Dos momentos

Hoy me he despertado y he encontrado una nota en la nevera. La última nota de Beatriz. En ella, por resumir, explicaba cómo hace tiempo que venía pensando en dejarme pues la relación no daba para más, “no llega a ningún puerto ni, a estas alturas, quiero que llegue”. Al parecer se ha enamorado de otro, o eso dice la carta. Ella no quería hacerme daño, es lo último que busca con todo esto, pero creía necesario ser sincera y no mentirme más a la cara.

Al leer la nota no puedo decir que el mundo se viniera abajo. Algo en mi interior hace ya mucho tiempo que venía diciéndome que cualquier día me dejaría y debería salir adelante sin ella. Salir adelante sin ella. Cuando he terminado de leer la nota mi mente ha sido asaltada por dos momentos de mi vida. El primero, y por explicarlo en orden cronológico, como tanto le gusta a mi hermano contar las cosas –siempre ha sido un chico muy ordenado, todo lo contrario a mí-, fue un día en el que mi entrenador de natación apareció con un ojo morado. Al parecer se había peleado con no sé qué tipo porque le había robado a su chica, una jovencita con una larga y oscura melena, de ojos profundos y boca apetitosa que, siendo yo un niño, despertaba en todos los chicos del club lo que podríamos llamar los primeros indicios de “la llamada de la naturaleza”. La chica era conocida en nuestro pueblo como Pocahontas debido a su larga melena y su oscura piel. Ninguno de nosotros sabía su nombre, no creo que nunca llegáramos a saberlo, pero su imagen se daba un aire al dibujito animado de Disney que por aquél entonces estaba en cartelera y una cosa llevo a la otra y de ahí su apodo. Desde entonces nunca he vuelto a verla. Probablemente ahora estará casada y con hijos –como casi todos los de mi generación- en cualquier lugar del planeta disfrutando de lo que una chica como ella tiene, la tranquilidad de saber que siempre va a existir un hombre dispuesto a que le rompa el corazón. Emilio, nuestro entrenador, tenía la cara destrozada. Recuerdo cómo mientras calentaba para tirarme a nadar los cinco o seis km que recorríamos cada día en la piscina,  le contab la historia de la pelea a un amigo suyo. Lo explicaba como si en realidad no le importara nada de lo sucedido, cuando en realidad todos sabíamos que era exactamente lo contrario. A Emilio le habían roto el corazón. Esta mañana, al verme con la carta de Beatriz en la mano, he sido capaz de evocar su gesto preciso; una triste sonrisa, gamberra, casi insultante. La mueca propia de aquél al que la vida le importa un pimiento. Mientras, paralelamente a todo lo que se revolvía en su cuerpo, comentaba con aire despechado cómo ahora ya no era Pocahontas sino que desde entonces pasaría a ser putahontas (ya saben la crueldad existente en los pueblos), y volvía a reírse y a hacer aspavientos con su colega, el cual lo miraba con cara de incrédulo pues todos, incluso nosotros que todavía no entendíamos el significado de amar a alguien, sabíamos que a Emilio le habían roto el corazón.

Quién sabe por qué diantres Pocahontas dejó a Emilio. Probablemente era un plasta o un pesado, uno de esos tipos que andan todo el día temiendo la aparición de un hombre de verdad, un sujeto con todos los atributos deseados por una mujer y que este le robe a su chica pues, en el fondo, él no cree merecerla. O quizás fue ella la que se había portado mal y no merecía estar con un sujeto que, como han demostrado los años –Emilio ahora es padre de dos hijos y se ha casado con una mujer que, si bien no es tan atractiva como recuerdo era Pocahontas, parece ser una persona con los pies en la tierra y de buen corazón-, no es ningún hijo de puta. Probablemente el problema de todo el asunto fuera la edad. Todos cometemos tonterías cuando somos jóvenes. Todos nos equivocamos y hacemos daño sin pretenderlo a esas alturas de la vida pues estamos aprendiendo las reglas del juego y nos creemos capaces de comernos el mundo de una sola tacada sin que nos sople nadie. Pero eso es algo que sólo podrían decir el Emilio y la Pocahontas de ese tiempo. Me resulta difícil creer que ahora cualquiera de los dos pudiera decirnos los verdaderos motivos de todo aquello. Ya sé que es un tópico pero no hay mayor verdad que la ya casi desgastada frase: “el tiempo lo cura todo”. Habrá quién necesite más, habrá quién menos. Pero el tiempo es el único aliado que parecen tener los individuos cuando de corazones rotos se trata.

En cualquier caso, esta mañana al ver la nota pegada en la nevera con el imán que compramos juntos en Venecia, me ha venido a la cabeza la figura de Emilio pues fue él quien me dijo por primera vez una de esas molestas verdades que suelen cumplirse. Fue ese mismo día, con el ojo morado y esa risa burlona que no engañaba a nadie cuando lo comentó. No sé si yo le pregunté el motivo de la separación o si, simplemente, lo soltó como una justificación de por qué se había peleado. Pero recuerdo  cómo afirmó rotundamente que las parejas no se rompían sin más, que cuando esto sucedía, siempre había un tercero de por medio. A decir verdad no lo dijo así, sino de manera más explícita: “las putas no sueltan un rabo sin tener otro bien agarrado”. Lo recuerdo como si fuera ayer. Para mí eso era como si Pocahontas de repente se hubiera convertido en Tarzán y, por un momento, no pudiera seguir surcando la selva sin saltar de una liana a otra para llegar a su destino. Un rabo por otro. Todo con el fin de tirar para adelante, con el fin de poder llegar a buen puerto, de alcanzar la meta. Beatriz, como aquella tarde dijo Emilio, había soltado una liana para coger otra, fin de la historia. No la culpo. Todos hacemos lo que creemos mejor para nosotros sin importar quien se ponga en nuestro camino.

El segundo momento que ha revoloteado por mi cabeza al ver la nota, ha sido una conversación que tuve con mi profesor de Autoescuela. Debo mencionar que yo no me saqué el carnet de autoescuela en España, siempre me negué a ser partícipe de lo que creo uno de los mayores atracos existentes en este país, solamente equiparable a lo que sucede con las compañías de telefonía móvil. Por ello, en uno de los viajes que realicé a la tierra que me vio venir al mundo, es decir, Argentina, decidí sacarme la licencia de conducir allí. En Argentina la gente, entre otras muchas cosas que los diferencian de los españoles, suele hablar más, ser más violenta, más molesta, más cariñosa y rockanrolera y no sé por qué, pero es cierto que todo tiene un cáliz más intenso y no por ello significa que sea mejor o peor. Simplemente más intenso. El otro día hablábamos con un amigo que posiblemente sea la carne roja. Tan simple como eso: abundancia de carne roja recorriendo las venas de toda una nación.

Como buen argentino, mi profesor de autoescuela era una persona abierta demás de  jugador de rugby, grandote, de risa franca, abrazos largos y amante de la “joda”. Recuerdo cómo siempre que venía a casa y pitaba con la bocina del coche para que saliera y me subiera al auto, una sonrisa me asomaba al rostro. Es una de esas personas con las que es grato cruzarse cuando uno tiene un mal día. Una de esas personas simples, sin problemas, que relativizan todo lo que a uno le sucede y lo único que buscan es una dulce carcajada frente a una cerveza bien fría.  Pero Martín, a pesar de lo que puedan pensar muchos, no era ningún pelotudo. Si nunca han tenido la oportunidad de visitar Buenos Aires puedo asegurarles que, aparte de mujeres lindas, librerías infinitas, edificios propios de cualquier gran capital europea y buena comida, está plagado de estos. Pelotudos en todas partes, gente que lo sabe todo en cada esquina, mujeres que se creen divas, chorros, facturas, mucha, muchísima cocaína que hace que todo esté un poco más acelerado de lo normal y, sin embargo, todo te mima. Los parques, los árboles que rompen veredas,  la mugre que recorre sus calles, los taxistas expertos en política, las remeras de fútbol. Todo tiene algo, a pesar de lo violenta de la idiosincrasia porteña, que hace que el extranjero pronto sienta la ciudad como suya.

Martín tenía más o menos mi edad, lo cual era un poco raro pues se supone que a mi edad uno ya hace tiempo que maneja autos. Yo veía que no me lo preguntaba por pura educación, pero en su mirada había algo que no terminaba de entender cómo era posible que hubiese tardado tanto tiempo en sacarme la licencia de conducir. Todo quedó aclarado cuando le expliqué los precios existentes en España los cuales,  acordamos, eran un “afano”. Pronto, a lo largo de las diez clases que compartimos, nació una mutua confianza. Supongo que al verme de su edad, canalla como él, también ex jugador de rugby y sincero –hay días en los que me arrepiento de tener la lengua tan suelta, pero en general la gente agradece, por lo menos la buena gente, que uno vaya de frente y se muestre tal y como es-, hizo que se relajara y comenzáramos a hablar de temas más íntimos. Temas normalmente reservados a los amigos. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que los dos teníamos muchas cosas en común. A los dos nos gustaba cocinar, la tapita de asado antes que la tira, la cerveza, los culos antes que las tetas –es decir, no es que despreciáramos las tetas, nada más lejos de la verdad, pero, como decíamos, si uno debía escoger, preferíamos que nuestra chica tuviera un buen culo a unas tetas prominentes pues “las tetas son una superproducción de Hollywood, siempre están en cartelera, pero cuando encuentras una peli de autor corres al cine para verla”-.

Martin era el hermano pequeño del dueño de la autoescuela y enseñaba para darle una mano puesto que hacía poco, no más de un año, que habían abierto y de paso se ahorraba trabajar para alguien que no fuese de la familia. Por lo visto había tenido algún problema con anteriores jefes y trabajar para su hermano, “un buen tipo”, como lo definía él, no le suponía ningún esfuerzo. Nadie le rompía las bolas, además siempre terminaba por conocer a personas interesantes. Según Martín, gracias a su trabajo, se ahorraba ir al psicoanalista pues  la gente a la que enseñaba le mostraba cómo, al fin y al cabo, todos tenemos un montón de problemas con los que apenas sabemos lidiar. “Todos andamos un poco perdidos, ¿no es cierto?”, gritaba a la vez que me apremiaba a prestar atención a la carretera. La vida de Martín era simple: de lunes a viernes daba seis horas de clase, después llegaba a casa, le hacía la cena a su novia, garchaban siempre que ella estuviera de humor y de vez en cuando se iba de joda los fines de semana. Eso siempre y cuando no tuviera disponible la lancha para irse a pescar. Decía que las dos mejores cosas existentes en la vida son despertarse al lado de la mujer que amas y surcar en lancha a toda velocidad el río.

Lo importante de todo esto es que un día me comenzó a explicar su teoría de “el duelo”.  Para Martín había un momento en las relaciones con una mujer, en la cual ella ya hacía tiempo que había decidido abandonarte, pero sin embargo seguía estando a tu lado. “Ella ya sabe que te va a dejar, que la relación no da para más. Pero sigue durmiendo contigo cada día, sigue pidiéndote un beso de despedida cuando se separan cada mañana y que la abraces cuando tiene frío y, poco a poco, te quiere menos, poco a poco, se desliga de los lazos que los unen y han hecho que su relación fuera tan especial. Es algo que se nota. Los hombres no somos tan boludos como ellas creen. Quizás uno tiene la esperanza de que sólo sea un bache en la relación, de que pronto volverán a estar como antes y todo eseo pero no es así. Ella ya te sentenció, se nota; las discusiones entre ustedes son mucho más lights, las cogidas parecen ser un mero trámite, todo muy monótono y maquinal, apenas hay sexo oral y, cuando lo hay no te come las bolas como lo hacía antes. ¿Sabés de lo que te hablo? Las películas que van a ver al cine las elegís todas vos, no le importa que dejes la tapa del inodoro levantada, casi no te mira a los ojos etc… Es el duelo, ellas están haciendo el duelo y, después de unos meses en los que te mira con cierta pena, como esperando algún tipo de reacción por tú parte, te deja y al cabo de una semana te la cruzás con otro chabón feliz de la vida, mostrando esa sonrisa que te volvió loco al conocerla. ¿Y qué tenés  vos? Un año de sufrimiento por delante, un año de dormir mal, de imaginarte cada una de las veces que cogieron, de mirar cada una de las fotos que colgó en Facebook, de extrañar su olor, de incluso llegar a olerla por la calle, de verle parecido con cada una de las actrices de tv. El duelo chabón,  la hija de puta hizo el duelo a tu lado y vos apenas te diste cuenta. Mientras vos como un pelotudo creés que lo dejaron el último día que se vieron, ella hace tiempo que lo hizo. ¡El duelo chabón! ¡El duelo! Todo el mundo lo sabe, y nadie lo quiere creer, pero es la verdad. ¡A mí esa no me la hacen más!”

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