¡Buen día!

Abrí la puerta del colmado tranquilamente, sonó la campana y dije “Buen día”. Afuera hacía un sol de mil demonios, estaríamos a unos cuarenta grados. Hacía rato que había empezado a sudar por el simple hecho de caminar por la calle. Dentro, en el colmado, el ambiente no era mucho mejor. Del techo colgaba un ventilador de mediados del siglo pasado que al girar lo único que hacía era renovar el aire, nada más. Esperando su turno pacientemente había una viejecita, un chico y su madre, un hombre de mediana edad y yo. Nadie había respondido a mi “buen día”… Ni siquiera el dependiente.

De repente me asaltaron imágenes de mi infancia. Situaciones en las que uno intentaba decir algo a sus padres o alguien de edad adulta y estos, como si no estuvieras, no contestaban. Nunca pude entenderlo. No sé si lo hacían a propósito o si sus pensamientos eran tan interesantes como para ignorarlo a uno. Está volviendo a pasar, pensé, quizás mi aspecto es repulsivo o me vieron cara de boludo.

¡Dije buen día! -en mi cabeza añadí un carajo-.

Todos se giraron –buen día- respondieron al unísono y el niño me miró incrédulo, como si hubiera descubierto un secreto.

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