TANIA… Y MELU

La noche había terminado, no había vuelta atrás, estábamos fuera y por mucho que lo intentáramos jamás volveríamos a entrar. Vetado, cerrado, reservado el derecho de admisión. Cosa rara, primero nos habían admitido y ahora nos echaban. Mejor dicho, nos habían invitado a salir pacíficamente con la amenaza implícita de violencia desmedida sino acatábamos la decisión.

Tania estaba en el suelo, ebria, transpirada por el ajetreo del baile y con un humor de mil demonios. Sus shorts y su camiseta de tirantes que ocultaba sensualmente el contorno de sus caderas, resaltaban hermosamente contra su piel morena y contra las perlas de sudor que recorrían todo su cuerpo. Yo estaba igual, todo había surtido efecto. Quizás debido a ello nos echaron. Supongo que en Mallorca, a finales de Septiembre -cuando las hordas de hooligans han vuelto a poblar Oxford Street, Liverpool Sreet o Camden, embutidos en sus trajes de mil euros dejando un remanso de paz que durara hasta el siguiente verano- no es muy normal ver a un grupo de exaltados bailando la basura que pinchaba el “de jota” Pero el problema no fue ese. Tania, una morenita dulce, de melosa voz y energía volcánica, se había enfadado con Melu. Los “jagger bombs” habían surtido efecto, mucho efecto… después existieron dedos azucarados que prometían nuevas aventuras. Pero Tania la tenía con Melu. Yo no entendía nada. De repente, sin apenas conocer a las dos mujeres, me había visto envuelto en todo ese embrollo. Jack, el californiano, no había querido saber nada de todo esto. Él prefirió quedarse con su guitarra y la compañía de Toto y Lua, los perros de la finca en la que parábamos, a luz de las estrellas y los trigales.

Melu, con cierto rintintín y un aire de una victoria que apenas llegaba a entender, nos sonreía a través de los cristales que nos separaban de ella. Melu bailando, rodeada de desconocidos, mareada por los jaggers y las luces que daban vuelta a su cabeza, mientras, fuera en la calle, Tania no paraba de putearla mientras pateba todo lo que encontraba. <<¡Por es perra! ¡No se da cuenta!¡Esa perra va a joderle la vida!>> Y me miraba con sus enormes, desorbitados y hermosamente negros ojos. <<¿Tu me entiendes?>> Yo no sabía que responder, pero continuamente, -su actitud, la actitud de Tania, esa furia incontrolable y alocada, esa vitalidad y ganas de batalla-  me recordaba a Brian. Brian era igual. A veces no tenía razón y terminaba con todo. La verdad es que Brian muchas veces me tocaba las pelotas, pero era mi amigo, mi hermano, esa persona a la que le soportas todo y por la que te partirás la cara si hace falta. Supongo que algo así era lo que sucedía entre Tania y Melu. Tania argüía que lo único que hacía era preocuparse por ella, algo que no se me ocurriría negar nunca, se podía ver en su cara. Pero ver que Melu no le hacía caso. Saber que ella seguiría <<con esa yonkie que le podía joder la vida>> le hacía hervir la sangre. Quizás por eso la había cogido del pelo y la había empujado contra una mesa llena de bebidas alcohólicas que cayeron al suelo y se rompieron y alteraron la relativa paz del local. Eso era amor fraternal. Amor de amiga en una noche de septiembre en medio de no se que pueblo de Mallorca. A lo lejos se podía ver la luna darse una baño nocturno en el Mediterráneo y la brisa mecer las hojas de las palmeras del paseo marítimo. Al otro lado, Tania y yo sentados fumando un cigarrillo delirando sobre el significado de la amistad, sobre si hay veces que lo mejor es dejar que cada uno cometa sus errores. La cuestión era el temor que desprendían los ojos de Tania. Tania tenía miedo de perderla, de que  Melu hiciera una locura y se metiera en los mundos de su amante. De modo que apagó el cigarrilo, miró al frente, se puso de pie y se encaminó hacía la puerta con sus botas de cuero y paso firme. Dentro, tras el cristal, tras los seguratas y un mar de dudas, la esperaba Melu inconsciente, ebria, con una sonrisa y sin sospechar lo que se le venía encima…

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