PONELE ONDA

La noche había sido larga y Tom estaba sin dormir. Las imágenes de todo lo ocurrido le venían a la cabeza. Se arremolinaba en la cama, pero no había manera, el sueño no terminaba de llegar. Se levantó consciente de lo que conllevaba dejar el confortable colchón. Se dio una ducha para ver si esos pensamientos autodestructivos huían de su cabeza y se sentó con el torso desnudo en la mesa de la cocina. No había explicación lógica para que Tom se sintiera tan vacío y, sin embargo, deseaba que todo terminara de una vez por todas. Encendió un pitillo, pensó en todas las personas amadas y decidió ir a comprar unas cervezas. Quizás el alcohol pudiera mitigar un poco todas esas sensaciones que correteaban por su cuerpo. Se quitó la toalla se miró en el espejo y, después de un breve instante en el que se analizó de arriba abajo, comenzó a vestirse lentamente. Agarró los calzoncillos, los miró, se los puso y seguidamente se calzo las ojotas. Se volvió a mirar en el espejo y se dijo a si mismo que así no podía salir a la calle. El hecho de que el kiosko estuviera a escaso cincuenta metros de la puerta de su casa no era escusa para ir en pelotas por la calle. Menos si tenemos en cuenta que era invierno. Un domingo aburrido de invierno y Tom con resaca y ganas de decir basta. De modo que se vistió con un pulover y un chandal y cerró la puerta de su casa sin dar vuelta a la llave mientras su perro lo miraba con las misma cara bondadosa de siempre. A Tom no le produjo nada. Al salir a la calle la luminosidad existente le molestó a la vez que se sorprendió de l color que teñía la realidad. Pensó que parecía un sueño. Quizás estuviera durmiendo y todo no fuera más que una maldita pesadilla. Agarró otro cigarro, lo encendió y caminó dirección al kiosko. Al girar la primera esquina percibió que alguien ya esperaba su turno para comprar. Y después cayó en que era ella. No recordaba su nombre, pero la había visto varías veces en el pub del pueblo. Una chica menuda, morena, de ojos que no alcanzaba a catalogar de qué color eran y, al acercarse, pensó que de día era incluso más bella.

  • ¿Cómo va?- dijo Tom sin demasiadas ganas-.

  • Bien…

  • ¿Qué haces despierta tan temprano?

  • Nunca me fui a dormir, después del trabajo me quedé tomando unos mates y aquí estoy.

  • ¿No has dormido?

  • No -reiteró con una sonrisa de complicidad en su rostro-.

  • Ya somos dos.

  • ¿Que tal tu abuela?

  • Bien… ¿No tienes frío?

  • Si, la verdad es que hace un poco de fresca.

Tom sonrió y ella también. Había cierta candidez en el ambiente mientras el tipo del mostrador despachaba a un cliente.

  • ¿Donde vives? -preguntó Tom-.

  • En ese portal -y la chica señaló dos portales más allá-. Mi patio da al tuyo, creo que mi gato visita tu parcela de vez en cuando.

  • !Ah¡ ¿El blanco?

  • Si… Kitty.

  • Tu gato siempre se queda mirando a mi perro desde el tejado, parece mofarse de él…

  • Si, así es. Kitty tiene un ego muy grande…

  • Si, supongo que tienes razón. ¿Cómo fue ayer en el bar?

  • Bien, vino a tocar una banda. ¿Tu saliste?

  • Si…

Hubo un extraño silencio.

  • Y ¿qué tal? -preguntó ella refiriéndose a la vida en general-.

  • Bien, bueno, en realidad no tengo un buen día, ya sabes…
  • Si… – y la chica pareció comprender todo-. Ponele onda… – y lo miró tiernamente, como imaginando lo que estaba pasando-.

El vendedor terminó de atender al cliente que había delante de ellos. Tom hizo un gesto como cediéndole el turno a la chica y la chica gesticuló como queriendo decir que no, que le tocaba a él. Tom no terminaba de entender.

  • Te presento a mi novio, Adrián

  • Encantado de conocerte Adrián -dijo Tom-.

  • Lo mismo digo -y los tres se miraron entre ellos- ¿Qué va a ser?

  • Una caja de cerveza

  • ¿Cerveza para desayunar? -preguntó ella-.

Tom no dijo nada, sólo le miró fijamente a los ojos. Después Adrián llegó con el paquete,  Tom agarró las cervezas, las pagó, le dio un beso a la chica y se fue por donde había venido.

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