Algo había ocurrido

Cuando terminaron Laura se levantó de la cama y se fue al lavabo, Max se quedó estirado disfrutando de su perfume pegado en las sábanas mientras escuchaba, de fondo, los ruidos que realizaba ella. Hacía mucho tiempo que los dos deseaban lo que acababa de ocurrir y sin embargo, después de todo el trajín y la pasión del momento, ahora que ya todo se había terminado y más pronto que tarde deberían volver a la monotonía de sus vidas, un aire a tragedia griega planeaba en la habitación de hotel.

Se habían encontrado por la mañana. Max había cogido sin esperanzas una vez más la calle por la que sabía que Laura iba al trabajo. Hacía ya varios años que lo hacía y nunca se habían cruzado. Sólo había pasado una vez, una tarde de verano en la que Max salía de comprarse un libro en una famosa librería de la ciudad después del trabajo. Salió de la librería y allí estaba ella, como si no hubiera pasado el tiempo, sonriéndole como nunca lo había hecho, como si el hecho de encontrarse fuera un milagro. Durante unos segundos, mientras se cruzaban, se tocaron con la mirada intentando saber cómo estaba el otro, descifrando si se echaban de menos, si había sido una buena decisión dejar de discutir y pasar página. Max le devolvió la sonrisa y eso fue todo. Pasaron varios años y nunca se volvieron a cruzar. Había días en los que esto era por extrañas casualidades: Max perdía el tren o se olvidaba algo en casa; Laura pinchaba una rueda de su moto o le cancelaban una cita en el último momento. Todo hechos que si hubieran sucedido de otra forma, habrían dado como resultado su reencuentro.

Existían ocasiones en las que uno u otro ya no soportaban más seguir con el pacto de silencio, y uno u otro llamaba y se pasaban hablando horas por teléfono contándose sus pequeños triunfos y tragedias, sus alegrías y penas, pero nunca se decidían a quedar. Pensaban que debía ser algo fortuito dejando en manos del destino -o lo que quiera que rija el mundo- tal encuentro. Laura había visto decenas de veces a chicos que se parecían a Max de espaldas y se apresuraba, caminando más rápido para verles las caras pero nunca eran Max. Sin embargo, aquella mañana lo vio delante suyo al aparcar la moto. El tiempo no lo había tratado bien. Estaba gastado, ciertas arrugas recorrían su cara y un aire de perdedor se había apoderado de su otrora orgulloso rostro. Pero seguía siendo Max, aquél por el que tantas veces se había vuelto loca y desafiado los límites de la conducta humana. De modo que se bajó de la moto, se sacó el casco y le gritó:

-¡Eh! ¡Guapo!- Max al principio no se giró pues iba inmerso en sus pensamientos pero una señora con una sonrisa y un paraguas en la mano le señaló algo detrás suyo. Allí estaba ella.

A Laura se le acumulaban las emociones mientras se miraba en el espejo. Se preguntaba si había hecho bien, si dejarse llevar por la pasión y por ese amor irracional que sentía hacia Max era lo conveniente. Sabía que toda su vida pendía de un hilo. Maldecía a Max por haberse estancado, por no seguirla y crear un futuro juntos, por no avanzar en su carrera, por hacerla sentir tan bien cada vez que sus dos cuerpos se tocaban, por besarla de aquella manera y avanzarse en sus deseos. Laura estaba hecha un trapo. No sabía de donde iba a sacar las fuerzas para enfrentarse al mundo, de nuevo, sin él al lado, sin sus absurdas bromas y decenas de principios que nunca lo llevaban a nada. Se secó las lágrimas de rabia que recorrían sus mejillas. Max comenzó a gritar, algo había ocurrido.

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