MIÉRCOLES DE CARNAVAL

No eramos más de ocho personas y Alejandro yacía en el ataúd, en una especie de altar que había en el interior de la morgue. Ninguno de los dos se atrevió a subir y mirarle al rostro. Nos quedamos sentados en los bancos junto a Sofía, la madre de Carlos, que había sido la que nos avisó de la triste noticia. Alejandro se había ido, ya no estaría más con nosotros. Había dejado tras él una ex mujer quebrada por su perdida y su viva imagen plasmada en el rostro de su hija. Recuerdo como escuchamos uno a uno los asistentes que fueron subiendo al atril que estaba situado frente al ataúd. Sus palabras sonaban vacías, sin sentido. Lo único que tenía sentido de todo lo que estaba ocurriendo en esa diminuta sala situada a las afueras del pueblo, era la entereza que demostraba su hija. La hija de Alejandro estaba pasando el peor momento de su vida, pero no lloraba. Estaba rota, abierta en canal emocionalmente hablando y con el estómago cerrado, pero no lloraba. Miraba a cada uno de los que subieron al atril y agradecía con los ojos. A su lado, su madre, era un mar de lágrimas. Pensé en lo raro que era ver a una ex mujer llorando de esa forma. Alejandro había sido un desastre. Había dejado que sus múltiples adicciones terminaran con lo único sagrado de su vida. Y, sin embargo, en ese momento, en ese miércoles de carnaval por la mañana ¿a quién de los que estábamos allí le importaba el desastre que había sido? Ya no estaba, eso era lo único que importaba. Los errores cometidos a lo largo de su vida ya no contaban. Era Alejandro, una expresión casi única, una concreción irreemplazable dentro de nuestro pequeño universo. Ya no estaba, ya se había ido y nos había dejado a nosotros los asuntos de este mundo. Ya no lo vería nunca más en la terraza del Rock’s apestando a alcohol, con su cara roja y su barba de una semana. Y ya no me pediría que hiciéramos una copa pues hacía mucho tiempo que no me veía; y yo ya no podría rechazarlo por mis miedos a terminar como él, diciendo que tenia cosas que hacer, que no podía, que me esperaba Maria en casa y todo eso. Tampoco escucharía más esa risa que hacía temblar toda sala en la que estuviera, ni recordaría con él sus años mozos, esos años en los que grababa vídeos caseros con su mujer, o en los que había perdido un pedazo de antebrazo en la mili. Las partidas de ajedrez a altas horas de la mañana estando los dos ebrios y dibujando las últimas lineas que teníamos eran ya una quimera. Y, bueno, ya no me podría decir que cuidara a Maria, que ella me quería, que no fuera imbécil, que el amor de una mujer como ella valía mucho. Ya no. Después de hablar los que tuvieron ganas de hablar, o la entereza para hacerlo, se levantó Dani de mi lado. Recuerdo las ganas que tenía de decir algo, de dejar mi impronta en esa pequeña, triste y humilde ceremonia, pero fue Dani el que se levantó, subió al atril y dijo que Alejandro había sido la persona que le enseñó a jugar al billar de “verdad”. El billar “de verdad” fue lo único que hizo sonreír a la ex mujer de Alejandro. Esa tontería nos dio un instante de él, un chispazo que lo trajo de nuevo y que compartió con todos nosotros. Después Dani dijo algo así como que siempre tenía una sonrisa y que, de alguna forma, Alejandro siempre te alegraba el día. No importaba la basura que hubieras experimentado a lo largo de tu jornada. Cuando llegabas al bar y lo veías sabías que ese era tu momento. Así era Alejandro. Pero todavía faltaba algo. Después de hablar Dani existió un momento en el que se preguntó a los asistentes si alguien más quería decir algo. Silencio. Nadie miraba a nadie, que es lo contrario que suele ocurrir en estos casos, todos callados, mirando el ataúd, protegidos por la inerte madera. Fue entonces cuando la ex suegra de Alejandro intentó levantarse. La mujer tendría unos setenta y muchos y a penas podía caminar. Pero durante unos interminables diez segundos ella hizo todo lo posible por ponerse en pie. No lo consiguió, no pudo decir nada, de su boca no salieron más que jadeos de un esfuerzo sincero y fracasado, pero todos lo entendimos. Segundos después salimos y el cura dijo que quien quisiera podía ir al entierro propiamente dicho, que lo enterrarían en unos diez minutos. Sofía, la madre de Carlos, nos dijo que lo enterrarían en un lugar provisional y que después lo meterían en una fosa común pues la familia no tenía suficiente dinero para enterrarlo allí. Todo ello me revolvió un poco el estómago. La resaca estaba atacando de nuevo. Decidimos salir de allí lo antes posible e ir a tomar unas pintas. En el parking nos encontramos a Manu, que como siempre llegaba tarde, con el coche de la novia que teoricamente había dejado porque era una yonkie. Me miró, me abrazo y dijo <<LA VIDA>>. Pues eso, la vida… Hasta pronto…

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