Archivo mensual: abril 2015

Lo peor de todo…

Ya en el ascensor comencé a tener dudas sobre si había tenido una buena idea. Hacía algo más de dos meses, quizás tres, que a Max lo habían encerrado en el centro psiquiátrico. Desde entonces nadie lo había ido a visitar, por lo menos nadie que no fueran sus padres, los cuales, habían sido los artífices de la idea. En todo ese tiempo nosotros habíamos estado fuera, disfrutando de nuestra libertad, dirigiendo sin restricciones nuestros átomos de un lado a otro de la ciudad, riéndonos y cayéndonos en cada esquina mientras sólo las estrellas eran testigos de nuestras gestas.

En el ascensor comenzaron a asaltarme dudas sobre si había sido correcto ir a visitar a Max. Allí, encerrados en poco más de dos metros cuadrados estábamos una viejecita, una chica de unos veintipocos años y yo. La chica tenía cara de pocos amigos, una mezcla de rabia contenida y fuertes dosis de droga, la anciana, por su parte, tenia el semblante del que va a hacer algo rutinario y despojado de sentido.

-¿Así que hoy te dejan salir un rato a la calle? –dijo la anciana a la chica-.

-¿Y a ti? ¿A ti te dejan salir? –respondió la chica clavándole los ojos en el alma-.

Yo me quedé callado, como intentando no ser testigo de toda esa acción, de toda la historia que había entre aquellas dos personas y nos quedamos  allí callados, los tres, el resto del trayecto. Al llegar a la sala principal me hicieron ir a un cuarto reservado en el que tuve que rellenar un formulario con decenas de preguntas sobre mí y sobre el paciente al que iba a ver. Cosas como de qué lo conocía, hacía cuanto, si conocía a alguien de su familia, si sabía algo de las posibles enfermedades mentales que tenía dicha persona; mi edad, mi número de teléfono, mi lugar de residencia, si estaba medicado o si alguna vez había estado encerrado en un centro psiquiátrico o en prisión, etc, etc. Después, cuando entregué el formulario, vino un trabajador del centro y me preguntó si llevaba algo encima que pudiera perjudicar a Max o a cualquier otro de los pacientes que acogía el centro. “No, sólo cigarrilos y un Ipod con música para Max”, dije. Al escuchar música, su cuerpo se erizó y una mueca nació desde lo más profundo de su ser y me recordó esa hermosa frase  que ahora no caigo de quién era: “el infierno debe de estar lleno de músicos aficionados”. Nunca había estado en el infierno, por lo menos que recuerde, pero algo me decía que pronto lo iba a conocer. El tipo siguió observándome durante unos interminables instantes, escrutándome, intentando meterse en mi cerebro, averiguar qué pensaba para luego hacer un gesto que no quería decir otra cosa que “la música no está prohibida, pero debería estarlo”, y casi me perdonó la vida. A pesar de todo, el tipo me dejó pasar con la mercancía y yo no pude evitar sentirme como un dealer de pasiones, pasiones en un recinto en el que toda pasión es un defecto y toda serenidad una virtud. Ahora comenzaba a entender un poco todo. “Lo peor de todo el asunto es que una vez entras, no sabes si vas a salir”, me dije a mi mismo. De repente me vi estudiando a cada una de las personas con las que me iba cruzando. Quizás ellos entraron como yo hace ya algún tiempo. Si, quizás entraron y nunca más salieron, se quedaron atrapados aquí,  sentenciados a una vida serena, calma, sin música ni mujeres, sin sal con que condimentar está insulsa existencia. Actúa como una persona decente, camina recto, sonríe y saluda a aquellos con los que te cruzas. ¡Actúa, actúa! De ello depende lo que te queda de vida.

Una vez ya pasados varios salones en los que individuos estaban aquí y allá, desparramados por butacas, mesas y sillas, algunos jugando a cartas, otros viendo una antigua tv en la que pasaban documentales de animales, unos pocos hablando entre ellos y mirando hacia todas partes cada vez que alguno sel grupo se callaba, llegué a un patio en el que, apoyado contra la pared, estaba Max. Me vio y me sonrió. Ninguna sorpresa había en su mirada sólo algo que se podría describir como un “hombre, tú por aquí”. Me acerqué y nos abrazamos y no pude evitar notar un cierto olor como a polvos de talco. Algo muy aséptico, nada humano.

-¿Cómo va todo? –dije.

El se rio. No pudo evitarlo. Max siempre ha tenido un gran sentido del humor, un sentido del humor oscuro. Parecido al mío. Quizás por ellos siempre nos hemos llevado tan bien.

-Bien, vamos bien- dijo-. Sabes qué es lo bueno de estar aquí, que una vez entras, si sales, tu vida sólo puede ir a mejor.

Una sonrisa se me dibujo en el rostro.

-Si de eso no hay duda.

-Si, créeme. ¿Por qué has tardado tanto en venir? Creía que vendrías antes, ya sé que este no es un lugar al que mole ir, pero joder… Llevo mucho sin un puto cigarrillo, aquí no me dejan ni fumar. ¿Habrás traído tabaco no?

-Sí, claro que he traído.

Le pasé el paquete de tabaco. Lo pilló con cierta ansiedad, lo desenvolvió, sacó un piti y se lo encendió, le dio una fuerte calada, aguantó el humo y dijo.

-Esta marca es una mierda, ¿cuándo vas a aprender? ¿Es que acaso no te he enseñado nada? De todas formas sigue siendo mejor que fumarte la Biblia que me han entregado, hace tiempo que el Genesis ya ha desparecido. No se que debe pensar Dios de eso. De hecho no sé qué debe pensar Dios de todo esto –mientas abría sus brazos y los giraba a nuestro alrededor.-

– Bueno, pero ¿cómo va? – insistí-.

– Bien ¡Living la vida loca!. No ahora en serio, llevo ya tres meses, espero que en un par de semanas, quizás un mes me dejen salir. La verdad es que extraño ese aire nauseabundo que desprende la ciudad. Aquí no llega, todo está demasiado limpio.

– También te he traído otra cosa.

Saqué el Ipod y se le iluminaron los ojos, sus grandes y desorbitados ojos.

-Están todos aquí, desde Velvet, hasta Haydn. Te lo he traído para que cuando salgas lo primero que hagas es tocar algo. No me han dejado traerte la guitarra, me dijeron que estaba prohibido. No sé, quizás creen que lo puedes utilizar como un arma.

Los dos nos reímos.

-Ojalá las guerras fueran con instrumentos, ¿imaginas?- dijo-.

-Sí, sería la mejor de las guerras. Wagner las amaría…

-Si…

De repente su mirada se fijó en el suelo, calló, se apagó. Sacó otro cigarro se lo encendió y se puso mirar el cielo.

-Sabes, paso la mayor parte del tiempo aquí. Salgo, leo algo, quizás me dan algún que otro medicamento y después me quedo mirando el cielo, imaginando quien va en esos aviones, cuáles son sus motivos. Imaginando que nada de eso pasó y que sigo allí afuera, contigo, con los otros, tocando…

-Entiendo…

– ¿Sabes qué es lo peor de todo? Que esto es peor que la cárcel. La tendría que haber hecho más gorda. Si la hubiera hecho más gorda me hubieran metido en el trullo y ya está. El trullo no está tan mal, sólo tiene mala fama. Además, seguro que conoces gente interesante. Y lo más importante, te condenan a tanto tiempo, lo cumples y estás fuera. Eso es lo que me carcome por dentro. Dicen que son dos semanas, quizás un mes. Yo que sé, no acabo de creérmelo. Aquí sabes cuando entras pero no cuando sales…


Luces en la noche

Había algunas noches de invierno en las que cogíamos un six pack, íbamos a una plaza y nos quedábamos observando las luces que la ciudad desprendía. Nos daba igual que hiciera frío. Nos sentábamos en un banco y  mirábamos durante horas el latir de la ciudad y sus destellos mientras, trago a trago, nos terminábamos las birras.

Hacía tiempo que los dos nos habíamos vuelto ermitaños, unos misántropos que rechazaban cualquier tipo de contacto humano. Escoria de la sociedad. Hacía tiempo que no ya luchábamos por nada, que no creíamos en nada. No estábamos dispuestos a vivir una vida que no era la nuestra. Allí, sentados en el banco, disfrutando del frío de la noche invernal, de su viento y de todas las inclemencias que el mundo pudiera tirarnos, nos sentíamos más libres, más acordes a lo que nos demandaba el espíritu, más en paz con nosotros mismos. Disfrutábamos pensando en las vidas que existían detrás de esas luces. Imaginábamos cuáles eran los motivos que impulsaban a cada una de las personas que vivían en esos pisos y oficinas para seguir haciendo lo que hacían, para seguir esforzándose. Ese era nuestro juego. Imaginábamos si el día les había ido bien o mal; si estaban pasando una buena racha, si por el contrario estaba siendo un mal año.  Había días en los que nos enterábamos de que esto o aquello había pasado, buenas y malas noticias. Quizás una guerra había comenzado, o un avión se había estrellado. Y los dos nos quedábamos quietos, observando, mirando las reacciones de la gente, de la ciudad. Nos encantaba ver los efectos de la economía en la gente. Ella creía que cuanto mejor iba la economía, menos amor existía en las calles. Decía que la pobreza y la humildad era lo único que acercaba a las persona;, que la gente sólo se podía conocer entre ellos cuando se pasaban malos momentos, que en las buenas hasta tu más acérrimo enemigo estaba a tu lado. Yo no lo tenía tan claro. Yo veía que la gente era más feliz cuando todo iba bien. Cuando se podía gastar sin pensar en lo que pudiera ocurrir mañana. No sabía explicarlo, pero había algo en todo eso, en el derroche que ambos observábamos en esas épocas, que me decía que la vida merecía ser vivida. Como si fuera un anuncio de Cocacola. Una vida para ser vivida, una buena nueva en forma de cheque, una sonrisa postiza y quizás verdadera. Ella decía que todo eso era mentira. Que no existía. Decía que era como afirmar que el mejor sexo que has tenido en tu vida ha sido pagando, pues te han hecho todo lo que has pedido, que eso no es verdad, que el amor es lo único que no se debería comprar.  A ella le encantaba todo lo que conllevara esas seis letras: verdad. Esas letras conformaban casi todo su universo, verdad. Yo repetía la palabra una vez detrás de otra, hasta que se convertía en un mero sonido, hasta que ya no significaba nada. Verdad, verdad, verdad, verdad, verdad. Ella se giraba y me pegaba y nos peleábamos junto a esas luces, junto a todas las historias que imaginábamos… Y después salía el sol, sólo eso jaja


La camiseta rosa

Recuerdo que era un día cualquiera de entre semana y me había levantado relativamente pronto para la época que estaba pasando. Fue una época un tanto oscura, un impas, un reset, un paseo cogido de la mano con el diablo, una temporada en el infierno. Como es normal, en esa época, parecía que los problemas me encontraban muy fácilmente. Por primera vez en la vida no era yo el que los buscaba a ellos, sino que eran ellos los que me encontraban. Como si la vida se hubiera puesto de mi parte y me hubiera comenzado a mandar todo aquello que durante tantos años creía querer.

Como iba diciendo, me había levantado temprano para ir a Barcelona en tren. Sólo llegar a la estación lo vi apoyado en una de las columnas que hay frente al bar. Allí de pie frente al mundo, fumándose un pitillo, con una barba canosa de tres días, una chaqueta tejana, barriga y esa camiseta.

-Joder –pensé- maldito cabrón. Mira que hay que tener huevos para llevar esa puta camiseta. Que ganas de tocar la moral. Y son las ocho de la mañana, vaya día me espera.

Nos miramos y yo me eché a reír, no me quedaba más remedio, para después darme la vuelta e ir a un banco en el que tocaba el sol y esperar el tren. Delante mío, en uno de los balcones de los edificios que hay delante de la estación, había una Senyera colgada de la barandilla. Hoy todo el mundo cuelga alguna cosa de su casa. Siempre me ha gustado imaginar como deben ser los encuentros en el ascensor de aquellos que ponen una Estelada con aquellos del mismo bloque que cuelgan orgullosos una bandera de España en el balcón. Eso sí, estos últimos siempre son los del ático, o un octavo, no los imagino  en un primero.

La cuestión es que estaba tan tranquilo sentado tomando el sol mientras venía el tren, cuando me di cuenta de que el individuo de la camiseta estaba al lado mio. Preferí no darle importancia. Preferí disfrutar del sol, del aire puro que hay en invierno, de la brisa, de los elementos que nos rodean, del tacto del metal del banco, de la piedra bajo mis pies, de cada uno de los instantes de los que se compone la existencia (esos segundos que desaparecen sin esfuerzos, inmensurables). Pero de repente el tipo chasqueó la lengua, algo le molestaba. Intenté no hacerle caso y escuchar los pájaros que cantaban alegres, quizás alguno estuviera buscando pareja, como yo, pensé, buscando una pájara que no lo estuviera mucho, buena, que tuviera una aleteo grácil y no le importara cómo estuviera mi nido. Una pájara de dulces colores y pico fino…

-Porque no llego –dijo el tipo de la camiseta- porque sino te juro que trepo y le prendo fuego con el mechero.

Yo me giré y vi que no había nadie más a mi alrededor. Me lo estaba diciendo a mi. Si, me lo decía a mi. El tipo de la camiseta, en un acto de supuesta camarería, se había acercado a donde yo estaba intentando hacer piña contra las legiones de nacionalistas que inundan las calles de Catalunya en estos días. Yo no salía de mi asombro. No le hice caso.

-¡Eh! Hay que tener huevos para poner esa bandera en el balcón –me dijo otra vez- ¿No crees? Me dan unas ganas de quemarla…

Hasta aquí hemos llegado, medité.

-¿Cómo? ¿Qué has dicho?

-Digo, que estoy hasta los cojones de las banderitas de mierda. Están por todas partes.

-Es su casa, pueden poner lo que le salga de los huevos –le respondí-.

Al contestar esto el tipo no entendió nada. Cómo, pareció pensar, ¿acaso no eres un falangista defensor de las libertades del hombre blanco ario español? ¿Acaso no crees que nuestro pueblo y nuestra nación centenaria, otrora imperio más grande que el planeta ha conocido, debe ser salvado de la hordas de nacionalistas que quizás nos arrebatan un trozo de nuestra amada tierra? ¿Acaso no eres del Madrid? No, le respondí yo con la mirada.

-Pues a mí me parece que son ganas de generar violencia. No hay ninguna necesidad…

-Mira –dije yo- no sé por qué coño has venido a mi lado a tocarme las pelotas. Tú vas con esa mierda de camiseta y nadie te dice nada.

-Mentira, la gente me mira mal por la calle cuando me la pongo.

-Pues no te la pongas… quémala. Es lo mejor que puedes hacer. Yo no me la pondría. Eso si que son ganas de que te metan una buena colleja. Y encima rosa… Tienes un grave problema.

El tipo me miró con ganas de matarme, pero no hizo nada. Estuvimos uno al lado del otro hasta que llegó el tren. Callados. Probándonos hasta donde podía llegar la cosa. El tipo me miraba de vez en cuando pensando cómo se podía haber equivocado tanto. Como podía ser que un grandote rapado y con cara de hijo de puta no fuera de los suyos.  El tren llegó, los dos subimos al tren, yo fui al piso de arriba, no se dónde mierda fue él. Nunca más lo he vuelto a ver.


“Low cost”

La idea era pasar unos días de vacaciones en la Toscana italiana. Los dos éramos estudiantes y el presupuesto no nos daba para grandes lujos por lo que las vacaciones se reducirían a diez días visitando las principales ciudades del norte de Italia.  Si tienen pensado ir al país transalpino, pueden ahorrase Milán. Allí no hay nada más que una iglesia y una galería en la que todo es absurdamente caro.

Como iba diciendo el presupuesto no daba para mucho y queríamos ver la mayor parte de lo que para mi es uno de los lugares más bellos del planeta (ya saben, esos viñedos y pueblecitos característicos, esa naturaleza que parece intacta desde los romanos, esas alegres gentes y su maravillosa comida -no es de extrañar que Dante escribiera el paraíso en sus tierras-). De modo que para ahorrar unas perras y alargar el viaje decidimos volar en una compañía low cost. El vuelo salía del aeropuerto de Girona aterrizando cerca de Pisa y el trayecto se realizaba en poco más de una hora. Beatriz estaba emocionada, pues le encanta visitar otros países, y no paraba de enseñarme todos los sitios que teníamos que ir a ver durante el viaje en una guía que había comprado para la ocasión. A mí, la verdad, me agobiaba pensar que tendríamos que ver todo lo que ella se había propuesto. Para mí los viajes son más una inmersión en el estilo de vida de las gentes y geografía que visitas y prefiero mezclarme con los locales en sus bares, cafeterías y restaurantes; hacer lo que la gente de esa tierra hace normalmente cuando se encuentra ociosa, pero si había que visitar este monumento o aquella iglesia para que mi amor estuviera contenta, no habría más remedio que hacerlo. Contándome todos los planes que tenía en su cabeza para cuando aterrizáramos en Firenze embarcamos en el avión y nos sentamos en nuestros respectivos asientos. A mi me había tocado el pasillo y ella estaba en medio de la hilera de cuatro que disponía el avión. Los pasajeros se iban sentando lentamente en sus respectivos asientos mientras yo me entretenía estudiando al personal. Era mediados de agosto, lo que hacía que el avión estuviera lleno de turistas con sus hijos además de un  “machambrat” de nacionalidades que veníamos, nos íbamos o continuábamos las vacaciones.

Una vez ya sentados, y con el avión encaminándose a despegar, ya había diseccionado parte del pasaje. A mi izquierda había dos parejas de italianos; ellos repeinados para atrás con gomina y gafas de sol puestas, ellas con el pelo impoluto, liso y brillante, todos morenos, todos con una extraña mueca en la cara y dándose aires de vips. Delante suyo un hombre de grandes dimensiones, un gordo en toda regla con la camisa sudada y poco pelo en la cabeza y en el que se adivinaba cierto temor a las alturas. Más allá, una entrañable pareja de ancianos italianos, el con su boina, ella con un bolso Louis Vuitton de imitación  –esto es algo que me dijo Beatriz-,  dedicándose a leer la prensa a la vez que ella lo espetaba a que se tomara la “dichosa píldora”. Delante nuestro no llegaba a ver quién había, pero se escuchaban unos niños pateando los asientos ante el hastío general -adivino que un exceso de azúcar recorría sus venas-. Un poco más allá más niños y familias y en medio de ellos la chica de rojo. Una de esas mujeres que uno ve sin querer verla. Una ninfa morena de suaves curvas y rasgos marmóreos, una amazona postmoderna, un ciclón, “una puta”, como solía decir Beatriz cada vez que se cruzaba alguna chica que le podía quitar algo de protagonismo. Y es que Bea tiene un problema. Bea es hermosa, inteligente, de mirada penetrante, una persona con los pies en la tierra y que lucha por lo que cree que merece pero, ante todo, es celosa, por lo menos lo era conmigo. Pero no celosa en plan que mona, es que la pobre me quiere mucho y no puede evitar tener miedo a perderme. No, no estamos hablando de esa clase de celos. Sus celos estaban diagnosticados y siempre se escudaba en ello cuando montaba cualquier numerito; hubo un día en el que comenzó a tirar piedras a las invitadas de un amigo en una fiesta que habíamos organizado ante los gritos y la mirada atónita de todos, pero supongo que eso ya es otra historia.

-¿Qué, te gusta? –preguntó ella al aire-.

-No sé de qué me hablas…

-No te hagas el tonto, sé que la has visto, todo el avión la ha visto…

En este tipo de situaciones siempre estaba vendido, contestara lo que contestara iba a haber lío pues lo único que buscaba Bea era pelearse, discutir por discutir, y la mujer de rojo era perfecta para sus propósitos.

-Me da igual, que sepas que sus tetas son falsas… Espero que le estallen por la presión.

-Bea, ni siquiera hemos despegado y ya la estás…

-Tranquilo –dijo ella condescendientemente- me portaré bien. No voy a hacer un numerito, el terapeuta me ha dicho que estoy haciendo grandes progresos…  Pero que sepas que la mayor parte de las veces la culpa la tienes tú. Si me estuvieras mirando a mi en vez de otear el horizonte en busca de no se qué, no tendríamos la mitad de problemas.

Despegamos. Pasaron algo así como unos veinte minutos. Según el piloto del avión las previsiones climatológicas eran favorables y todo presagiaba que tendríamos un placentero y tranquilo viaje. Miramos las nubes durante un tiempo, la costa, el mar y los plateados reflejos que el sol producía en la superficie. La gente hablaba produciendo un dulce rumor en el ambiente y de vez en cuando un hormigueo me subía por la barriga cuando desaparecía la fuerza de la gravedad. Firenze y  la cuna del Renacimiento nos esperaba. Eramos una pareja dichosa volando hacia una de las ciudades más bonitas que existen y la tierra seguía rodando y viajando a través del espacio. Calma y amor por la existencia bañaban mi cuerpo.

Brurrrum, brurrum, hubo un temblor. A Beatriz se le dibujó una sonrisa en la cara.

-No hagas un drama –dijo ella- sólo ha sido una leve turbulencia, nada más.

-No he dicho nada.

Ella se reía. La verdad es que siempre me había gustado viajar en avión hasta que tuve una mala experiencia cuando, atravesando el atlántico, hace ya muchos años, nos atrapó una terrible tormenta en medio del océano. Fue la primera y última vez que he rezado en mi vida.

El tipo de grandes dimensiones no lo estaba pasando precisamente bien. Desde que habíamos despegado tenía los ojos cerrados, como si fuera un  avestruz metiendo la cabeza en el hoyo, parecía que estuviera concentrándose en su lugar de calma, cerrando los ojos para negar la dura realidad: que su culo estaba a más de 10.000 metros y que cualquier accidente a esa altura acabaría con él y con todos nosotros. Verlo me producía algo de ansiedad por lo que pedí un whisky.

Brurrrrum, Brurrrrum. Me manché un poco la camisa, por lo que decidí terminarme la copa de un trago mientras una azafata corría hacia la cabina del piloto. Miré hacia delante y hacia los lados, afuera en el cielo, todo parecía ir bien. Las fuerzas de la física iban en nuestra contra. Los niños de más allá pegaron un grito de alegría. Bea me apretó la mano. Esta turbulencia ha sido fuerte. Pensé “no pasa nada, el avión es el transporte más seguro que existe, cada vez que coges el coche o la moto te la estás jugando, en cambio ahora estoy en el reino de los cielos, junto a Dios, dónde los ángeles llegan a tiempo y nada malo puede ocurrirnos. Por otro lado, no es plan que Bea me vea preocupado, si me entra un ataque de pánico se puede reír de mi durante los próximos diez días. Serenidad. Quizás otra copa”. A mi lado las parejas de italianos se callaron de golpe, ya no se escuchaba su característico canturreo al hablar. Los ancianos no se inmutaron. Eso es serenidad  -reflexioné-  no hay nada como estar a las puertas de la muerte para ver la vida con otra perspectiva.

Brurrum, brurrrum, brurrrum, brurrrrum. Se encendió la luz de abróchense los cinturones para después sonar la melodía que indicaba que el capitán tenía algo que decir. Con una voz monótona que no me tranquilizó lo más mínimo explicó:

-Estimados pasajeros. Durante los próximos minutos atravesaremos una zona de turbulencias. Todo está controlado.

Ante las buenas nuevas, comienzo a cagarme en el tipo que hace las predicciones climatológicas. Bea me coge la mano más fuerte. Ya no le hacía gracia. Los italianos son una tumba. Ellas miraban al suelo, mientras ellos cogían con fuerza el sillón delantero. El gordo parece concentrarse todavía más en su  rincón de calma, tiene los ojos cerrados cada vez con más fuerza y apreta las mandíbulas como si con todo ello pudiera abstraerse de dónde nos encontramos. Los niños comienzan a gritar:

-¡Yuhuuuuuuuuu! ¡Ueeeeeee!- nace un festival de aullidos de los diferentes niños que existían en el avión. Unos se animaban a otros, los padres no pueden con ellos, bastante tienen con vencer a sus miedos. Parecía que estuviéramos en el Dragon Kahn en vez de en un avión apunto de estrellarse. Pienso para mis adentros “no hay nada como ser un inconsciente. Me gustaría ser un niño y disfrutar de la experiencia. ¿Disfrutarían Nietszche, Rilke o Hess como lo están haciendo ellos?”  Brurrrum, brurrrrum, brurrrrrum, brurrrrum. Se abren algunos de los portaequipajes del avión. Las turbulencias siguen y son  cada vez  más fuertes. Bea no dice palabra… La abrazo e intento mantener la compostura, algo que hacía rato ya no podían hacer las parejas de italianos. Ellas lloraban a lágrima viva, mientras ellos no les hacían caso alguno. Pienso que quizás son sólo un rollete de verano. Algunas maletas corren libremente por el avión mientras la azafata llama a la calma. El piloto hace tiempo que no dice nada, lo cual me pone nervioso, pienso que debe tener muchísimo trabajo por lo que no puede ni siquiera informarnos de qué mierda está ocurriendo. Los ángeles y Dios no deben estar en esta parte del cielo. Definitivamente nos dirigimos al averno. Me pregunto dónde mierda escribió Dante el infierno. Bea entra en un trance dramático:

-No sé por qué coño nos teníamos que ir de viaje. ¡Con lo bien que estábamos en Barcelona! ¿Quién nos manda irnos a la Toscana? ¿Qué se nos ha perdido allí?-. Yo la miro a los ojos, la beso, y comienzo a reírme nerviosamente. Le digo que no se preocupe, que viajamos en el medio de transporte más seguro del mundo. Me pregunto a mi mismo si no puedes decir nada mejor que un topicazo. No, no puedes. Bea me mira desconsolada pero feliz de tenerme cerca. Me comenta por lo bajini que cómo puede ser que los chicos italianos no consuelen a sus mujeres las cuales hace rato han comenzado a rezar. Pienso en todo lo que no he hecho en mi vida, todo aquello que me he perdido. Todas las veces que no he follado pudiéndolo haberlo hecho, todas las veces que he estado de mal humor y me he quedado en casa en vez de salir y vivir el momento; pienso en el Barsa, en todas las victorias que me perderé, en Argentina que seguro gana un mundial justo cuando no esté;  me cago en haber trabajado todo lo que he trabajado a lo largo de mi vida. No ha sido mucho, pero hubiera preferido hacer otra cosa. Visualizo cada uno de los jefes que he tenido y todas las veces que me callé lo que pensaba. Eres una prostituta, pienso, todo el mundo se prostituye por conseguir más cosas y bienes, por vivir más experiencias, por poder viajar y viajar no sirve de nada, sino mírate ahora. Te queda un año de universidad, después ya serás un licenciado y tendrás que salir al mundo laboral de lleno. Decenas de años de prostitución te quedan por delante, decenas de broncas por reprimidas, seguro que pronto te quedas calvo, incluso te saldrá barriga  Quizás morir estrellado no sea tan malo. Se me pasa por la mente sacar la piedra de hachi que tengo en mi bolsillo, hacerme un canuto y hacer del avión un submarino, quizás así pueda calmarme un poco, quizás les vaya bien a los italianos e incluso a los niños que no paran de gritar y convertir toda esta tragedia en una mera farsa. Brurrrum, brurrrum… Brurrrum, Brurrrum.

Bea, en medio de todo, en medio de los gritos y el sufrimiento generalizado, me pregunta si realmente no me tiré a la chica con la que me pilló aquella vez en la discoteca. Le intento explicar que era sólo una amiga. No lo entiende. Se pone agresiva y me pone agresivo a mí. Me gustaría tener una pistola en la mano y volarme la tapa de los sesos. No se cómo, pero siempre terminaba por sacarme de mis casillas. Si por lo menos pudiera pegarle un tiro al gordo… Quizás si no estuviera él, ni los italianos, ni los niños, ni Bea. Si sólo estuviera yo y quizás la mujer de rojo. Si… Si sólo estuviera yo y la mujer de rojo aprovecharíamos y haríamos el amor una última vez antes de matarnos contra el mediterráneo. De repente me viene a la cabeza una frase de mi abuela “yo he sido mujer de un solo hombre”. Pobre abuela, con lo que le hubiera gustado follarse a todo el vecindario. Recuerdo cómo me explicaba cuando el abuelo la llevaba a ver a los jugadores de polo “esos hombres…”, como decía ella. No entiendo que le pasa a mi cabeza. Debe ser el whisky. Bea hace un rato que sigue erre que erre con que me he follé a mi amiga, después de un rato le digo que “ojalá lo hubiera hecho”, que por lo menos así tendría motivos de verdad para tocarme las pelotas en los últimos instantes de mi vida, de nuestra vida…  Ella me dice que ojalá se estrellé el avión, que le pueden dar mucho por culo a la Toscana y a Italia entera, que seguro que además está llena de putas como esa Mónica Bellucci que tanto me gusta…

De repente paran las turbulencias y suena la melodía que anuncia un mensaje del piloto:

-Queridos pasajeros las turbulencias ya han terminado.  En menos de veinte minutos aterrizaremos en Firenze, espero que hayan disfrutado del vuelo.

Disfrutado del vuelo… A Bea se le pasa el cabreo. Me mira, nos miramos y nos besamos como si fuera la primera vez, como si no hubiera mañana. Observamos el pasaje, la gente se rie nerviosamente, el gordo ha abierto los ojos, las italianas sonríen precavidas con lágrimas recorriéndoles  las mejillas. La pareja entrañable de viejos sigue igual que cuando habíamos despegado. No quiero saber qué ha pasado con la mujer de rojo, queda mucho viaje por delante. Toda nuestra vida esta por delante, dentro de un año saldré al mercado laboral, tenemos que disfrutar lo que queda de viaje… Sólo acababa de empezar.

Brurrrum… brurrrum… br…


Por un merecido descanso

Todos tenemos nuestros problemas, nadie puede decir lo contrario. Yo, por lo menos, estoy cansado de discutir con mis grandes amigos sobre que mierda estamos haciendo aquí. Con el tiempo he aprendido que nadie lo sabe. No lo sabemos. Pero no seamos hipócritas. Hace mucho tiempo que estamos cansados de que no haya una jodida respuesta. Estamos hartos. No me jodan. Nos levantamos, nos lavamos los dientes porque dicen que es lo más sensato, vamos a trabajar, criamos hijos que no sabemos realmente si queremos tenerlos pero, no porque no los amemos, no ¡por dios! Los amamos con toda nuestra alma. Solo que hay veces que sentimos, en lo más profundo de nuestro corazón, que no sabemos si les hemos hecho un favor o una gran putada. Como decía cada día nos levantamos y soportamos cada uno de nosotros nuestras pequeñas tragedias. Y de qué nos sirve, como dicen en catalán “tot plegat”. Un misterio… Hace tiempo que cada uno de nosotros estamos en este mundo, cada uno hace lo que cree que es necesario. Luchamos, amamos, nos peleamos con cada uno de los que se cruzan en nuestro camino para proteger a lo que se podría considerar “nuestro circulo”. ¿Y luego qué? La nada… Todos los actos que hemos llevado a cabo a lo largo de nuestra vida, ¿para qué? Todas nuestras emociones perdidas, nuestra pequeñas grandes tragedias perdidas en el devenir del universo… ¿Hacia donde vamos? ¿realmente somos todo lo que creemos ser? ¿Realmente todos nuestros esfuerzos merecen la pena? No se… esto son sólo unas pocas palabras. Una pequeña reflexión. Hay días, que se yo… Días que pasan uno detrás del otro, quizás nada más…


Dos momentos

Hoy me he despertado y he encontrado una nota en la nevera. La última nota de Beatriz. En ella, por resumir, explicaba cómo hace tiempo que venía pensando en dejarme pues la relación no daba para más, “no llega a ningún puerto ni, a estas alturas, quiero que llegue”. Al parecer se ha enamorado de otro, o eso dice la carta. Ella no quería hacerme daño, es lo último que busca con todo esto, pero creía necesario ser sincera y no mentirme más a la cara.

Al leer la nota no puedo decir que el mundo se viniera abajo. Algo en mi interior hace ya mucho tiempo que venía diciéndome que cualquier día me dejaría y debería salir adelante sin ella. Salir adelante sin ella. Cuando he terminado de leer la nota mi mente ha sido asaltada por dos momentos de mi vida. El primero, y por explicarlo en orden cronológico, como tanto le gusta a mi hermano contar las cosas –siempre ha sido un chico muy ordenado, todo lo contrario a mí-, fue un día en el que mi entrenador de natación apareció con un ojo morado. Al parecer se había peleado con no sé qué tipo porque le había robado a su chica, una jovencita con una larga y oscura melena, de ojos profundos y boca apetitosa que, siendo yo un niño, despertaba en todos los chicos del club lo que podríamos llamar los primeros indicios de “la llamada de la naturaleza”. La chica era conocida en nuestro pueblo como Pocahontas debido a su larga melena y su oscura piel. Ninguno de nosotros sabía su nombre, no creo que nunca llegáramos a saberlo, pero su imagen se daba un aire al dibujito animado de Disney que por aquél entonces estaba en cartelera y una cosa llevo a la otra y de ahí su apodo. Desde entonces nunca he vuelto a verla. Probablemente ahora estará casada y con hijos –como casi todos los de mi generación- en cualquier lugar del planeta disfrutando de lo que una chica como ella tiene, la tranquilidad de saber que siempre va a existir un hombre dispuesto a que le rompa el corazón. Emilio, nuestro entrenador, tenía la cara destrozada. Recuerdo cómo mientras calentaba para tirarme a nadar los cinco o seis km que recorríamos cada día en la piscina,  le contab la historia de la pelea a un amigo suyo. Lo explicaba como si en realidad no le importara nada de lo sucedido, cuando en realidad todos sabíamos que era exactamente lo contrario. A Emilio le habían roto el corazón. Esta mañana, al verme con la carta de Beatriz en la mano, he sido capaz de evocar su gesto preciso; una triste sonrisa, gamberra, casi insultante. La mueca propia de aquél al que la vida le importa un pimiento. Mientras, paralelamente a todo lo que se revolvía en su cuerpo, comentaba con aire despechado cómo ahora ya no era Pocahontas sino que desde entonces pasaría a ser putahontas (ya saben la crueldad existente en los pueblos), y volvía a reírse y a hacer aspavientos con su colega, el cual lo miraba con cara de incrédulo pues todos, incluso nosotros que todavía no entendíamos el significado de amar a alguien, sabíamos que a Emilio le habían roto el corazón.

Quién sabe por qué diantres Pocahontas dejó a Emilio. Probablemente era un plasta o un pesado, uno de esos tipos que andan todo el día temiendo la aparición de un hombre de verdad, un sujeto con todos los atributos deseados por una mujer y que este le robe a su chica pues, en el fondo, él no cree merecerla. O quizás fue ella la que se había portado mal y no merecía estar con un sujeto que, como han demostrado los años –Emilio ahora es padre de dos hijos y se ha casado con una mujer que, si bien no es tan atractiva como recuerdo era Pocahontas, parece ser una persona con los pies en la tierra y de buen corazón-, no es ningún hijo de puta. Probablemente el problema de todo el asunto fuera la edad. Todos cometemos tonterías cuando somos jóvenes. Todos nos equivocamos y hacemos daño sin pretenderlo a esas alturas de la vida pues estamos aprendiendo las reglas del juego y nos creemos capaces de comernos el mundo de una sola tacada sin que nos sople nadie. Pero eso es algo que sólo podrían decir el Emilio y la Pocahontas de ese tiempo. Me resulta difícil creer que ahora cualquiera de los dos pudiera decirnos los verdaderos motivos de todo aquello. Ya sé que es un tópico pero no hay mayor verdad que la ya casi desgastada frase: “el tiempo lo cura todo”. Habrá quién necesite más, habrá quién menos. Pero el tiempo es el único aliado que parecen tener los individuos cuando de corazones rotos se trata.

En cualquier caso, esta mañana al ver la nota pegada en la nevera con el imán que compramos juntos en Venecia, me ha venido a la cabeza la figura de Emilio pues fue él quien me dijo por primera vez una de esas molestas verdades que suelen cumplirse. Fue ese mismo día, con el ojo morado y esa risa burlona que no engañaba a nadie cuando lo comentó. No sé si yo le pregunté el motivo de la separación o si, simplemente, lo soltó como una justificación de por qué se había peleado. Pero recuerdo  cómo afirmó rotundamente que las parejas no se rompían sin más, que cuando esto sucedía, siempre había un tercero de por medio. A decir verdad no lo dijo así, sino de manera más explícita: “las putas no sueltan un rabo sin tener otro bien agarrado”. Lo recuerdo como si fuera ayer. Para mí eso era como si Pocahontas de repente se hubiera convertido en Tarzán y, por un momento, no pudiera seguir surcando la selva sin saltar de una liana a otra para llegar a su destino. Un rabo por otro. Todo con el fin de tirar para adelante, con el fin de poder llegar a buen puerto, de alcanzar la meta. Beatriz, como aquella tarde dijo Emilio, había soltado una liana para coger otra, fin de la historia. No la culpo. Todos hacemos lo que creemos mejor para nosotros sin importar quien se ponga en nuestro camino.

El segundo momento que ha revoloteado por mi cabeza al ver la nota, ha sido una conversación que tuve con mi profesor de Autoescuela. Debo mencionar que yo no me saqué el carnet de autoescuela en España, siempre me negué a ser partícipe de lo que creo uno de los mayores atracos existentes en este país, solamente equiparable a lo que sucede con las compañías de telefonía móvil. Por ello, en uno de los viajes que realicé a la tierra que me vio venir al mundo, es decir, Argentina, decidí sacarme la licencia de conducir allí. En Argentina la gente, entre otras muchas cosas que los diferencian de los españoles, suele hablar más, ser más violenta, más molesta, más cariñosa y rockanrolera y no sé por qué, pero es cierto que todo tiene un cáliz más intenso y no por ello significa que sea mejor o peor. Simplemente más intenso. El otro día hablábamos con un amigo que posiblemente sea la carne roja. Tan simple como eso: abundancia de carne roja recorriendo las venas de toda una nación.

Como buen argentino, mi profesor de autoescuela era una persona abierta demás de  jugador de rugby, grandote, de risa franca, abrazos largos y amante de la “joda”. Recuerdo cómo siempre que venía a casa y pitaba con la bocina del coche para que saliera y me subiera al auto, una sonrisa me asomaba al rostro. Es una de esas personas con las que es grato cruzarse cuando uno tiene un mal día. Una de esas personas simples, sin problemas, que relativizan todo lo que a uno le sucede y lo único que buscan es una dulce carcajada frente a una cerveza bien fría.  Pero Martín, a pesar de lo que puedan pensar muchos, no era ningún pelotudo. Si nunca han tenido la oportunidad de visitar Buenos Aires puedo asegurarles que, aparte de mujeres lindas, librerías infinitas, edificios propios de cualquier gran capital europea y buena comida, está plagado de estos. Pelotudos en todas partes, gente que lo sabe todo en cada esquina, mujeres que se creen divas, chorros, facturas, mucha, muchísima cocaína que hace que todo esté un poco más acelerado de lo normal y, sin embargo, todo te mima. Los parques, los árboles que rompen veredas,  la mugre que recorre sus calles, los taxistas expertos en política, las remeras de fútbol. Todo tiene algo, a pesar de lo violenta de la idiosincrasia porteña, que hace que el extranjero pronto sienta la ciudad como suya.

Martín tenía más o menos mi edad, lo cual era un poco raro pues se supone que a mi edad uno ya hace tiempo que maneja autos. Yo veía que no me lo preguntaba por pura educación, pero en su mirada había algo que no terminaba de entender cómo era posible que hubiese tardado tanto tiempo en sacarme la licencia de conducir. Todo quedó aclarado cuando le expliqué los precios existentes en España los cuales,  acordamos, eran un “afano”. Pronto, a lo largo de las diez clases que compartimos, nació una mutua confianza. Supongo que al verme de su edad, canalla como él, también ex jugador de rugby y sincero –hay días en los que me arrepiento de tener la lengua tan suelta, pero en general la gente agradece, por lo menos la buena gente, que uno vaya de frente y se muestre tal y como es-, hizo que se relajara y comenzáramos a hablar de temas más íntimos. Temas normalmente reservados a los amigos. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que los dos teníamos muchas cosas en común. A los dos nos gustaba cocinar, la tapita de asado antes que la tira, la cerveza, los culos antes que las tetas –es decir, no es que despreciáramos las tetas, nada más lejos de la verdad, pero, como decíamos, si uno debía escoger, preferíamos que nuestra chica tuviera un buen culo a unas tetas prominentes pues “las tetas son una superproducción de Hollywood, siempre están en cartelera, pero cuando encuentras una peli de autor corres al cine para verla”-.

Martin era el hermano pequeño del dueño de la autoescuela y enseñaba para darle una mano puesto que hacía poco, no más de un año, que habían abierto y de paso se ahorraba trabajar para alguien que no fuese de la familia. Por lo visto había tenido algún problema con anteriores jefes y trabajar para su hermano, “un buen tipo”, como lo definía él, no le suponía ningún esfuerzo. Nadie le rompía las bolas, además siempre terminaba por conocer a personas interesantes. Según Martín, gracias a su trabajo, se ahorraba ir al psicoanalista pues  la gente a la que enseñaba le mostraba cómo, al fin y al cabo, todos tenemos un montón de problemas con los que apenas sabemos lidiar. “Todos andamos un poco perdidos, ¿no es cierto?”, gritaba a la vez que me apremiaba a prestar atención a la carretera. La vida de Martín era simple: de lunes a viernes daba seis horas de clase, después llegaba a casa, le hacía la cena a su novia, garchaban siempre que ella estuviera de humor y de vez en cuando se iba de joda los fines de semana. Eso siempre y cuando no tuviera disponible la lancha para irse a pescar. Decía que las dos mejores cosas existentes en la vida son despertarse al lado de la mujer que amas y surcar en lancha a toda velocidad el río.

Lo importante de todo esto es que un día me comenzó a explicar su teoría de “el duelo”.  Para Martín había un momento en las relaciones con una mujer, en la cual ella ya hacía tiempo que había decidido abandonarte, pero sin embargo seguía estando a tu lado. “Ella ya sabe que te va a dejar, que la relación no da para más. Pero sigue durmiendo contigo cada día, sigue pidiéndote un beso de despedida cuando se separan cada mañana y que la abraces cuando tiene frío y, poco a poco, te quiere menos, poco a poco, se desliga de los lazos que los unen y han hecho que su relación fuera tan especial. Es algo que se nota. Los hombres no somos tan boludos como ellas creen. Quizás uno tiene la esperanza de que sólo sea un bache en la relación, de que pronto volverán a estar como antes y todo eseo pero no es así. Ella ya te sentenció, se nota; las discusiones entre ustedes son mucho más lights, las cogidas parecen ser un mero trámite, todo muy monótono y maquinal, apenas hay sexo oral y, cuando lo hay no te come las bolas como lo hacía antes. ¿Sabés de lo que te hablo? Las películas que van a ver al cine las elegís todas vos, no le importa que dejes la tapa del inodoro levantada, casi no te mira a los ojos etc… Es el duelo, ellas están haciendo el duelo y, después de unos meses en los que te mira con cierta pena, como esperando algún tipo de reacción por tú parte, te deja y al cabo de una semana te la cruzás con otro chabón feliz de la vida, mostrando esa sonrisa que te volvió loco al conocerla. ¿Y qué tenés  vos? Un año de sufrimiento por delante, un año de dormir mal, de imaginarte cada una de las veces que cogieron, de mirar cada una de las fotos que colgó en Facebook, de extrañar su olor, de incluso llegar a olerla por la calle, de verle parecido con cada una de las actrices de tv. El duelo chabón,  la hija de puta hizo el duelo a tu lado y vos apenas te diste cuenta. Mientras vos como un pelotudo creés que lo dejaron el último día que se vieron, ella hace tiempo que lo hizo. ¡El duelo chabón! ¡El duelo! Todo el mundo lo sabe, y nadie lo quiere creer, pero es la verdad. ¡A mí esa no me la hacen más!”


Algo había ocurrido

Cuando terminaron Laura se levantó de la cama y se fue al lavabo, Max se quedó estirado disfrutando de su perfume pegado en las sábanas mientras escuchaba, de fondo, los ruidos que realizaba ella. Hacía mucho tiempo que los dos deseaban lo que acababa de ocurrir y sin embargo, después de todo el trajín y la pasión del momento, ahora que ya todo se había terminado y más pronto que tarde deberían volver a la monotonía de sus vidas, un aire a tragedia griega planeaba en la habitación de hotel.

Se habían encontrado por la mañana. Max había cogido sin esperanzas una vez más la calle por la que sabía que Laura iba al trabajo. Hacía ya varios años que lo hacía y nunca se habían cruzado. Sólo había pasado una vez, una tarde de verano en la que Max salía de comprarse un libro en una famosa librería de la ciudad después del trabajo. Salió de la librería y allí estaba ella, como si no hubiera pasado el tiempo, sonriéndole como nunca lo había hecho, como si el hecho de encontrarse fuera un milagro. Durante unos segundos, mientras se cruzaban, se tocaron con la mirada intentando saber cómo estaba el otro, descifrando si se echaban de menos, si había sido una buena decisión dejar de discutir y pasar página. Max le devolvió la sonrisa y eso fue todo. Pasaron varios años y nunca se volvieron a cruzar. Había días en los que esto era por extrañas casualidades: Max perdía el tren o se olvidaba algo en casa; Laura pinchaba una rueda de su moto o le cancelaban una cita en el último momento. Todo hechos que si hubieran sucedido de otra forma, habrían dado como resultado su reencuentro.

Existían ocasiones en las que uno u otro ya no soportaban más seguir con el pacto de silencio, y uno u otro llamaba y se pasaban hablando horas por teléfono contándose sus pequeños triunfos y tragedias, sus alegrías y penas, pero nunca se decidían a quedar. Pensaban que debía ser algo fortuito dejando en manos del destino -o lo que quiera que rija el mundo- tal encuentro. Laura había visto decenas de veces a chicos que se parecían a Max de espaldas y se apresuraba, caminando más rápido para verles las caras pero nunca eran Max. Sin embargo, aquella mañana lo vio delante suyo al aparcar la moto. El tiempo no lo había tratado bien. Estaba gastado, ciertas arrugas recorrían su cara y un aire de perdedor se había apoderado de su otrora orgulloso rostro. Pero seguía siendo Max, aquél por el que tantas veces se había vuelto loca y desafiado los límites de la conducta humana. De modo que se bajó de la moto, se sacó el casco y le gritó:

-¡Eh! ¡Guapo!- Max al principio no se giró pues iba inmerso en sus pensamientos pero una señora con una sonrisa y un paraguas en la mano le señaló algo detrás suyo. Allí estaba ella.

A Laura se le acumulaban las emociones mientras se miraba en el espejo. Se preguntaba si había hecho bien, si dejarse llevar por la pasión y por ese amor irracional que sentía hacia Max era lo conveniente. Sabía que toda su vida pendía de un hilo. Maldecía a Max por haberse estancado, por no seguirla y crear un futuro juntos, por no avanzar en su carrera, por hacerla sentir tan bien cada vez que sus dos cuerpos se tocaban, por besarla de aquella manera y avanzarse en sus deseos. Laura estaba hecha un trapo. No sabía de donde iba a sacar las fuerzas para enfrentarse al mundo, de nuevo, sin él al lado, sin sus absurdas bromas y decenas de principios que nunca lo llevaban a nada. Se secó las lágrimas de rabia que recorrían sus mejillas. Max comenzó a gritar, algo había ocurrido.