El síndrome de Stendhal

Esta tarde me he encontrado con Tom, hemos estado tomando unos cafés. Yo me he tomado uno, él se ha tomado cuatro y mientras me contaba las cosas que le pasaban por su mente se ha fumado innumerables pitis. Tom es así, todo lo hace compulsivamente. Una vez le vi intentarlo con cuatro mujeres seguidas. Las cuatro consecutivamente en la barra de un bar, una detrás de otra, sin compasión ni vergüenza, ni por él, ni por el mundo que lo rodea. Hay días en los que las personas se quedan descolocadas cuando se topan con él. Aunque lo mismo podría decir él de todos nosotros.

Tom me ha contado, siempre está contando historias, quizás por eso le tenemos tanto aprecio, que ha estado hablando por whatsapp con dos chicas. Por lo visto tienen un grupo en común, un grupo de tres, las chicas y Tom, y en él se van diciendo guarradas. Según me ha contado todo ha comenzado cuando una de ellas en vez de poner chuchos, ha puesto chichis; “la cosa se ha comenzado a poner caliente a partir de ese momento”, comentaba él. No quiero imaginar la clase de guarradas que ha sido capaz de escribir. Si algo tiene Tom, es que cuenta las cosas a medias. Una parte de la historia siempre queda oculta; uno de sus protagonistas siempre se encuentra fuera de escena. Tom cuenta todos los hechos, pero siempre oculta lo que dice o piensa. No quiero imaginar la de cosas que puede llegar a pensar el tipo. De modo que Tom ha ido caminando por las calles de Sarriá con el móvil en la mano y prácticamente su polla asomando por los pantalones. Tom y el móvil, Tom y el whatsapp, Tom caliente por las calles mientras el grupo lo pone a prueba. “Vamos a sacar los chichis… jajajaja” se ríen las chicas mientras pasea a eso de las cinco de la tarde por la parte alta de Barcelona. Entre tecla y tecla, entra cada una de las palabras que va escribiendo, levanta la cabeza en parte para que no lo atropellen, en parte para no comerse alguna farola pero algo llama su atención. Poco a poco deja el móvil a un lado y comienza a centrarse en lo que le rodea. “Innumerables chicas de diecisiete años saliendo del instituto”, dice Tom, “ya sabes, todas vestidas con uniforme, con esas faldas y esos calcetines blancos hasta las rodillas, alguna más puta que otra con la falda un poco retocada, pero todas ellas bellas, casi puras y turgentes, todas llenas de vida,  casi inocentes,  dirigiéndose para casa o el taller de inglés o al DIR, riéndose como cuando saltaban a la comba, en grupitos aquí y allá desperdigadas por las calles de nuestra ciudad… ha sido hermoso tío, hermoso. Por un momento he recuperado la paz, he comprendido que no estamos llenos de culpa, que en el fondo somos ángeles, que no tenemos ninguna maldad y merecemos estar aquí y ahora. Creo que todos algún día nos salvaremos. Si, sin duda, tarde o temprano nos salvaremos”. En este punto ha vuelto a pedir otro café, el camarero lo ha traído con cierto reparo, ha vuelto a sacar otro cigarro, le ha dado un sorbo al café, se ha encendido el cigarro y después de darle una calada y disfrutar levemente del momento, algo ha recorrido su pensamiento “como algo puede ser tan bello y yo tan asqueroso”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: