LA ÚLTIMA GRAN OBRA DE ARTE

Bailando sobre el barro, chapoteando y ensuciándose entera, agitando su cabeza, saltando… Laura estaba entrando en un estado que hizo parar el tiempo a su alrededor. Su baile, la energía que desprendía, había trascendido la mera danza convirtiéndose en un acto rebelde. Todos los que estuvimos allí lo sentimos. Laura se estaba revelando. Los motivos se encontraban guardados en una caja de oro dentro de su pecho. Recuerdo cómo nos quedamos sentados observándola, mirando y disfrutando cada uno de sus movimientos, dejándonos llevar por la poesía de tan poderosa imagen, mientras el DJ pinchaba la mejor sesión del Festival, quizás la mejor nunca oída. No fuimos muchos los que la vimos. Laura, una rubia delgada que era más bien poquita cosa, con el pelo a lo Kurt Cobain y ojos negros chapoteando en el barro, al ritmo de un tecno enfurecido. Ojala todas las sesiones fueran como esa: sinceras, animales, directas al corazón del bit ayudándote a soltar toda la mierda que llevas dentro a través de ese ritmo enfurecido. Como Laura con su baile, como Laura con su pequeña revolución. Recuerdo a ciertos personajes moviéndose a su alrededor dentro de una distancia más que prudencial; recuerdo a drogados, serenos, a críticos musicales, a borrachos; recuerdo a coolhunters tirarse de los pelos, a secretas, a hipsters… Todos percibían que aquello era algo especial; una obra de arte en movimiento, una obra viva que se extinguía en cada uno de los segundos que sucedían, una epifanía manifestada. La gente preguntaba quién era, de quién se trataba. Si era alguna famosilla local del underground barcelonés; quizás una musa del tecno. Nadie imaginaba que era una simple cajera del Ersoski. Pero Laura de simple no tenía nada. Era un ángel libre, una emoción condensada, atrapada, moldeada en carne. Y Laura seguía bailando sin complejos, olvidándose de los demás, centrándose en aquello que nos estaba regalando y que nadie quería ver terminar.

La vida debería componerse de más momentos como ese. Momentos sublimes, mágicos, verdaderos; momentos que te despiertan con una gran bofetada y te hacen pensar: ¿hasta cuando malgastaremos nuestro tiempo? Los asistentes a esta maravilla andante, nos mirábamos y sonreíamos. Lágrimas de dicha, de alegría y amor invadían nuestras mejillas mientras Laura seguía chapoteando en el barro con ese baile enfurecido que participaba de fuerzas apenas comprensible, pero que intuíamos poderosas, valientes, decisivas. Todos los que estábamos allí lo sabíamos. Laura podría estar creando la mejor obra de arte de nuestro joven siglo. Sus brazos subían y bajaban violentamente al ritmo del bombo, su caderas caían y se retorcían, sus pies iban dibujando figuras alrededor de su silueta. Laura estaba expresando el sentimiento de una generación. Esa imagen era <<el mandalo todo a la mierda>>; era el <<yo soy una persona de buen corazón>>, <<era el qué sentido tiene tanta individualidad, tanto ego por doquier>>; <<era el no entiendo por qué existen reglas tan crueles en el universo; el por qué perderé a mis amigos tarde o temprano y ya no podré compartir más mi vida con ellos>> Todo ello era demasiado como para no rebelarse y Laura hacía tiempo que ya no daba más. La vida, la vida nos sobrepasa, nos lleva por callejones que apenas somos capaces de alumbrar con ciertos sentidos o explicaciones. Estamos muy perdidos y Laura y nosotros y el DJ y los hipsters y el filósofo lo estábamos comenzando a entender, por lo que nos quedamos una hora mirándola y deseando que eso mismo pudiera ser el cielo. Tecno enfurecido con emociones de verdadera poesía, de hermandad y amor fraterno. Esto podía ser el cielo o el infierno, todo dependía de nosotros, sólo había que ponerle algo de amor.

Después Laura caería al suelo agotada, embadurnada de barro por todas partes y pedía no perdernos; pedía ser la primera en desaparecer pues no aguantaría una vida sin nosotros. Para ella lo éramos todo. Entre lágrimas y sonrisas, jadeos, ojos negros profundos y geométricos me confesó que estaba harta de la vida, que ella no estaba hecha para esto; que no volvería al hipermercado y que si tenía que morir de hambre lo haría, pero que había entendido que era una ser libre y no iba a jugar el juego que algunos diablillos habían creado. Y se le iluminó la cara y sus pupilas me atravesaron el alma y se calló y todos sabíamos que se había terminado pero Laura siempre quedaría en nuestros corazones. Laura sería la primera y última gran obra de nuestra generación. Un mito, una nueva estrella, un rayo de luz en nuestra vida.

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