La nariz menguante

No eres tan desgraciado como sospechas. Al final todo está en tu mente…Anónimo.

Hace tres horas que he despertado. En la cama iba mirando el reloj cada x minutos, intentando alargar el hecho de enfrentarme al mundo una vez más. Pasado un tiempo he desistido de dormir. Aunque lo intentaba no había manera. Una y otra vez los problemas que tengo que solucionar en mi vida y un punzante dolor, acompañado de un persistente zumbido, aparecían sin permiso en mi cabeza, avasallándome, subyugando mi ser.

Lo has hecho otra vez, al final va a ser verdad eso de que no tienes remedio; estás condenado y cada día decepcionas un poco más a la gente que te quiere, a la gente que te cuida.

He decidido dejar de intentar dormir, pero he permanecido en la cama descansando un rato más los malnutridos músculos. Los minutos del reloj no avanzaban todo lo rápido o todo lo despacio que me hubiera gustado. Me he revuelto dos o tres veces más entre las sábanas, luchando contra la idea de enfrentarme al mundo otra vez; luchando contra la idea de afrontar mis problemas, de plantarles cara. Afuera, en la calle, la ciudad hacía horas que latía con fuerza.

Ayer acabaste tomando otra vez cualquier cosa. Quizás conviene que te compres el maldito calendario de una vez por todas y vayas tachando los días en los que estás sobrio. Ver reflejado en un papel las veces que el planeta ha dado una vuelta sobre sí mismo permaneciendo sereno podría ser un buen método para conseguir aquello que quieres… No te engañes… No sabes lo que quieres.

Al coger el móvil para apagar la alarma con la que se suponía tenía que despertarme me he encontrado con innumerables conversaciones que he mantenido con desconocidas. Ninguna de ellas era atractiva. Ninguna conversación tenía verdadero sentido. Eran mujeres que hace tiempo han desistido de encontrar un hombre que les de todo lo que quieren y han optado por el camino fácil; ahora sólo buscan a alguien que las empotre contra la pared una y otra vez. Por lo visto he quedado con una de ellas hoy. Cuando salga del trabajo tengo que ir a verla, pues trabaja por las tardes-noches en un restaurante de la zona y le da tiempo a que le haga una visita rápida. La mujer, sin duda ya no es una chica, es Chef. Una mujer Chef…

Le gusta quedar con desconocidos antes de ir a trabajar. Le gusta ir descargada, seguro que así trabaja más suelta, trabaja de mejor humor. En la cocina siempre se necesita buen humor…

Con titánico esfuerzo me he levantado de la cama y dando tumbos he llegado a la ducha.  Me he duchado con agua fría. He cogido el champú de camomila que compré para ver si se me ponía el pelo un poco más claro y me he frotado el cuerpo de arriba abajo, intentando sacar la mugre que ayer acumulé. Los pies no los he tocado, a los pies que les jodan.

Quizás las células de ayer, esas células que malgastaste, den paso a un nuevo ser humano, uno renovado y con ansias de vivir.

He salido de casa y hacía un calor de mil demonios. El bolso golpeaba en mi cadera a cada paso y hacía un click, click que no dejaba de molestarme por lo que lo he agarrado y lo he sujetado como cuando llevaba la carpeta al ir al instituto. A los pocos pasos la ropa ha comenzado a pegarse a mi piel. Me sentía incómodo. Me he mirado en el reflejo de un escaparate.

Definitivamente te has vestido como el culo. Estás gordo y la ropa te queda cada vez peor. De ahora en adelante es mejor que te compres ropa de diferentes tallas… De esta forma, por lo menos, podrás afrontar los cambios de peso que sufres en los últimos años. Retienes líquidos… Si, cada vez retienes más líquidos… Y tienes una nariz menguante…

Caminando a buen ritmo, y después de entrar en un paqui para comprar una cereveza fría, me he cruzado con una papelería. He entrado y le he preguntado a la dependienta, una mujer de unos setenta años, si todavía le quedaban calendarios.

-Déjame ver- me ha dicho ella con un marcado acento catalán- creo que tengo alguno en el interior de la tienda. Si, creo que alguno me queda. ¿Necesitas que se pueda escribir en cada uno de los recuadros de los días?.

-No, sólo necesito tacharlos. Necesito tachar los días del calendario…

-Bien… Si, creo que tengo justo lo que necesitas.

Cuando la entrañable mujer ha entrado en la habitación interior, me he dado cuenta de que había alguien más en la tienda. Un hombre de unos cincuenta y muchos me miraba de arriba abajo, supongo que era su marido, quizás podría llegar a ser su hijo.

-¿Hace calor eh? – me ha dicho el tipo al tiempo que señalaba con su cejas la lata de cerveza-.

Me he mirado la camisa, me he secado la frente con la mano y le he dado un trago a la cerveza.

-Prescripción médica…

La mujer ha salido con tres o cuatro calendarios de esos que se cuelgan en la pared. Calendarios con fotos de animales y paisajes zen y plastificados por fuera. He intentado abrirlos y al hacerlo he visto el precio, quince euros por calendario.

-¿Estos son los únicos que le quedan?

-Si, me temo que sí. Es que la gente los suele comprar en enero o febrero, algunos en marzo…

No eres gente… Definitivamente no eres gente.

-¿Y no tendría agendas? Quizás en realidad lo que necesito es una agenda… Ya sabe, para escribir en los días.

-No, de eso si que no me queda.

He vacilado durante unos segundos. La mujer, su hijo-marido y los miles de libros que había alrededor, me han observado más de lo deseado. He dado un paso atrás, he evitado los ojos, he mirado al suelo y he vuelto a dar un paso hacia delante.

-Ya, bueno… En ese caso iré a ver si encuentro una agenda por los alrededores, sinó volveré y me llevaré el calendario de los paisajes.

No vas a volver nunca… No había necesidad de mentirle. Ella no se siente mejor porque le des una falsa esperanza.

Al salir,  la campanilla de la puerta ha sonado. No recuerdo que lo hiciera al entrar…

 

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