Lo peor de todo…

Ya en el ascensor comencé a tener dudas sobre si había tenido una buena idea. Hacía algo más de dos meses, quizás tres, que a Max lo habían encerrado en el centro psiquiátrico. Desde entonces nadie lo había ido a visitar, por lo menos nadie que no fueran sus padres, los cuales, habían sido los artífices de la idea. En todo ese tiempo nosotros habíamos estado fuera, disfrutando de nuestra libertad, dirigiendo sin restricciones nuestros átomos de un lado a otro de la ciudad, riéndonos y cayéndonos en cada esquina mientras sólo las estrellas eran testigos de nuestras gestas.

En el ascensor comenzaron a asaltarme dudas sobre si había sido correcto ir a visitar a Max. Allí, encerrados en poco más de dos metros cuadrados estábamos una viejecita, una chica de unos veintipocos años y yo. La chica tenía cara de pocos amigos, una mezcla de rabia contenida y fuertes dosis de droga, la anciana, por su parte, tenia el semblante del que va a hacer algo rutinario y despojado de sentido.

-¿Así que hoy te dejan salir un rato a la calle? –dijo la anciana a la chica-.

-¿Y a ti? ¿A ti te dejan salir? –respondió la chica clavándole los ojos en el alma-.

Yo me quedé callado, como intentando no ser testigo de toda esa acción, de toda la historia que había entre aquellas dos personas y nos quedamos  allí callados, los tres, el resto del trayecto. Al llegar a la sala principal me hicieron ir a un cuarto reservado en el que tuve que rellenar un formulario con decenas de preguntas sobre mí y sobre el paciente al que iba a ver. Cosas como de qué lo conocía, hacía cuanto, si conocía a alguien de su familia, si sabía algo de las posibles enfermedades mentales que tenía dicha persona; mi edad, mi número de teléfono, mi lugar de residencia, si estaba medicado o si alguna vez había estado encerrado en un centro psiquiátrico o en prisión, etc, etc. Después, cuando entregué el formulario, vino un trabajador del centro y me preguntó si llevaba algo encima que pudiera perjudicar a Max o a cualquier otro de los pacientes que acogía el centro. “No, sólo cigarrilos y un Ipod con música para Max”, dije. Al escuchar música, su cuerpo se erizó y una mueca nació desde lo más profundo de su ser y me recordó esa hermosa frase  que ahora no caigo de quién era: “el infierno debe de estar lleno de músicos aficionados”. Nunca había estado en el infierno, por lo menos que recuerde, pero algo me decía que pronto lo iba a conocer. El tipo siguió observándome durante unos interminables instantes, escrutándome, intentando meterse en mi cerebro, averiguar qué pensaba para luego hacer un gesto que no quería decir otra cosa que “la música no está prohibida, pero debería estarlo”, y casi me perdonó la vida. A pesar de todo, el tipo me dejó pasar con la mercancía y yo no pude evitar sentirme como un dealer de pasiones, pasiones en un recinto en el que toda pasión es un defecto y toda serenidad una virtud. Ahora comenzaba a entender un poco todo. “Lo peor de todo el asunto es que una vez entras, no sabes si vas a salir”, me dije a mi mismo. De repente me vi estudiando a cada una de las personas con las que me iba cruzando. Quizás ellos entraron como yo hace ya algún tiempo. Si, quizás entraron y nunca más salieron, se quedaron atrapados aquí,  sentenciados a una vida serena, calma, sin música ni mujeres, sin sal con que condimentar está insulsa existencia. Actúa como una persona decente, camina recto, sonríe y saluda a aquellos con los que te cruzas. ¡Actúa, actúa! De ello depende lo que te queda de vida.

Una vez ya pasados varios salones en los que individuos estaban aquí y allá, desparramados por butacas, mesas y sillas, algunos jugando a cartas, otros viendo una antigua tv en la que pasaban documentales de animales, unos pocos hablando entre ellos y mirando hacia todas partes cada vez que alguno sel grupo se callaba, llegué a un patio en el que, apoyado contra la pared, estaba Max. Me vio y me sonrió. Ninguna sorpresa había en su mirada sólo algo que se podría describir como un “hombre, tú por aquí”. Me acerqué y nos abrazamos y no pude evitar notar un cierto olor como a polvos de talco. Algo muy aséptico, nada humano.

-¿Cómo va todo? –dije.

El se rio. No pudo evitarlo. Max siempre ha tenido un gran sentido del humor, un sentido del humor oscuro. Parecido al mío. Quizás por ellos siempre nos hemos llevado tan bien.

-Bien, vamos bien- dijo-. Sabes qué es lo bueno de estar aquí, que una vez entras, si sales, tu vida sólo puede ir a mejor.

Una sonrisa se me dibujo en el rostro.

-Si de eso no hay duda.

-Si, créeme. ¿Por qué has tardado tanto en venir? Creía que vendrías antes, ya sé que este no es un lugar al que mole ir, pero joder… Llevo mucho sin un puto cigarrillo, aquí no me dejan ni fumar. ¿Habrás traído tabaco no?

-Sí, claro que he traído.

Le pasé el paquete de tabaco. Lo pilló con cierta ansiedad, lo desenvolvió, sacó un piti y se lo encendió, le dio una fuerte calada, aguantó el humo y dijo.

-Esta marca es una mierda, ¿cuándo vas a aprender? ¿Es que acaso no te he enseñado nada? De todas formas sigue siendo mejor que fumarte la Biblia que me han entregado, hace tiempo que el Genesis ya ha desparecido. No se que debe pensar Dios de eso. De hecho no sé qué debe pensar Dios de todo esto –mientas abría sus brazos y los giraba a nuestro alrededor.-

– Bueno, pero ¿cómo va? – insistí-.

– Bien ¡Living la vida loca!. No ahora en serio, llevo ya tres meses, espero que en un par de semanas, quizás un mes me dejen salir. La verdad es que extraño ese aire nauseabundo que desprende la ciudad. Aquí no llega, todo está demasiado limpio.

– También te he traído otra cosa.

Saqué el Ipod y se le iluminaron los ojos, sus grandes y desorbitados ojos.

-Están todos aquí, desde Velvet, hasta Haydn. Te lo he traído para que cuando salgas lo primero que hagas es tocar algo. No me han dejado traerte la guitarra, me dijeron que estaba prohibido. No sé, quizás creen que lo puedes utilizar como un arma.

Los dos nos reímos.

-Ojalá las guerras fueran con instrumentos, ¿imaginas?- dijo-.

-Sí, sería la mejor de las guerras. Wagner las amaría…

-Si…

De repente su mirada se fijó en el suelo, calló, se apagó. Sacó otro cigarro se lo encendió y se puso mirar el cielo.

-Sabes, paso la mayor parte del tiempo aquí. Salgo, leo algo, quizás me dan algún que otro medicamento y después me quedo mirando el cielo, imaginando quien va en esos aviones, cuáles son sus motivos. Imaginando que nada de eso pasó y que sigo allí afuera, contigo, con los otros, tocando…

-Entiendo…

– ¿Sabes qué es lo peor de todo? Que esto es peor que la cárcel. La tendría que haber hecho más gorda. Si la hubiera hecho más gorda me hubieran metido en el trullo y ya está. El trullo no está tan mal, sólo tiene mala fama. Además, seguro que conoces gente interesante. Y lo más importante, te condenan a tanto tiempo, lo cumples y estás fuera. Eso es lo que me carcome por dentro. Dicen que son dos semanas, quizás un mes. Yo que sé, no acabo de creérmelo. Aquí sabes cuando entras pero no cuando sales…

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