y por eso nunca se había enamorado de nadie. Pero ahora todo parece ser diferente y espera que así sea. Se lo va a tomar con calma. Ya no necesita que le digan que está buenísima, que la laman de arriba abajo, que le azoten el culo y la muestren en público como un trofeo. Todo eso ya ha pasado. Ya no necesita tener diez orgasmos y dejar las sábanas de la cama empapadas o irse a una disco y follarse a ese chico tan mono y tímido que no ha parado de mirarla en toda la noche pero que no se atreve a dar el paso. Ya no, ahora es una mujer nueva y apenas se han tocado con su nuevo amorcito. Todo ha sido muy sano, inocente y aséptico.

No hay forma humana de describir las caras y gestos que iban haciendo los personajes de la sala. La pobre no se daba cuenta, o no quería darse cuenta, pero hay ciertas cosas, por mucha sinceridad que se quiera tener en estos sitios, que no se pueden explicar. Si les digo la verdad, no me hubiera extrañado que la hubiesen violado allí mismo. Los colmillos de muchos han salido a relucir y sólo hubiera faltado que alguien, un desalmado hijo de puta, hubiese tirado una bolsa con diez gramos en medio de la sala. Eso habría sido una bacanal.  Las miradas cómplices y las risitas ahogadas, han ido sucediéndose durante y después de su intervención. Se podía ver en sus ojos lo que estaban pensando. Las más bajas ideas han vuelto a aparecer y no me extrañaría que alguien de los allí presentes se haya marchado al camello más próximo a comprarse una dosis y destrozarse la polla mientras pensaba en que, ojalá, la hubiera pillado en otro tiempo. Pero ella se ha quedado en su sitio, feliz. Contenta por no ser más de esa forma y por escupir todo eso delante de nosotros, sacarlo de su cuerpo, hacerlo patente, real. Lo que nosotros hiciéramos con ello no le importaba lo más mínimo.

Después, en el “break” ha pasado por mi lado, me ha echado una miradita y me ha preguntado que qué tal estaba, que se alegraba de verme nuevamente, que hacía ya unas semanas que no venía. Ha apoyado sus manos en las mías con un gesto de complicidad y se ha marchado a hacerse un café como quien no quiere la cosa. Removiendo muy lentamente el azúcar, mirando a ninguna parte.


Una varita de verdad

Boo Boo estaba tirada al borde de su cama sin hacer nada. La tarde hacía ya rato que se había echado a perder. Al final no había quedado con sus amigas para ir al cine y Tom, aquél loquito que tanto le gustaba, se había ido a no se dónde a hacer de las suyas. De modo que Boo Boo se quedó en su cuarto mirando al techo, sin hacer nada, en una tarde de domingo como cualquier otra.

Boo Boo apenas tenía dieciseis años, pero ya era toda una mujercita. Si algo se le metía en la cabeza normalmente lo conseguía. Sus padres, hacía tiempo que no le negaban nada pero no porque fuera una niña malcriada, sino porque, normalmente, Boo Boo pedía sólo aquello merecía. A los seis pidió, por Navidad, una bicicleta sin rueditas y sus padres se la negaron porque tenían miedo de que se cayera. Ella, empecinada, estuvo dos días sin probar bocado. Se sentaba en la mesa, bebía agua y, por mucho que sus padres le dijeran que tenía que comer y la amenazaran con futuros castigos, ella no cedía. Algo dentro suyo le decía que la merecía, que no estaba pidiendo nada que no fuera posible conseguir, que era justo que tuviera esa bici y que por ello era necesario luchar. Además Santa Claus seguro estaba de su parte. De modo que se sentaba con aire triunfal en la mesa y los observaba comer a cada uno de los integrantes de su familia mientras sus padres, preocupados, le rogaban que comiera. No fueron pocas las horas que estuvo frente a sus platos pues en su casa existía la norma de que nadie podía levantarse de la mesa hasta que hubieran terminado sus platos. Fue así como la hora de la comida se transformaba en la hora de la cena y la hora de la cena en la hora de ir a dormir, pero Boo Boo no comía ni una pizca. Fue por ello que al cabo de dos días el padre de ella apareció en la puerta del colegio con una bicicleta nueva y con cierto orgullo se la entregó a su hija. Algo le decía que Boo Boo estaba destinada a hacer grandes cosas.

Años más tarde Boo Boo se disfrazó de Campanilla por Carnaval. El disfraz era perfecto, tenía sus alas, sus orejas puntiagudas, su vestido hecho girones y la habían maquillado con purpurina por toda la cara y los brazos por lo que cuando le tocaba la luz no paraba de brillar. Boo Boo sentía que podía volar, que Peter Pan podía aparecer en cualquier momento persiguiendo a su sombra y que te tendría que ayudarlo a atraparla. Pero había algo que no terminaba de encajar del todo. Boo Boo se miraba en el espejo y en su mirada se percibía que algo le rondaba por la cabeza. Aunque estaba ilusionada por salir a la calle y disfrutar de la cabalgata, algo no terminaba de dejarla disfrutar de todo ello. De pronto su madre le pregunto:

  • ¿Boo Boo qué ocurre?
  • La varita –respondió Boo Boo mirando al suelo malhumorada-, la varita no es de verdad.

Su madre, sin querer, soltó una sonora carcajada. No entendía cómo podía ser que Boo Boo demandara una nueva varita, una varita de verdad.

  • Pero cariño, las varitas de verdad no existen…

Boo Boo la miró a los ojos y no dijo nada pero momentos más tarde se fue a la ventana y tiró la varita por la ventana. No quería saber nada de una varita que no cumpliera su cometido.

Ahora, en su cama, mirando al techo, Boo Boo recordaba aquél episodio y se le dibujaba una sonrisa en el rostro. Quizás no había varitas, quizás este mundo no fuera tan mágico como a veces sentía, pero estaba decidida… a la mañana siguiente se marcharía para no volver más.


Holly

Hoy al volver a casa me he encontrado a mi novia follando con un desconocido. La verdad que me ha parecido muy extraño, Holly siempre escucha mis pasos cuando subo las escaleras y viene a recibirme a la puerta de casa pero hoy no ha venido. Al entrar en el piso, he cerrado la puerta y la tranquilidad que reinaba en el ambiente ha hecho que me recorra un escalofrío por la espalda. He avanzado lentamente por el pasillo que conduce al cuarto pensando que Holly quizás se había perdido.

 Hace ya unos años, por Navidad,  perdí a la perra de mi madre. Un Braco de Weimar o Weimaraner. El animal más bello que haya existido. Un todo terreno. La llevábamos con mis amigos a un acantilado que daba a parar en una cala cercana a casa, cogíamos una piedra, casi siempre de grandes dimensiones, y la tirábamos a la cala o al mar y el Braco bajaba a toda velocidad por la ladera de la montaña, sorteando todo tipo de arbustos, árboles y demás vegetación por una cuesta de unos cuarenta cinco grados, para después llegar a la playa y encontrar la misma piedra que habías tirado entre centenares de ellas y traerla nuevamente subiendo la ladera de la montaña. Un espectáculo. Después hubo un día, cuando era un teenager, que le pegué porque no había hecho caso a una orden. El braco se acordó de ello y la segunda vez que lo hice se fue para no volver jamás. La tarde en que desapareció me fui con la moto a buscarla por los alrededores pero, en el fondo, pensaba que tarde o temprano volvería. Más tarde llegó mi madre a casa y ella se pasó una semana buscando al braco por todas partes. Volvía de trabajar agotada pero igualmente se iba a buscarla. Nunca la había visto tan desolada. Yo empapelé parte del pueblo con su foto ofreciendo recompensa por algún tipo de información y hubo gente que llamó diciendo que la habían visto pero nunca volvimos a saber de ella. Supongo que lo peor de todo el asunto es no saber que diantres sucedió. A medida que fue pasando el tiempo, en mi cabeza se fueron acumulando las diferentes posibilidades de lo que le podría haber ocurrido. Incluso hoy que escribo estas palabras imagino con angustia todo lo que le pudo acontecer. Pero por muchos esfuerzos que hicimos, nunca volvimos a saber de ella.

De modo que avancé por el pasillo con la sensación de que Holly se había perdido. Prefería que atropellaran al maldito perro, o que me lo envenenaran, a pasar de nuevo por todo lo que pasamos con el braco (un remordimiento sigue dentro mío  y sé que moriré con él). Abrí la puerta del cuarto y allí estaba ella. Holly salió y me dio un lametón, estaba feliz por verme, supongo que el aire de felicidad que reinaba en el ambiente se le había contagiado. Los perros son así, si estás feliz ellos también. “Ángeles correteando entre demonios”, como decía mi abuela. Después he levantado la mirada y he visto como al desconocido se le encogía el rostro tomado por el miedo más antiguo del mundo, ese miedo de “me estoy follando a tu mujer”. He mirado toda la escena y me ha salido del alma:

-¿Verdad que la perra folla bien?

Después me he ido al salón con Holly a mi lado, me he servido una copa y me he sentado en el sofá. Holly se ha puesto en mi regazo demandando mimos, yo le he dado un sorbo a la copa. Hemos encendido la tv y puesto el partido. El Barca iba ganando. Messi, como de costumbre, estaba haciendo un gran encuentro.


Amor de madre

Hace ya algún tiempo, cuando era poco más que un niño que empezaba a demostrar cierto carácter indómito, mi madre, que nunca antes había conducido un coche en su vida, decidió aprender a conducir. Recuerdo cómo la acompañábamos todos a practicar. Nos íbamos a un barrio tranquilo de nuestro pueblo, uno de esos barrios residenciales en los que apenas circulan coches y los niños juegan en la calle, para que ella aprendiera a meter las marchas y girar por aquí y por allá. El coche era un Citroen Mehari, cómo olvidar esa barca maravillosa en los que disfruté de muchos de los paseos más hermosos que he tenido en un coche. En ese coche todo eran ventajas, te podías subir a él como quien aborda un barco pirata, en la parte de atrás cabíamos todos, mis amigos, yo, los perros y las pelotas que siempre nos acompañaban y en verano el viento siempre te acariciaba la cara. Quizás lo único malo era que cuando se rompía alguna parte del coche la arreglaban con fibra de  vidrio que se metía por los poros de la piel y no dejabas de rascarte durante días. Pero era un mal menor comparado con todas las ventajas del auto.

Mi madre se tomaba la cosa en serio y recuerdo que no manejaba del todo mal. A veces no le entraba alguna marcha –hay que decir en su favor que las marchas del mehari eran un tanto particulares- y se calaba el coche y todos los habitantes del mismo salíamos disparados hacia delante  y otras, mal que le pese a mi madre, entraba la marcha de golpe y uno tenía que agarrarse fuertemente a lo que pudiera para no caerse a la carretera. En general, todos se lo tomaban con humor. Mis amigos reían sin parar y para ellos era poco menos que un parque de atracciones. Cada vez que veían al amigo de mi madre venir a casa pedían a gritos ir a practicar con el coche pero a mí no me hacía mucha gracia, me gustaba el mehari, que como ya he dicho, es el coche que asocio a mi infancia, pero no me gustaba, no entendía que mi madre tuviera tan poca pericia conduciendo y creía que, tarde o temprano, alguien saldría herido de todo ese sin sentido, por lo que no era raro verme haciendo aspavientos y chinchudo. Mi humor, claro está, no ayudaba a mi madre y en sus prácticas siempre había pequeñas o grandes discusiones que terminaban conmigo bajándome del coche para salvar la vida y a mi madre pegándome cuatro gritos en medio de estos barrios residenciales, donde se supone que la vida es fácil y pausada y donde los gritos están prohibidos.

La cosa es que un día, cuando mi madre ya manejaba medianamente bien a pesar de no tener el carné, me llevó al colegio después de comer. Mi clase tenía que cantar en la sala de actos y todos los padres habían sido convocados para ver aquél circo. Eran las tres de la tarde y la calle que rodeaba la escuela se encontraba poblada por cientos de niños que corrían, gritaban y se peleaban por llegar antes a las puertas del colegio -siempre tendré en mi recuerdo cómo nos pegábamos por ser los primeros en la puerta y así entrar antes que nadie al patio-. Si la memoria no me falla habíamos discutido por algo. Todo había comenzado en casa y se había alargado durante el trayecto lo que hacía que mi madre condujera peor de lo que sabía y de repente nos encontramos en un cruce frente al colegio, en el que siempre, a esas horas, había un policía que se encargaba de que nadie atropellara a los niños. Y no sé si fue la discusión que ya traíamos encima, o si al ver al policía mi madre se puso más nerviosa de lo normal porque sabía que no tenía el carnet o si lo cientos de niños que correteaban de aquí para allá hicieron que mi madre tuviera que realizar un giro inesperado o si fue todo junto. Lo único que recuerdo es la sacudida que dio el coche cuando giró el volante para meterse por la nueva vía y cómo el mehari acabó empotrado contra una esquina. El policía, sin entender la maniobra, sin saber qué había pasado, se acercó y consoló, galante, a la atractiva mujer del auto naranja. A mí se me fue el mal genio de golpe y después de que el policía se fuera sin pedirle el documento mi madre me gritó: “¡lo ves, por eso suceden los accidentes!”. Después yo me bajé del coche, al cual no le había pasado nada, era un mehari, y me fui raudo a la sala de actos. Mi madre aparcó el coche no sé dónde y apareció como si nada hubiera pasado entre el público. Todos dijeron que lo habíamos hecho muy bien.


Contigo empezó todo

La luz era más blanca de lo normal y el aire estaba particularmente limpio mientras las gentes de nuestra querida ciudad comenzaban a poblar la Barceloneta. Había personas corriendo, montando en bicicleta y algunos ya comenzaban a bañarse en el mar mientras otros estiraban sus toallas en la sucia arena de nuestras playas, impacientes por ponerse morenos. Había cierta belleza en el discurrir de todos los acontecimientos vividos hacía sólo unas horas y el hecho de no tener más dinero y saber que ahora sí iba a tener que despedirme de mis compañeros de piso de manera irremediable, me hacían sentir más ligero, casi etéreo. Me extrañaba que a cada paso que daba no fuera desapareciendo cual castillo de arena golpeado por las olas, deshaciéndome sobre el camino que me llevaba hacia lo que era ya mi antiguo hogar. No sabía qué era lo que iba a hacer, no sabía dónde iba a dormir esa noche, ni la siguiente, ni qué era lo iba a comer. En el restaurante me daban de comer una vez por día, dos si hacía turno doble, pero lo de tener un techo sobre la cabeza era un tema bien distinto. Mike, mi dulce y enano Mike, me iba a matar pero por otro lado sabía que Fivi iba a estar contenta y que Leo, gracias al desastre que acababa de cometer durante las pasadas horas, tendría un poco de buen sexo pues ella se iba a quitar un peso de encima. Pensaba en cómo las desgracias de unos son las dichas de otros, en cómo la suerte se reparte por nuestras vidas y en la particular manera que tiene el azar, la estrella, de entrelazarse en cada una de nuestras existencias. Fivi, gracias a mis malas decisiones y a dejarme llevar por mis más bajos instintos,  estaría unos días de buen humor, como si el mundo finalmente hubiera hecho aquello que era justo, aquello que convertía de una vez por todas a nuestra realidad en el mejor de los mundos en los que podemos vivir. El karma, la providencia, el destino o lo que diantres crean que existe, finalmente habían hecho aquello para lo que habían sido creados y yo, Max Shipman, iba a tener aquello que merecía: el destierro del piso de Galileo 14. No podía dejar de imaginar la cara que pondría Fivi cuando se enterara, seguro que estaría unos días de buen humor. Leo, Mike e incluso Fatima, a la cual sospecho que le hacía gracia tenerme allí -aunque sólo fuera para joder un rato a Fivi-, tendrían unos días de paz y armonía por lo menos hasta que algo más se entrometiera en el camino de esa loca finlandesa que creía que cualquier injusticia era una causa para el superhéroe que llevaba dentro. Quizás el próximo inquilino tendría que sufrirla también, quizás su próxima cruzada fuera el agua de las macetas de la vecina que chorreaba por la fachada de nuestro edificio cada vez que se ponía a regar; o quizás la tomara con los borrachos de la calle que, aunque no daban a su cuarto, sabía que le molestaban por la posibilidad cuántica de que el cuarto que daba a la calle fuera el suyo o quizás Leo se diera cuenta de una vez por todas que Fivi estaba con él simplemente porque era manejable y le daba todo el poder que una zorra chauvinista de altos valores puede desear, y la dejara de una vez por todas y tuviera que enfrentarse a la dura realidad de encontrar a alguien con el que poder compartir su vida. No sé, no sabía que era lo que le depararía el futuro a mi archienemiga, pero camino del piso del que iba a ser desterrado, algo me decía que tarde o temprano, ese karma, providencia o destino que ahora estaban en mi contra, harían con ella lo mismo que me iba a pasar a mi. Tarde o temprano  – también Fivi- recibiría su merecido.


Mad Max

 

Nadie sabía cómo diantres lo hacía pero el muy condenado siempre aparecía con alguna chica nueva. Daba igual si estaba con pareja o soltero. El muy cabrón siempre nos dejaba a todos pasmados cuando, sin previo aviso, asomaba con una mujer que no conocíamos. Está claro que ninguna de las chicas con las que aparecía estaba del todo fina, pero si nos hubieras preguntado a los presentes si le hubiéramos metido un viaje a cualquiera de ellas la respuesta siempre hubiera sido la misma: “¡desde luego!”

¿De dónde las sacaba? Nos preguntábamos sin encontrar una explicación razonable. ¿Esas eran las mujeres que poblaban los psiquiátricos de España? ¡Vendita locura! Exclamábamos una y otra vez después de ver a cada una de estas chicas. Nosotros, en cambio, llegábamos a nuestras casas enfrascados en las decenas de complejos y todas las tentativas fallidas que habíamos acumulado a lo largo de la noche. Pero Max, ese dulce y tan a menudo caudillo Max, traía mujeres de todos lados. Y lo gracioso es que, casi siempre, el perfil era el mismo; chicas de mirada perdida, culo respingón y pinta de ser una fiera en la cama. No sé cómo diantres lo hacía el muy condenado. Además, por si fuera poco, todas no hacían otra cosa que cuidarlo; le pagaban las copas, lo llevaban de aquí para allá en su coches, lo ayudaban a comprar su medicación. Todas chicas de habla monótona, apagada, chicas de la parte alta de Barcelona, con decenas de problemas en su mirada, pero chicas a las que nosotros le hubiéramos vendido nuestra alma si la situación lo hubiese requerido. Y a él, sin embargo, parecía que todo ese amor que las chicas demostraban, esa devoción sin sentido y fuera de toda lógica, le molestara de modo que hacía todo lo posible por mostrar que estaba enfadado, como si su presencia allí fuera un regalo para todos nosotros.

 Toni, mi muy querido y tan a veces impulsivo Toni  -al cual me imagino destrozándose la polla con rabia y maldiciendo al techo después de cada uno de estos encuentros- tenía la teoría de que les vendía la moto con el rollo de que era un pobre loco desamparado. Alguien al que el universo había escupido y que sólo la condición femenina, sólo las mujeres de corazón y amor desbordante, podían consolar. “El tipo lo que hace es vender ese rollo de soy rarito, nadie me entiende” -decía Toni con cara de mala hostia-, “necesito un poco de amparo y que me la chupes, sólo así podré recuperarme de mis brotes. Bueno, eso y que, además, seguramente, el muy cabrón tiene un trabuco ahí escondido. Y no lo neguemos, eso ayuda. A las tías les debe encantar follarse un pene sin solución. Seguro que les gusta sentirse sucias y utilizadas por ese cabroncete. Si, cada vez lo tengo más claro. Al final los tipos como tú y yo, esos que creen en el AMOR a las primeras de cambio, no nos llevamos esta clase de mujeres. Y ojo. No digo que podría enamorarme de ninguna de ellas. Ni mucho menos. Esas chicas tienen verdaderos problemas, pero qué duda cabe de que estaría más cerca de Dios y toda su maldita creación si alguna noche, la que fuera, acabara con alguna de estas desquiciadas calentando mi cama”


Una bonita imagen

Molly iba sentada en el vagón del metro camino de su casa después de trabajar. Ya no sabía ni qué día era, “uno más”, pensaba para sus adentros, “a quién diantres le importa…”. A su alrededor la gente se encontraba sumergida en sus smartphones, chateando, leyendo, comunicándose, quizás, con gente que se encontraba a miles de km, con gente que podían estar en la otra parte del mundo, gente que Molly nunca conocería y que tenían sus problemas y alegrías, sus risas, y ahora, en ese preciso momento, estaban chateando con las personas que estaban a su alrededor y eso a Molly le hacía reflexionar sobre lo cerca y lo lejos que estaban todos ellos. Todos desconocidos, los de al lado y los de la otra parte del mundo. Todos demasiado lejos. Molly se encontraba sola un día cualquiera saliendo del trabajo camino de casa sin nada más que sueños.