“Low cost”

La idea era pasar unos días de vacaciones en la Toscana italiana. Los dos éramos estudiantes y el presupuesto no nos daba para grandes lujos por lo que las vacaciones se reducirían a diez días visitando las principales ciudades del norte de Italia.  Si tienen pensado ir al país transalpino, pueden ahorrase Milán. Allí no hay nada más que una iglesia y una galería en la que todo es absurdamente caro.

Como iba diciendo el presupuesto no daba para mucho y queríamos ver la mayor parte de lo que para mi es uno de los lugares más bellos del planeta (ya saben, esos viñedos y pueblecitos característicos, esa naturaleza que parece intacta desde los romanos, esas alegres gentes y su maravillosa comida -no es de extrañar que Dante escribiera el paraíso en sus tierras-). De modo que para ahorrar unas perras y alargar el viaje decidimos volar en una compañía low cost. El vuelo salía del aeropuerto de Girona aterrizando cerca de Pisa y el trayecto se realizaba en poco más de una hora. Beatriz estaba emocionada, pues le encanta visitar otros países, y no paraba de enseñarme todos los sitios que teníamos que ir a ver durante el viaje en una guía que había comprado para la ocasión. A mí, la verdad, me agobiaba pensar que tendríamos que ver todo lo que ella se había propuesto. Para mí los viajes son más una inmersión en el estilo de vida de las gentes y geografía que visitas y prefiero mezclarme con los locales en sus bares, cafeterías y restaurantes; hacer lo que la gente de esa tierra hace normalmente cuando se encuentra ociosa, pero si había que visitar este monumento o aquella iglesia para que mi amor estuviera contenta, no habría más remedio que hacerlo. Contándome todos los planes que tenía en su cabeza para cuando aterrizáramos en Firenze embarcamos en el avión y nos sentamos en nuestros respectivos asientos. A mi me había tocado el pasillo y ella estaba en medio de la hilera de cuatro que disponía el avión. Los pasajeros se iban sentando lentamente en sus respectivos asientos mientras yo me entretenía estudiando al personal. Era mediados de agosto, lo que hacía que el avión estuviera lleno de turistas con sus hijos además de un  “machambrat” de nacionalidades que veníamos, nos íbamos o continuábamos las vacaciones.

Una vez ya sentados, y con el avión encaminándose a despegar, ya había diseccionado parte del pasaje. A mi izquierda había dos parejas de italianos; ellos repeinados para atrás con gomina y gafas de sol puestas, ellas con el pelo impoluto, liso y brillante, todos morenos, todos con una extraña mueca en la cara y dándose aires de vips. Delante suyo un hombre de grandes dimensiones, un gordo en toda regla con la camisa sudada y poco pelo en la cabeza y en el que se adivinaba cierto temor a las alturas. Más allá, una entrañable pareja de ancianos italianos, el con su boina, ella con un bolso Louis Vuitton de imitación  –esto es algo que me dijo Beatriz-,  dedicándose a leer la prensa a la vez que ella lo espetaba a que se tomara la “dichosa píldora”. Delante nuestro no llegaba a ver quién había, pero se escuchaban unos niños pateando los asientos ante el hastío general -adivino que un exceso de azúcar recorría sus venas-. Un poco más allá más niños y familias y en medio de ellos la chica de rojo. Una de esas mujeres que uno ve sin querer verla. Una ninfa morena de suaves curvas y rasgos marmóreos, una amazona postmoderna, un ciclón, “una puta”, como solía decir Beatriz cada vez que se cruzaba alguna chica que le podía quitar algo de protagonismo. Y es que Bea tiene un problema. Bea es hermosa, inteligente, de mirada penetrante, una persona con los pies en la tierra y que lucha por lo que cree que merece pero, ante todo, es celosa, por lo menos lo era conmigo. Pero no celosa en plan que mona, es que la pobre me quiere mucho y no puede evitar tener miedo a perderme. No, no estamos hablando de esa clase de celos. Sus celos estaban diagnosticados y siempre se escudaba en ello cuando montaba cualquier numerito; hubo un día en el que comenzó a tirar piedras a las invitadas de un amigo en una fiesta que habíamos organizado ante los gritos y la mirada atónita de todos, pero supongo que eso ya es otra historia.

-¿Qué, te gusta? –preguntó ella al aire-.

-No sé de qué me hablas…

-No te hagas el tonto, sé que la has visto, todo el avión la ha visto…

En este tipo de situaciones siempre estaba vendido, contestara lo que contestara iba a haber lío pues lo único que buscaba Bea era pelearse, discutir por discutir, y la mujer de rojo era perfecta para sus propósitos.

-Me da igual, que sepas que sus tetas son falsas… Espero que le estallen por la presión.

-Bea, ni siquiera hemos despegado y ya la estás…

-Tranquilo –dijo ella condescendientemente- me portaré bien. No voy a hacer un numerito, el terapeuta me ha dicho que estoy haciendo grandes progresos…  Pero que sepas que la mayor parte de las veces la culpa la tienes tú. Si me estuvieras mirando a mi en vez de otear el horizonte en busca de no se qué, no tendríamos la mitad de problemas.

Despegamos. Pasaron algo así como unos veinte minutos. Según el piloto del avión las previsiones climatológicas eran favorables y todo presagiaba que tendríamos un placentero y tranquilo viaje. Miramos las nubes durante un tiempo, la costa, el mar y los plateados reflejos que el sol producía en la superficie. La gente hablaba produciendo un dulce rumor en el ambiente y de vez en cuando un hormigueo me subía por la barriga cuando desaparecía la fuerza de la gravedad. Firenze y  la cuna del Renacimiento nos esperaba. Eramos una pareja dichosa volando hacia una de las ciudades más bonitas que existen y la tierra seguía rodando y viajando a través del espacio. Calma y amor por la existencia bañaban mi cuerpo.

Brurrrum, brurrum, hubo un temblor. A Beatriz se le dibujó una sonrisa en la cara.

-No hagas un drama –dijo ella- sólo ha sido una leve turbulencia, nada más.

-No he dicho nada.

Ella se reía. La verdad es que siempre me había gustado viajar en avión hasta que tuve una mala experiencia cuando, atravesando el atlántico, hace ya muchos años, nos atrapó una terrible tormenta en medio del océano. Fue la primera y última vez que he rezado en mi vida.

El tipo de grandes dimensiones no lo estaba pasando precisamente bien. Desde que habíamos despegado tenía los ojos cerrados, como si fuera un  avestruz metiendo la cabeza en el hoyo, parecía que estuviera concentrándose en su lugar de calma, cerrando los ojos para negar la dura realidad: que su culo estaba a más de 10.000 metros y que cualquier accidente a esa altura acabaría con él y con todos nosotros. Verlo me producía algo de ansiedad por lo que pedí un whisky.

Brurrrrum, Brurrrrum. Me manché un poco la camisa, por lo que decidí terminarme la copa de un trago mientras una azafata corría hacia la cabina del piloto. Miré hacia delante y hacia los lados, afuera en el cielo, todo parecía ir bien. Las fuerzas de la física iban en nuestra contra. Los niños de más allá pegaron un grito de alegría. Bea me apretó la mano. Esta turbulencia ha sido fuerte. Pensé “no pasa nada, el avión es el transporte más seguro que existe, cada vez que coges el coche o la moto te la estás jugando, en cambio ahora estoy en el reino de los cielos, junto a Dios, dónde los ángeles llegan a tiempo y nada malo puede ocurrirnos. Por otro lado, no es plan que Bea me vea preocupado, si me entra un ataque de pánico se puede reír de mi durante los próximos diez días. Serenidad. Quizás otra copa”. A mi lado las parejas de italianos se callaron de golpe, ya no se escuchaba su característico canturreo al hablar. Los ancianos no se inmutaron. Eso es serenidad  -reflexioné-  no hay nada como estar a las puertas de la muerte para ver la vida con otra perspectiva.

Brurrum, brurrrum, brurrrum, brurrrrum. Se encendió la luz de abróchense los cinturones para después sonar la melodía que indicaba que el capitán tenía algo que decir. Con una voz monótona que no me tranquilizó lo más mínimo explicó:

-Estimados pasajeros. Durante los próximos minutos atravesaremos una zona de turbulencias. Todo está controlado.

Ante las buenas nuevas, comienzo a cagarme en el tipo que hace las predicciones climatológicas. Bea me coge la mano más fuerte. Ya no le hacía gracia. Los italianos son una tumba. Ellas miraban al suelo, mientras ellos cogían con fuerza el sillón delantero. El gordo parece concentrarse todavía más en su  rincón de calma, tiene los ojos cerrados cada vez con más fuerza y apreta las mandíbulas como si con todo ello pudiera abstraerse de dónde nos encontramos. Los niños comienzan a gritar:

-¡Yuhuuuuuuuuu! ¡Ueeeeeee!- nace un festival de aullidos de los diferentes niños que existían en el avión. Unos se animaban a otros, los padres no pueden con ellos, bastante tienen con vencer a sus miedos. Parecía que estuviéramos en el Dragon Kahn en vez de en un avión apunto de estrellarse. Pienso para mis adentros “no hay nada como ser un inconsciente. Me gustaría ser un niño y disfrutar de la experiencia. ¿Disfrutarían Nietszche, Rilke o Hess como lo están haciendo ellos?”  Brurrrum, brurrrrum, brurrrrrum, brurrrrum. Se abren algunos de los portaequipajes del avión. Las turbulencias siguen y son  cada vez  más fuertes. Bea no dice palabra… La abrazo e intento mantener la compostura, algo que hacía rato ya no podían hacer las parejas de italianos. Ellas lloraban a lágrima viva, mientras ellos no les hacían caso alguno. Pienso que quizás son sólo un rollete de verano. Algunas maletas corren libremente por el avión mientras la azafata llama a la calma. El piloto hace tiempo que no dice nada, lo cual me pone nervioso, pienso que debe tener muchísimo trabajo por lo que no puede ni siquiera informarnos de qué mierda está ocurriendo. Los ángeles y Dios no deben estar en esta parte del cielo. Definitivamente nos dirigimos al averno. Me pregunto dónde mierda escribió Dante el infierno. Bea entra en un trance dramático:

-No sé por qué coño nos teníamos que ir de viaje. ¡Con lo bien que estábamos en Barcelona! ¿Quién nos manda irnos a la Toscana? ¿Qué se nos ha perdido allí?-. Yo la miro a los ojos, la beso, y comienzo a reírme nerviosamente. Le digo que no se preocupe, que viajamos en el medio de transporte más seguro del mundo. Me pregunto a mi mismo si no puedes decir nada mejor que un topicazo. No, no puedes. Bea me mira desconsolada pero feliz de tenerme cerca. Me comenta por lo bajini que cómo puede ser que los chicos italianos no consuelen a sus mujeres las cuales hace rato han comenzado a rezar. Pienso en todo lo que no he hecho en mi vida, todo aquello que me he perdido. Todas las veces que no he follado pudiéndolo haberlo hecho, todas las veces que he estado de mal humor y me he quedado en casa en vez de salir y vivir el momento; pienso en el Barsa, en todas las victorias que me perderé, en Argentina que seguro gana un mundial justo cuando no esté;  me cago en haber trabajado todo lo que he trabajado a lo largo de mi vida. No ha sido mucho, pero hubiera preferido hacer otra cosa. Visualizo cada uno de los jefes que he tenido y todas las veces que me callé lo que pensaba. Eres una prostituta, pienso, todo el mundo se prostituye por conseguir más cosas y bienes, por vivir más experiencias, por poder viajar y viajar no sirve de nada, sino mírate ahora. Te queda un año de universidad, después ya serás un licenciado y tendrás que salir al mundo laboral de lleno. Decenas de años de prostitución te quedan por delante, decenas de broncas por reprimidas, seguro que pronto te quedas calvo, incluso te saldrá barriga  Quizás morir estrellado no sea tan malo. Se me pasa por la mente sacar la piedra de hachi que tengo en mi bolsillo, hacerme un canuto y hacer del avión un submarino, quizás así pueda calmarme un poco, quizás les vaya bien a los italianos e incluso a los niños que no paran de gritar y convertir toda esta tragedia en una mera farsa. Brurrrum, brurrrum… Brurrrum, Brurrrum.

Bea, en medio de todo, en medio de los gritos y el sufrimiento generalizado, me pregunta si realmente no me tiré a la chica con la que me pilló aquella vez en la discoteca. Le intento explicar que era sólo una amiga. No lo entiende. Se pone agresiva y me pone agresivo a mí. Me gustaría tener una pistola en la mano y volarme la tapa de los sesos. No se cómo, pero siempre terminaba por sacarme de mis casillas. Si por lo menos pudiera pegarle un tiro al gordo… Quizás si no estuviera él, ni los italianos, ni los niños, ni Bea. Si sólo estuviera yo y quizás la mujer de rojo. Si… Si sólo estuviera yo y la mujer de rojo aprovecharíamos y haríamos el amor una última vez antes de matarnos contra el mediterráneo. De repente me viene a la cabeza una frase de mi abuela “yo he sido mujer de un solo hombre”. Pobre abuela, con lo que le hubiera gustado follarse a todo el vecindario. Recuerdo cómo me explicaba cuando el abuelo la llevaba a ver a los jugadores de polo “esos hombres…”, como decía ella. No entiendo que le pasa a mi cabeza. Debe ser el whisky. Bea hace un rato que sigue erre que erre con que me he follé a mi amiga, después de un rato le digo que “ojalá lo hubiera hecho”, que por lo menos así tendría motivos de verdad para tocarme las pelotas en los últimos instantes de mi vida, de nuestra vida…  Ella me dice que ojalá se estrellé el avión, que le pueden dar mucho por culo a la Toscana y a Italia entera, que seguro que además está llena de putas como esa Mónica Bellucci que tanto me gusta…

De repente paran las turbulencias y suena la melodía que anuncia un mensaje del piloto:

-Queridos pasajeros las turbulencias ya han terminado.  En menos de veinte minutos aterrizaremos en Firenze, espero que hayan disfrutado del vuelo.

Disfrutado del vuelo… A Bea se le pasa el cabreo. Me mira, nos miramos y nos besamos como si fuera la primera vez, como si no hubiera mañana. Observamos el pasaje, la gente se rie nerviosamente, el gordo ha abierto los ojos, las italianas sonríen precavidas con lágrimas recorriéndoles  las mejillas. La pareja entrañable de viejos sigue igual que cuando habíamos despegado. No quiero saber qué ha pasado con la mujer de rojo, queda mucho viaje por delante. Toda nuestra vida esta por delante, dentro de un año saldré al mercado laboral, tenemos que disfrutar lo que queda de viaje… Sólo acababa de empezar.

Brurrrum… brurrrum… br…

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