Sueño de una noche de verano

Hacía relativamente poco tiempo que conocíamos a Laura y tanto Carlos como yo nos sentíamos bien a su lado. Laura era guapa, inteligente y, sobretodo, buena persona. Con Laura nunca había problemas. Uno podía ser como es con la gente que realmente aprecia. Con Laura no había que aparentar, no había que hacerse el listo, saber más que los otros o dárselas de que uno tiene dinero, de que conoce cómo funciona el mundo o es un galán, no. Con Laura sólo tenías que ser tú mismo pues  a Laura le daba igual de que pasta estuvieras hecho siempre y cuando fueras legal.

No recuerdo muy bien cómo Laura entró en nuestras vidas, creo que era amiga de una conocida que teníamos en común y, en aquella época, siempre regentaba el mismo bar al que solíamos ir nosotros. La cuestión es que sin darnos cuenta, y después de un par de noches algo más locas de lo que me gustaría reconocer, Laura ya formaba parte de nuestro entorno. Paseábamos con ella durante los atardeceres de aquél verano, cenábamos a su lado, nos íbamos a una casita que tenía en el campo y disfrutábamos de la naturaleza… Siempre todo muy inocente y sin dramas de por  medio. Sin historias raras. Era como si fuéramos nuevamente teenagers, como si hubiéramos vuelto de nuevo a aquella edad en la que conocer una chica no te producía cierta ansiedad por saber si terminarías en la cama con ella o no. Aquella edad en la que te daba igual si aquella chica era la mujer de tu vida o si podría sacarte de todo aquello que querías salir pero necesitabas una excusa, por ejemplo una mujer, para dejar todo eso atrás y convertirte en la persona que siempre habías querido ser. Con Laura sólo pasábamos el rato y nos daba igual todo lo demás. Te sentías cómodo con ella y eso era suficiente. Pero supongo que la vida tiene sus pequeños trucos para que algo bonito, algo que comienza siendo puro, termine en lo que yo llamaría una situación graciosa.

Laura era modelo, cuando no estaba desfilando en Milán posaba para ciertas revistas o estaba haciendo un casting para la tv,  incluso había días en las que me sorprendía al verla en los anuncios del metro y yo pensaba “allí está otra vez Laura…”. La cuestión es que, como buena modelo, Laura tenía amigas de su gremio; chicas lindas, altas, de pelo sedoso y risa inmaculada; chicas superficiales e instruidas en este mundo; chicas que saben lo que quieren y que parecen nacidas para conseguirlo; chicas que con sólo una sonrisa pueden desarmar al más temible ejército y convertir en tirano al santo más venerado. De modo que, poco a poco, fueron apareciendo en nuestras vidas algunas de estas chicas. De repente ya no paseábamos a solas por la playa con ella, sino que se unían otras chicas que buscaban algo más que nuestra simple compañía.  Lo que antes eran unos inocentes paseos, pasaron a ser unos desfiles de coquetería y glamour sin sentido en los que tanto ellas como Carlos intentaban mostrar sus armas y hacerse ver. Laura y yo nos reíamos, ¿qué más se podía hacer?

Todo discurrió de esta manera un par de semanas más. Quedábamos con Laura, Laura traía una amiga, comíamos helado, cenábamos juntos, nos reíamos –siempre menos que antes, pues todo era un poco más forzado-, íbamos al bar de siempre, escuchábamos algo de música, bailábamos  y después cada uno se iba a casa tranquilamente con la sensación de que algo iba a ocurrir.

Sería algo así como la segunda semana de Agosto cuando la conocimos.  Laura nos llamó por teléfono y nos dijo “chicos, hoy voy a ir con una amiga que es un poco especial. Es amiga mía desde que tengo doce años y la aprecio, pero tengo que ser sincera con vosotros; es un poco lianta. Así que ir con cuidado”. Recuerdo la risa de Carlos al escuchar la advertencia. En su rostro afloraron toda la soberbia y la seguridad del mundo. Algo así como si no hubiera nacido la mujer que pudiera derrotarlo o dejarlo en evidencia.

Nos encontramos en el bar de siempre. Carlos y yo llegamos primero, nos sentamos en la terraza y nos dedicamos a ver pasear la gente que iba de un lado para otro de la calle. A Carlos la advertencia de Laura le había causado un estado de excitación un tanto peculiar. “La lianta”, no paraba de decir Carlos sin dejar  de reír. En su mirada se adivinaba un reto, como si fuera Indiana Jones en busca del Arca perdida, incluso decidió no beber nada. “Hoy paso de beber –decía- quiero estar lúcido para conocerla bien y ver si es cierto eso que comenta Laura”.  Los elementos de la tormenta estaban dispuestos, sólo hacía falta que soplara un poco de viento.

Pasado un rato llegaron Laura y Sofía, que era como se llamaba su amiga. Sofía era alta, guapita de cara pero con un rostro peculiar. La clase de rostro que se ha puesto de moda en ciertas modelos. Un rostro de yonkie sensual, de mujer que se maneja en los límites de la conducta establecida, con labios carnosos y ojos como platos. Sin duda era atractiva pero nada que quitara el hipo, nada que te hiciera perder la razón y jurarle amor eterno. Pero a Carlos hacía tiempo que eso ya le daba igual. A Carlos ya le gustaba antes de haberla visto y, ahora que veía una mujer que cualquier hijo de madre se follaría a gusto, estaba dispuesto a asaltar la banca con los ojos cerrados. Nos presentamos y, seguidamente, entramos en el pub para mezclarnos entre la muchedumbre y bailar un rato. Carlos y  Sofía hicieron buenas migas. Él le invitó a un par de copas y ella no entendía por qué él no bebía, a lo que Carlos respondía que estaba medicándose y que esa noche no iba a poder beber, pero que no necesitaba alcohol para sacarle partido a la noche, para sacarle partido a la vida. Sofía se reía. De repente los dos salieron a fumar. Yo los veía hablando desde el interior del pub mientras Laura me contaba un poco de la vida de su amiga.

Según Laura, Sofía era hija de un matrimonio de estafadores de poca monta. Gente que cada tanto tenía que cambiar de pueblo o de ciudad, incluso hubo algunos cambios de país, porque siempre los terminaban buscando aquí o allá. Laura me contaba que el padre siempre decía que Sofía tenía que sacarle partido a su cuerpo, que hoy en día era una buena manera de hacer dinero, de ganarse la vida y fue así como terminó concursando en una edición de Gran Hermano en la que, en pocas palabras, fue la estrella del programa pues no paraba de liarla. Después del programa conoció a un pobre diablo italiano que tenía algo de dinero y una casa en el lago Como. Se ve que el muy animal, ya saben lo pasionales que pueden llegar a ser los italianos, cogía un avión cada fin de semana para venir a verla a España. Venía los viernes y se marchaba los domingos, así durante medio año, hasta que decidió llevársela a Italia para que viviera con ella. Mal asunto. Por lo visto al cabo de un mes de estar viviendo con el italiano, y después de haberse gastado todo el dinero de la tarjeta de este tipo, Sofía le dijo que se encontraba muy sola. Que se aburría y añoraba a sus padres por lo que trató de convencerlo para que reformara una propiedad que tenía cerca del lago para que sus padres se pudieran establecer cerca suyo. No me quedó muy claro si el italiano finalmente lo hizo o no, pero de lo que me acuerdo es de cómo el italiano se deshizo de ella; la metió en un avión dirección Barcelona y, cuando este aterrizó, la llamó para confesarle que la dejaba, que no quería saber nada más de ella, que lo sentía pero que era una decisión que había tomado y no había vuelta atrás. Yo no pude hacer otra cosa que reírme, Laura me seguía aunque no entendía muy bien dónde residía la gracia de todo el asunto.

Mientras Laura me contaba el currículum de Sofía, Carlos y la susodicha fumaban y mantenían lo que parecía ser una conversación más que interesante. Carlos tenía la pose que tantas veces había visto en él cuando intentaba conquistar a una mujer, medio volcado hacía ella, mirándole a los ojos fijamente, sin parar de hablar y prestándole poca atención tanto al cigarrillo como a todo lo que sucedía a su alrededor. Todo lo que hacía estaba encaminado a dejarle claro a Sofía que sólo tenía ojos para ella y que, si ella quería, esa noche sería su particular Giacomo Casanova. Sofía, por su parte, parecía seguirle el rollo. No es que estuviera cayendo en sus brazos, pero desde la distancia estaba claro que a Sofía le interesaba todo lo que Carlos le contaba. Laura me miraba con espanto, incrédula de que toda a esa escena estuviera pasando realmente. Al cabo de un rato terminaron entrando y volvieron a juntarse con nosotros pero algo había cambiado. Sofía dejó de hablar con Carlos y se puso a tontear con algún que otro borracho del bar. De hecho Sofía no volvió a hablar con ninguno de nosotros en toda la noche. Los aires de victoria con los que había entrado Carlos al volver de fumar se esfumaron y la inseguridad se instaló nuevamente en su cuerpo. Armado de valor se acercó un par de veces alrededor de Sofía e intentó bailar con ella, pero ella lo esquivó, incluso se las arregló para que un par de tipos que había por allí le dijeran a Carlos que dejara de molestarla. Yo le interrogué con la mirada para saber si había sucedido algo pero Carlos calló como una puta, supongo que rezaba porque Sofía no se fuera de la lengua. Como ya no había nada que hacer, Carlos comenzó a beber bourbon de manera frenética, como si quisiera olvidar algo. Cansado de verlo tragar, me lo llevé afuera y le pregunté qué es lo que había pasado entre ellos.

“No sé –dijo el pobre desgraciado-, la verdad es que no sé qué ha pasado. Estábamos hablando tranquilamente, la chica parecía muy maja. Una persona maravillosa. Una cosa ha llevado a otra y sin darme cuenta me he visto contándole que no entendía por qué Laura nos había prevenido sobre ella pues parecía una bellísima persona. Que todo eso que decían de ella no era verdad y ella ha comenzado a preguntarme quién y qué es lo que decían de ella y, bueno, ya sabes, ¿qué le podía decir? La muy cabrona me sonreía. Si, no paraba de sonreírme mientras me iba preguntando esto y lo otro, como si no le importara nada de lo que dijeran, como si ya lo supiera y estuviera más allá del bien y el mal y le sorprendiera que a mí no me importara nada de todo eso. Supongo que me ha hecho sentir especial, como si fuera el primer hombre que realmente ve más allá de todos su defectos, como si quizás yo fuera el adecuado…”

De repente Laura y Sofía salieron juntas y nos miraron sin parpadear.

“¿Bueno, nosotros nos vamos, queréis que os acerquemos a algún sitio?”, dijo Laura con cara de circunstancias.

“Si creo que lo mejor es que lo acerques a casa, no creo que Carlos pueda coger la moto en este estado”, respondí yo.

De modo que fuimos en silencio hacia el coche. Cinco minutos de un paseo glacial en el que Laura no sabía dónde mirar. Carlos tenía la vista perdida, descolocada, mientras Sofía, cual niña en una tarde de paseo, escrutaba, a su bola, las gentes que poblaban la calle a esas horas de la madrugada. Yo intenté sacar algún tema de conversación pero no recibí más que algún hmmhmm por respuesta. Llegamos al coche, nos montamos, ellas delante, nosotros detrás y Sofía rompió el silencio para pedirle a Laura que le dejara conducir, que tenía ganas pues conducir siempre le relajaba. En un gesto de diplomacia, Laura le dio las llaves. Sofía las introdujo en la ranura, encendió el coche, puso la marcha atrás y aceleró al máximo hasta estrellarse con fuerza con el coche de atrás al tiempo que gritaba a Laura “¿tú crees que tengo que aguantar que este gilipollas- señalando hacia el rostro de Carlos- me venga y me diga que les has dicho que tengan cuidado conmigo?”

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