La camiseta rosa

Recuerdo que era un día cualquiera de entre semana y me había levantado relativamente pronto para la época que estaba pasando. Fue una época un tanto oscura, un impas, un reset, un paseo cogido de la mano con el diablo, una temporada en el infierno. Como es normal, en esa época, parecía que los problemas me encontraban muy fácilmente. Por primera vez en la vida no era yo el que los buscaba a ellos, sino que eran ellos los que me encontraban. Como si la vida se hubiera puesto de mi parte y me hubiera comenzado a mandar todo aquello que durante tantos años creía querer.

Como iba diciendo, me había levantado temprano para ir a Barcelona en tren. Sólo llegar a la estación lo vi apoyado en una de las columnas que hay frente al bar. Allí de pie frente al mundo, fumándose un pitillo, con una barba canosa de tres días, una chaqueta tejana, barriga y esa camiseta.

-Joder –pensé- maldito cabrón. Mira que hay que tener huevos para llevar esa puta camiseta. Que ganas de tocar la moral. Y son las ocho de la mañana, vaya día me espera.

Nos miramos y yo me eché a reír, no me quedaba más remedio, para después darme la vuelta e ir a un banco en el que tocaba el sol y esperar el tren. Delante mío, en uno de los balcones de los edificios que hay delante de la estación, había una Senyera colgada de la barandilla. Hoy todo el mundo cuelga alguna cosa de su casa. Siempre me ha gustado imaginar como deben ser los encuentros en el ascensor de aquellos que ponen una Estelada con aquellos del mismo bloque que cuelgan orgullosos una bandera de España en el balcón. Eso sí, estos últimos siempre son los del ático, o un octavo, no los imagino  en un primero.

La cuestión es que estaba tan tranquilo sentado tomando el sol mientras venía el tren, cuando me di cuenta de que el individuo de la camiseta estaba al lado mio. Preferí no darle importancia. Preferí disfrutar del sol, del aire puro que hay en invierno, de la brisa, de los elementos que nos rodean, del tacto del metal del banco, de la piedra bajo mis pies, de cada uno de los instantes de los que se compone la existencia (esos segundos que desaparecen sin esfuerzos, inmensurables). Pero de repente el tipo chasqueó la lengua, algo le molestaba. Intenté no hacerle caso y escuchar los pájaros que cantaban alegres, quizás alguno estuviera buscando pareja, como yo, pensé, buscando una pájara que no lo estuviera mucho, buena, que tuviera una aleteo grácil y no le importara cómo estuviera mi nido. Una pájara de dulces colores y pico fino…

-Porque no llego –dijo el tipo de la camiseta- porque sino te juro que trepo y le prendo fuego con el mechero.

Yo me giré y vi que no había nadie más a mi alrededor. Me lo estaba diciendo a mi. Si, me lo decía a mi. El tipo de la camiseta, en un acto de supuesta camarería, se había acercado a donde yo estaba intentando hacer piña contra las legiones de nacionalistas que inundan las calles de Catalunya en estos días. Yo no salía de mi asombro. No le hice caso.

-¡Eh! Hay que tener huevos para poner esa bandera en el balcón –me dijo otra vez- ¿No crees? Me dan unas ganas de quemarla…

Hasta aquí hemos llegado, medité.

-¿Cómo? ¿Qué has dicho?

-Digo, que estoy hasta los cojones de las banderitas de mierda. Están por todas partes.

-Es su casa, pueden poner lo que le salga de los huevos –le respondí-.

Al contestar esto el tipo no entendió nada. Cómo, pareció pensar, ¿acaso no eres un falangista defensor de las libertades del hombre blanco ario español? ¿Acaso no crees que nuestro pueblo y nuestra nación centenaria, otrora imperio más grande que el planeta ha conocido, debe ser salvado de la hordas de nacionalistas que quizás nos arrebatan un trozo de nuestra amada tierra? ¿Acaso no eres del Madrid? No, le respondí yo con la mirada.

-Pues a mí me parece que son ganas de generar violencia. No hay ninguna necesidad…

-Mira –dije yo- no sé por qué coño has venido a mi lado a tocarme las pelotas. Tú vas con esa mierda de camiseta y nadie te dice nada.

-Mentira, la gente me mira mal por la calle cuando me la pongo.

-Pues no te la pongas… quémala. Es lo mejor que puedes hacer. Yo no me la pondría. Eso si que son ganas de que te metan una buena colleja. Y encima rosa… Tienes un grave problema.

El tipo me miró con ganas de matarme, pero no hizo nada. Estuvimos uno al lado del otro hasta que llegó el tren. Callados. Probándonos hasta donde podía llegar la cosa. El tipo me miraba de vez en cuando pensando cómo se podía haber equivocado tanto. Como podía ser que un grandote rapado y con cara de hijo de puta no fuera de los suyos.  El tren llegó, los dos subimos al tren, yo fui al piso de arriba, no se dónde mierda fue él. Nunca más lo he vuelto a ver.

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