Archivo mensual: noviembre 2015

Si los hijos de puta volasen…

Solíamos quedar por la tarde en cualquier terraza de la ciudad. Nos encontrábamos allí después del trabajo -si lo teníamos- sin que nadie supiese qué iba a ocurrir. Me refiero a que unas inocentes cervezas podían convertirse en cualquier clase de disparate y, sabiéndolo, acudíamos al encuentro con sonrisa pícara en el rostro. Me maravillaba lo fácil que era quemar el día siguiente, como si nada importara realmente, sólo nosotros y unos tragos más, nosotros y esa maldita sustancia blanca, nosotros y nuestros futuros remordimientos, nosotros y esas frías noches de invierno en las que no existían mujeres que nos calentaran. Nos engañábamos, elucubrábamos cualquier tipo de teoría que en nuestra cabeza era una dulce melodía. Quiero decir, sensata. El que ha vivido una época así ya sabe de lo que hablo. El manido tópico  de “yo no tengo un problema” o la famosa frasecita “me meto un par y me voy que mañana tengo cosas que hacer”. Y quizás lo peor de todo, aquello que más repercusiones tenía, era que éramos capaces de gastarnos todo lo que había en nuestra cuenta corriente, daba igual si estábamos a principios de mes o a finales; si había mucho o poco dinero. Siempre nos quedábamos a cero. Recuerdo cuando nos despertábamos en casa de vete tu a saber quién y terminábamos debiendo dinero a este o aquél dealer, cuando no nos debíamos dinero entre nosotros -os puedo asegurar que no hay nada peor que pagarle al dealer al día siguiente, si alguna vez me he sentido gilipollas ha sido en estas ocasiones-. Pero eso no es lo que realmente quiero explicar. Supongo que todo esto viene porque fue en uno de estos días cuando Max expuso algo que me gustaría contar.

En ocasiones temo que Max piense que sólo quedo con él para nutrirme de ideas, porque me interesan las cosas que ha vivido, el análisis que hace de ellas, y, sobretodo, me interesa lo que pasa por su cabeza. Max no es una persona normal, se mueve por impulsos; fuma compulsivamente y por su cuerpo recorren altas dosis de cafeína, además a menudo se contradice sin inmutarse. No es de aquellos a los que le puedas recriminarle eso de “pero tu dijiste…”, no. A Max le de igual lo que pueda haber dicho y seguramente le da igual lo que pueda decir; habla sin pensar, sin filtros ni maldad y hay días en los que simplemente busca ser el centro de atención. Max no entiende de política y de los llamados valores rectos. No sabe lo que es el esfuerzo, trabajar cada día en algo que odias y no llegar a fin de mes; no le importa cómo está el yen o la situación de los casquetes polares. Lo que hace Max es observar, observa constantemente lo que sucede en la ciudad. Se fija en la gente, en las viejecitas que salen a tomar el sol matutino y se sientan en los bancos de los parques cogidas de la mano de sus cuidadoras; en los niños que gritan corriendo por las calles al salir del colegio, en las palomas asesinas, aquellas que se inmolan contra ciudadanos despistados… Y a veces Max ríe y a veces Max llora. Si alguien nota la blanquecina luz de otoño es Max; si a alguien un día gris puede tornarse en uno muy negro; si alguien sonríe por la calle al cruzarse con jovencitas; si alguien cree que tiene oportunidades. Si amar de corazón a cien mujeres fuera posible; si el tabaco fuera el alimento del alma y esquivar coches con la moto un deporte; si la última moda fuera tener pintura en todos los pantalones, siempre sería Max… Max! Max! Max! Max es un artista, quizás el único de esta maldita ciudad, y aunque a veces no venda un puto cuadro, no hay nadie que pueda negarle esa etiqueta. Si existe un artista en Barcelona, ese es Max.

La cosa es que Max se había despertado en el piso de su hermano porque este se encontraba de viaje y alguien tenía que encargarse de la perra. Así que durante esa semana Max no hizo otra cosa que pasear a Lua por Enrique Granados topándose con otros perros, sus dueños, niños que se ponían a jugar con el nervioso cocker y alguna que otra ex que momentáneamente lo sacaban de sus casillas. Fue dando uno de estos paseos cuando le sucedió lo que, según me dijo, hacía tiempo venía soñando.

Con dieciocho años a Max lo metieron en un “Centro Terapéutico” especializado en adolescentes un poco descarriados -y con algún que otro tornillo suelto- de familias pudientes. Si no sabías qué hacer con tu hijo porque había comenzado a consumir drogas y cada vez se comportaba de forma más extraña, o era filonazi, o tenías una niña mona de la parte alta de Barcelona que había decidido que su vagina era un regalo para todo aquél que la reclamara y tenías miedo de que eso comenzara a saberse en tu círculo de amigos, y que coño; si podías permitirte gastar un dineral en un centro que prometía triunfar en todo aquello que habías fracasado como padre/madre, esa era la institución a la que debías acudir. Allí Max conoció a lo mejorcito de cada casa. Gente interesante de verdad: artistas, filósofos, vedettes… De hecho uno de sus mayores amores lo tuvo en ese centro pero, como dijo una vez, “era un amor que no estaba hecho para este mundo…” Todos ellos, personajes salidos de una novela todavía por escribir, estaban a las órdenes de un solo hombre. Un hombre que se estaba haciendo rico con los problemas y sufrimientos de decenas de jóvenes de la clase alta barcelonesa. Según Max vivían en unas condiciones de guerra; hacinados en literas, comiendo basura, trabajando un huerto que no producía fruto alguno y siempre bajo su estricta vigilancia. “Era su juego”, decía Max, “El tipo hacía que lo amarás para después pasar a odiarlo, le encantaba jugara a esa dicotomía. Le encantaba saber que tu salud estaba en sus manos, que su opinión valía más que cualquiera de tus lamentos. Y nos medicaban, vaya si nos medicaban. La gente no sabe de lo que habla cuando hablan de drogas duras. Ríete de cualquier droga que podamos conseguir, las duras de verdad sólo vienen con receta y este tenía cientos, miles de ellas. Te daban una pastilla para dormir, otra para la depresión, para los brotes, los ataques de pánico, las alucinaciones. Si hubo un periodo de mi vida en el que realmente estuve drogado, fue ese. A veces no sabía ni lo que pensaba. Había días en los que me levantaba en una de esas literas de mierda y creía que estaba volando, que Aladín me había dejado una de sus alfombras y que el calendario ya no existía. No sé, fueron duros esos momentos, no sé si entiendes lo que digo”. Yo intentaba imaginarme la situación y no sé por qué todo lo que me contaba lo veía en blanco y negro y como si hiciera frío, mucho frío. “Hubo tres que después de aquello, no sé cuánto tiempo pasó desde que salieron, que terminaron en Montjuic. Si, fin de la historia… ¡Kaput! Era su juego, su maldito juego… Y el otro día al levantarme  y sacar a la perra, allí estaba él. ¡No me lo podía creer! Delante de mí con una mujer mayor cogida de su brazo, paseando tan panchamente un domingo cualquiera a la luz del sol, como si nunca hubiera roto un plato. Había envejecido y tenía una barba que antes no llevaba, pero era él. Allí, parado en Enrique Granados frente a un semáforo. No sabes lo que sentí. Decenas de imágenes vinieron a mi cabeza. De repente estaba viviendo otra vez toda esa época y me di cuenta de que, en realidad, desde que salí de aquél centro, he estado bajo su estricta mirada todo este tiempo. No me había liberado de todo lo que aquél cabrón nos hizo. Y sucedió. Inmerso en mis pensamientos, zambullido en todas esas imágenes que formaban un torbellino en mi cabeza, no me había dado cuenta de que junto a Lua había una niña pequeña. Bajé la mirada, la niña era rubia, de pelo largo y ondulado y el sol brillaba con fuerza en su cabello y todo era luz. La niña me miró como sólo los ángeles pueden hacerlo, me sonrió y me dio paz, mucha paz. Una paz que nunca antes había experimentado y fue en ese momento cuando entendí que Dios existe. Es más, creo que la niña era Dios y que bajó para decirme que lo hiciera, que no pasaba nada, que si los hijos de puta volasen taparían el sol y que lo mínimo que se merecía era eso. Así fue como me acerqué por la espalda le toqué el hombro y le dije << Usted es Enrique Pujol y no me he olvidado de usted, que sepas que me reventaste la vida y que por ello y por todo lo que nos hiciste, morirás en el infierno>>”


WAR!

Como si ya no tuviera bastante con levantarme cada mañana y luchar contra el mayor enemigo que tengo en el mundo -yo mismo-, desde hace un tiempo para acá tengo que vérmelas, lidiar, con ciertos conflictos con los que no me identifico. Como individuo de mi tiempo que soy y, quizás, debida a mi formación humanística en la que los valores del arte, de la palabra escrita, de las notas en el viento y de la libertad bien entendida -esa que, por resumir, dice que la mía termina donde empieza la del otro-, no me identifico con ninguna de las partes de esta guerra. Es cierto que, indudablemente, voy a estar más de acuerdo con los valores occidentales. Esos que desde hace siglos nos hemos esforzado por inculcar en otras regiones del mundo. Es cierto que creo en la libertad, en el amor al prójimo, en la igualdad y la justicia ¿pero cuántas matanzas hemos cometido en nombre de estas ideas? ¿cuántas veces hemos escondido bajo tan bellas palabras atrocidades que apenas somos capaces de imaginar? ¿qué habrán hecho nuestros gobiernos para que, ahora, gente que no conocemos de nada, extraños a miles de km, estén dispuestos a matarnos y causar terror? Sinceramente todo esto cada vez da más miedo y el miedo, no genera nada bueno. Gente como Marine Le Pen o Donald Trump se están frotando las manos con los últimos atentados, cosa que hace tiempo hacen ISIS o DAESH por las ofensivas occidentales. WAR! Tiempos de guerra se avecinan.  Y por ello suenan las trompetas y tambores de los media ¡Miedo! ¡Tengan miedo del otro! ¡No se esfuercen por conocerlo, por llegar a acuerdos! WAR! WAR! WAR! Es la respuesta… Si algo hay de cierto en todo esto, si algo sale victorioso de la guerra, es el VERDADERO MAL. Si el VERDADERO MAL, PORQUE EL MAL EXISTE. Es decir, las compañías armamentísticas, la ignorancia, el fanatismo de cualquier clase, la pérdida de libertades en nombre de la seguridad común, el miedo a las culturas que nos son extrañas y que, aunque ahora no lo creamos, tienen mucho de lo cual podemos aprender. Y es por ello que no voy a hacerles el juego a ninguno de los bandos. Creo que desde hace un tiempo para acá muchos han sido los errores que hemos cometido como civilización, sino no se explica, por poner un ejemplo, que las muertes de Paris nos duelan más que las de Beirut. No sé, no creo que una vida humana valga más a un lado u otro de la frontera.

Una vez dicho esto me gustaría invitar a una reflexión. Europa mejor que nadie sabe lo que significa la guerra. Somos expertos en el tema; durante miles de años nos matamos entre nosotros y después, fue precisamente ese conocimiento de cómo aniquilar al enemigo, el que nos permitió conquistar el mundo. Ahora decimos con gran orgullo que somos la CIVILIZACIÓN que los otros son los bárbaros y algo dentro mío me dice que no es del todo cierto. Desde siempre Europa ha matado a sus hermanos. Francia invadió España, Alemania intentó conquistar toda Europa, a Polonia -bueno, a Polonia la invadió todo el mundo- e Inglaterra estuvo siempre en todas las contiendas. Y yo me pregunto ¿de qué sirvieron tantas muertes si ahora somos todos hermanos? Es algo que desde que soy pequeño y entendí que existía algo a lo que se le llamaba guerra, me ha fascinado. Las guerras acaban y lo único que perdura es el sufrimiento de no tener a nuestro lado las gentes que han perecido en ella. Las ideas y agresiones que tan importantes eran al comienzo de la contienda, ahora ya han pasado a un segundo plano, pero hemos necesitado que miles de almas se pierdan por el camino. Y no olviden nunca que a la guerra no van los generales, a la guerra no van los reyes ni los presidentes, sino el pueblo; los padres e hijos, los hermanos, la madres y mujeres que nos cuidan y protegen. Sólo ellos van a las guerras. Quizás por ello creo, humildemente y porque me han dado boca para quejarme, que la única guerra que me interesa es aquella en la que sólo hay victoria y que no es otra que la guerra contra uno mismo. Que haya guerra, pero que sea espiritual y nos ayude a derrotar todo aquello de nuestro ser que debe ser despojado.


Un día cualquiera

Y si, al final ninguno de nosotros estamos tan bien como creemos. No conozco a nadie que se levante por la mañana silvando la séptima de Bethoveen. No conozco a nadie que se mire en el espejo y se reconozca. A nadie que diga “oh mira ese tipo/a que hay frente a ti; que ser admirable, prodigioso, que perfecto y en paz consigo mismo parece, como brilla de manera única; a nadie que al verse piense: ¿me gustaría compartir con él/ella cada unos de lo instantes que forman tu vida hasta el final de los tiempos? No, no conozco a nadie que lo haga. Lo normal, lo mas común; aquello que la vida me ha enseñado que solemos hacer todos, es quejarnos. Sí, nos quejamos. No paramos de hacerlo. Maldecimos. Condenamos. Nos cabreamos sólo abrir los ojos. Decimos que la economía va mal, que hay paro, violencia, que ya no se vive como se vivía antes y que la gente ya no habla cuando se encuentra; que ahora lo más común es fijarse en la última foto de INSTAGRAM de algún/a pelotudo/a al que apenas conoces pero que tiene un look “guay”; que el arte hace tiempo ha muerto, que todo es pose; que las palabras se las lleva el viento y de lo actos ya nadie se acuerda; que todo lo que hagamos tarde o temprano será olvidado; que la literatura ya no es leída y la política es sólo para aquellos que quieren hacer dinero; que el amor no existe y el sexo es simplemente un vicio más; que yo tengo un problema (no uno, varios, y parece que con el tiempo se agudizan); que la amistad se compra con cuatro tragos y la cocaína es cada vez más cara; que todos queremos triunfar y, como decía un gran poeta, marcharnos entre aplausos; que la paz ya no hay quien la compre, que es mejor la guerra; QUE ESTAS PALABRAS NO VALEN NADA, que todo el mundo tiene sus PROBLEMAS; y, que al fin y al cabo, a lo largo del último año, no hemos hecho otra cosa que buscar el sol; que somos cobardes, más de lo que no gusta reconocer y que no damos todo el amor que deberíamos; que la vida pasa y no nos damos cuenta; que nada parece tener sentido, que odio, que amo, que no lo tengo claro y, sin embargo, no se por qué, no me pidan una explicación lógica, (no la tengo) hay algo dentro mío que, cada día, se muere por ser amado y conocerte un poco más otra vez… Y que, después de todo, sólo espero que haya servido de algo…