SANGRE

Matias se había cortado. No era un corte cualquiera. Desde la distancia se apreciaba que sería algo que le acompañaría durante el resto de su días. Sería una señal, un estigma de lo que había sucedido. El liquido corría libremente. Era una fuga, algo más que una simple gotera. El cuerpo tendría que emplearse a fondo para reparar tamaño estropicio. Yo lo veía y no era capaz de actuar. Su cara, sus ojos. Oro líquido corriendo sin freno. Vida que huía del cuerpo sin remedio inmediato. Plaquetas cayendo en la tierra, glóbulos aventurándose en un medio desconocido, hostil, casi trágico. Y sin embargo había cierta belleza en todo eso. Sangre. ¿Qué hay más valioso que eso? Elixir de vida. ¡Vida! ¡Vida! Aquello que nos permite tener todo. Sin ella no somos nada y Matías sin entender, buscando una explicación. Pero no la había. Yo me encontraba mirando todo lo que sucedía, paralizado por ser incapaz de ofrecer consuelo alguno, ayuda, quizás cierto amor. Un instante, un tiempo que no era tiempo tiempo sino algo eterno, algo que quedaría grabado el resto de mis días, algo que llevaría conmigo al inicio de todas las cosas. Y de pronto entendí todo lo que había sucedido a lo largo de la eternidad. ¡Sangre! Líquido divino que recorre nuestro cuerpo. Nunca pensamos en lo que sucede a lo largo de nuestro cuerpo, los viajes y aventuras que suceden sin darnos cuenta, sin darle importancia. Sin embargo, cuando se fuga de nuestro interior, todo lo otro queda en un segundo plano. ¿Cuanta sangre ha corrido desde el inicio de los tiempos? ¿Cuantas aventuras, descubrimientos, ideas, metáforas, sonrisas y lamentos ha propiciado? ¿Cuanta sangre ha sido vertida en vano? ¿Cuanta seguirá desperdiciándose en los tiempo futuros? Matias lo sabía. Comprendía que todo es finito, que no somos más que un débil y leve espejismo, una sombra de existencia. En ese momento Matías sabía que no éramos nada, que la vida se nos escapa, que en realidad no somos más que un viaje del que no somos conscientes, que somos muy ignorantes y tenemos mucho que aprender. Y corrí y le agarré la herida, la presioné en un acto instintivo, animal y sabio. Y le dolía. Y no quería llorar, no quería mostrarse débil, humano, fugaz. Se empecinaba en creerse que era algo más pero poco a poco lo fue comprendiendo. Sangre y nada más.

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