Archivo mensual: febrero 2016

Amor de madre

Hace ya algún tiempo, cuando era poco más que un niño que empezaba a demostrar cierto carácter indómito, mi madre, que nunca antes había conducido un coche en su vida, decidió aprender a conducir. Recuerdo cómo la acompañábamos todos a practicar. Nos íbamos a un barrio tranquilo de nuestro pueblo, uno de esos barrios residenciales en los que apenas circulan coches y los niños juegan en la calle, para que ella aprendiera a meter las marchas y girar por aquí y por allá. El coche era un Citroen Mehari, cómo olvidar esa barca maravillosa en los que disfruté de muchos de los paseos más hermosos que he tenido en un coche. En ese coche todo eran ventajas, te podías subir a él como quien aborda un barco pirata, en la parte de atrás cabíamos todos, mis amigos, yo, los perros y las pelotas que siempre nos acompañaban y en verano el viento siempre te acariciaba la cara. Quizás lo único malo era que cuando se rompía alguna parte del coche la arreglaban con fibra de  vidrio que se metía por los poros de la piel y no dejabas de rascarte durante días. Pero era un mal menor comparado con todas las ventajas del auto.

Mi madre se tomaba la cosa en serio y recuerdo que no manejaba del todo mal. A veces no le entraba alguna marcha –hay que decir en su favor que las marchas del mehari eran un tanto particulares- y se calaba el coche y todos los habitantes del mismo salíamos disparados hacia delante  y otras, mal que le pese a mi madre, entraba la marcha de golpe y uno tenía que agarrarse fuertemente a lo que pudiera para no caerse a la carretera. En general, todos se lo tomaban con humor. Mis amigos reían sin parar y para ellos era poco menos que un parque de atracciones. Cada vez que veían al amigo de mi madre venir a casa pedían a gritos ir a practicar con el coche pero a mí no me hacía mucha gracia, me gustaba el mehari, que como ya he dicho, es el coche que asocio a mi infancia, pero no me gustaba, no entendía que mi madre tuviera tan poca pericia conduciendo y creía que, tarde o temprano, alguien saldría herido de todo ese sin sentido, por lo que no era raro verme haciendo aspavientos y chinchudo. Mi humor, claro está, no ayudaba a mi madre y en sus prácticas siempre había pequeñas o grandes discusiones que terminaban conmigo bajándome del coche para salvar la vida y a mi madre pegándome cuatro gritos en medio de estos barrios residenciales, donde se supone que la vida es fácil y pausada y donde los gritos están prohibidos.

La cosa es que un día, cuando mi madre ya manejaba medianamente bien a pesar de no tener el carné, me llevó al colegio después de comer. Mi clase tenía que cantar en la sala de actos y todos los padres habían sido convocados para ver aquél circo. Eran las tres de la tarde y la calle que rodeaba la escuela se encontraba poblada por cientos de niños que corrían, gritaban y se peleaban por llegar antes a las puertas del colegio -siempre tendré en mi recuerdo cómo nos pegábamos por ser los primeros en la puerta y así entrar antes que nadie al patio-. Si la memoria no me falla habíamos discutido por algo. Todo había comenzado en casa y se había alargado durante el trayecto lo que hacía que mi madre condujera peor de lo que sabía y de repente nos encontramos en un cruce frente al colegio, en el que siempre, a esas horas, había un policía que se encargaba de que nadie atropellara a los niños. Y no sé si fue la discusión que ya traíamos encima, o si al ver al policía mi madre se puso más nerviosa de lo normal porque sabía que no tenía el carnet o si lo cientos de niños que correteaban de aquí para allá hicieron que mi madre tuviera que realizar un giro inesperado o si fue todo junto. Lo único que recuerdo es la sacudida que dio el coche cuando giró el volante para meterse por la nueva vía y cómo el mehari acabó empotrado contra una esquina. El policía, sin entender la maniobra, sin saber qué había pasado, se acercó y consoló, galante, a la atractiva mujer del auto naranja. A mí se me fue el mal genio de golpe y después de que el policía se fuera sin pedirle el documento mi madre me gritó: “¡lo ves, por eso suceden los accidentes!”. Después yo me bajé del coche, al cual no le había pasado nada, era un mehari, y me fui raudo a la sala de actos. Mi madre aparcó el coche no sé dónde y apareció como si nada hubiera pasado entre el público. Todos dijeron que lo habíamos hecho muy bien.

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Contigo empezó todo

La luz era más blanca de lo normal y el aire estaba particularmente limpio mientras las gentes de nuestra querida ciudad comenzaban a poblar la Barceloneta. Había personas corriendo, montando en bicicleta y algunos ya comenzaban a bañarse en el mar mientras otros estiraban sus toallas en la sucia arena de nuestras playas, impacientes por ponerse morenos. Había cierta belleza en el discurrir de todos los acontecimientos vividos hacía sólo unas horas y el hecho de no tener más dinero y saber que ahora sí iba a tener que despedirme de mis compañeros de piso de manera irremediable, me hacían sentir más ligero, casi etéreo. Me extrañaba que a cada paso que daba no fuera desapareciendo cual castillo de arena golpeado por las olas, deshaciéndome sobre el camino que me llevaba hacia lo que era ya mi antiguo hogar. No sabía qué era lo que iba a hacer, no sabía dónde iba a dormir esa noche, ni la siguiente, ni qué era lo iba a comer. En el restaurante me daban de comer una vez por día, dos si hacía turno doble, pero lo de tener un techo sobre la cabeza era un tema bien distinto. Mike, mi dulce y enano Mike, me iba a matar pero por otro lado sabía que Fivi iba a estar contenta y que Leo, gracias al desastre que acababa de cometer durante las pasadas horas, tendría un poco de buen sexo pues ella se iba a quitar un peso de encima. Pensaba en cómo las desgracias de unos son las dichas de otros, en cómo la suerte se reparte por nuestras vidas y en la particular manera que tiene el azar, la estrella, de entrelazarse en cada una de nuestras existencias. Fivi, gracias a mis malas decisiones y a dejarme llevar por mis más bajos instintos,  estaría unos días de buen humor, como si el mundo finalmente hubiera hecho aquello que era justo, aquello que convertía de una vez por todas a nuestra realidad en el mejor de los mundos en los que podemos vivir. El karma, la providencia, el destino o lo que diantres crean que existe, finalmente habían hecho aquello para lo que habían sido creados y yo, Max Shipman, iba a tener aquello que merecía: el destierro del piso de Galileo 14. No podía dejar de imaginar la cara que pondría Fivi cuando se enterara, seguro que estaría unos días de buen humor. Leo, Mike e incluso Fatima, a la cual sospecho que le hacía gracia tenerme allí -aunque sólo fuera para joder un rato a Fivi-, tendrían unos días de paz y armonía por lo menos hasta que algo más se entrometiera en el camino de esa loca finlandesa que creía que cualquier injusticia era una causa para el superhéroe que llevaba dentro. Quizás el próximo inquilino tendría que sufrirla también, quizás su próxima cruzada fuera el agua de las macetas de la vecina que chorreaba por la fachada de nuestro edificio cada vez que se ponía a regar; o quizás la tomara con los borrachos de la calle que, aunque no daban a su cuarto, sabía que le molestaban por la posibilidad cuántica de que el cuarto que daba a la calle fuera el suyo o quizás Leo se diera cuenta de una vez por todas que Fivi estaba con él simplemente porque era manejable y le daba todo el poder que una zorra chauvinista de altos valores puede desear, y la dejara de una vez por todas y tuviera que enfrentarse a la dura realidad de encontrar a alguien con el que poder compartir su vida. No sé, no sabía que era lo que le depararía el futuro a mi archienemiga, pero camino del piso del que iba a ser desterrado, algo me decía que tarde o temprano, ese karma, providencia o destino que ahora estaban en mi contra, harían con ella lo mismo que me iba a pasar a mi. Tarde o temprano  – también Fivi- recibiría su merecido.