Luces en la noche

Había algunas noches de invierno en las que cogíamos un six pack, íbamos a una plaza y nos quedábamos observando las luces que la ciudad desprendía. Nos daba igual que hiciera frío. Nos sentábamos en un banco y  mirábamos durante horas el latir de la ciudad y sus destellos mientras, trago a trago, nos terminábamos las birras.

Hacía tiempo que los dos nos habíamos vuelto ermitaños, unos misántropos que rechazaban cualquier tipo de contacto humano. Escoria de la sociedad. Hacía tiempo que no ya luchábamos por nada, que no creíamos en nada. No estábamos dispuestos a vivir una vida que no era la nuestra. Allí, sentados en el banco, disfrutando del frío de la noche invernal, de su viento y de todas las inclemencias que el mundo pudiera tirarnos, nos sentíamos más libres, más acordes a lo que nos demandaba el espíritu, más en paz con nosotros mismos. Disfrutábamos pensando en las vidas que existían detrás de esas luces. Imaginábamos cuáles eran los motivos que impulsaban a cada una de las personas que vivían en esos pisos y oficinas para seguir haciendo lo que hacían, para seguir esforzándose. Ese era nuestro juego. Imaginábamos si el día les había ido bien o mal; si estaban pasando una buena racha, si por el contrario estaba siendo un mal año.  Había días en los que nos enterábamos de que esto o aquello había pasado, buenas y malas noticias. Quizás una guerra había comenzado, o un avión se había estrellado. Y los dos nos quedábamos quietos, observando, mirando las reacciones de la gente, de la ciudad. Nos encantaba ver los efectos de la economía en la gente. Ella creía que cuanto mejor iba la economía, menos amor existía en las calles. Decía que la pobreza y la humildad era lo único que acercaba a las persona;, que la gente sólo se podía conocer entre ellos cuando se pasaban malos momentos, que en las buenas hasta tu más acérrimo enemigo estaba a tu lado. Yo no lo tenía tan claro. Yo veía que la gente era más feliz cuando todo iba bien. Cuando se podía gastar sin pensar en lo que pudiera ocurrir mañana. No sabía explicarlo, pero había algo en todo eso, en el derroche que ambos observábamos en esas épocas, que me decía que la vida merecía ser vivida. Como si fuera un anuncio de Cocacola. Una vida para ser vivida, una buena nueva en forma de cheque, una sonrisa postiza y quizás verdadera. Ella decía que todo eso era mentira. Que no existía. Decía que era como afirmar que el mejor sexo que has tenido en tu vida ha sido pagando, pues te han hecho todo lo que has pedido, que eso no es verdad, que el amor es lo único que no se debería comprar.  A ella le encantaba todo lo que conllevara esas seis letras: verdad. Esas letras conformaban casi todo su universo, verdad. Yo repetía la palabra una vez detrás de otra, hasta que se convertía en un mero sonido, hasta que ya no significaba nada. Verdad, verdad, verdad, verdad, verdad. Ella se giraba y me pegaba y nos peleábamos junto a esas luces, junto a todas las historias que imaginábamos… Y después salía el sol, sólo eso jaja

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