POLVO DE ESTRELLAS

Como iba diciendo el Patagonia tenía una conexión aceptable además muchos de los travellers que conocimos en Calafate se alojaban allí. Existe una especie de ruta en Sudamerica. Europeos y norteamericanos llegan a Ushuaia y, desde allí, comienzan a subir hasta Misiones, Perú, Bolivia, Colombia, Venezuela, etc, etc. De modo que es usual ir encontrándote a la misma gente todo el tiempo. En los colectivos, en los hipermercados, en las calles y baños de los hostels siempre ves una cara conocida y bueno, acabas relacionándote con gente de todo el mundo. En estas últimas semanas he conocido a mucha gente. Individuos hartos de su trabajo que no querían saber nada de ascensos o promociones, personas que priorizan conocer el planeta en el que viven, aprender de otras culturas y regiones e ir creciendo espiritualmente. No hay duda de que se está produciendo un cambio en las mentalidades de nuestra generación y de las generaciones futuras. La crisis, la inestabilidad laboral, la imposibilidad de tener un hijo o de tenerlo con garantías y saber que lo vas a poder criar como merece; la contaminación y el calentamiento global; los aires de guerra y la sensación de que en cualquier momento puede existir un tarado de que provoqué la Tercera Masacre Mundial. Todo ello ha provocado que surja un grupo de desencantados que se lanzan a las carreteras y pueblos de continentes desconocidos antes de que todo se vaya todo al “garete”. La historia se repite. En los años cuarenta, después de la Segunda Guerra Mundial, y en los cincuenta y, por supuesto en los sesenta, nacieron un grupo de hombres y mujeres que hartos de tanto apocalipsis se lanzaron a la conquista de la carreteras norteamericanas. La vida ya no era tener una familia, un trabajo estable, una casa con jardín y el perro que traiga el periódico. La vida se había convertido en algo más. La vida era beber y fumar “mota”, perderse por la ruta sesenta y seis y lanzarse a lo desconocido; la vida era dormir bajo las estrellas, mirar arco iris y montañas que hacía siglos que estaban allí La vida era sangrar por cada poro de tu piel, sangrar elixir divino, hacer ver que algo recorre tu cuerpo y moverse al ritmo del Jazz o del Rock & Roll. Así nacían los beatniks, los verdaderos hipsters (y no esa odiosa calaña que pueblan las ciudades occidentales) que hartos de la seguridad y la monotonía y esquizofrenia que ofrecía la sociedad square optaron por el Tao. Optaron por hacer de su vida un camino y lo materializaron recorriendo cada km de asfalto de su tierra. Ahora percibo algo similar. Quizás se haya perdido la mística de esos pioneros de la carretera, sin duda la música ha empeorado y no existen los Burroughs, Kerouacks, Ginsbergs o Kesseys de turno y, bueno, aceptemos que no es lo mismo viajar con dos dólares de la época, pullovers de lana y un paquete de tabaco en el bolsillo que ir calzado con Gore Tex, GPS en el celu y tarjeta de crédito “por si las moscas”. Digamos que el traveller se ha aburguesado, que ahora en vez de las carreteras de norteamerica son las del mundo y que en cualquier momento puedes estar en contacto con tus seres queridos. No todo el posmodernismo es malo. Pero las razones que impulsan a a este grupo son las mismas que llevaron a los verdaderos hipsters a echarse a la carretera. Como diría Ginsberg :

“He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura” de los mercados, almas puras que en busca de un poco de libertad se matan con altas dosis de cocaína y MDMA en salas poco iluminadas al ritmo de un tecno enfurecido; he visto al bombo ser el rey y a seres esqueléticos y ojerosos perdiéndose entre la muchedumbre en busca de otra dosis. “He visto a las mejores mentes de mi generación” aplastadas por la violencia de estados al servicio de unos pocos mientras parlamentarios y políticos ríen en sus asambleas con trajes de Armani al tiempo que “su pueblo” cae muerto de hambre o es arrojado de su casa por no pagar la plusvalía. “He visto como las mejores mentes de mi generación” caen en depresiones, he visto lágrimas después de telediarios, llantos y cabezazos contra la pared, peleas sin razón por las calles de nuestro planeta mientras las estrellas eran borradas del firmamento y los árboles eran poco más que adornos. “He visto las mejores mentes de mi generación” anhelando encontrar el verdadero amor humano, seres perdidos en un vorágine de sexo sin sentido, donde las notas del amor se pierden en un mero acto físico, casi deportivo, y donde los individuos siguen sintiéndose vacíos. He visto a la risa enlatada, he visto al punk como un producto, al hielo fundirse y a los océanos tornarse negros. Pero todavía hay esperanza.

Hay esperanza, todavía hay esperanza. Es algo que pude percibir en el Chaltén. Allí estábamos nosotros, un grupo heterogéneo de urbanitas. Urbanitas frotándose los ojos, urbanitas que no podían creer que todo este tiempo nos hubiéramos perdido tamaña creación. Theo y yo lo íbamos teniendo claro. En estos parajes Dios no puede morir. El nihilismo, la muerte de Dios y todo este tipo de pensamiento o filosofía nace en la ciudad. Aquí no hay cabida para el nihilismo, ni para aquellos que antes de empezar ya han sido derrotados. Aquí las gotas crean ríos, las hojas bosques y las piedras montañas. Cada pequeña partícula del entorno crea el todo y el Todo se funde con uno. Hay esperanza por que vi a un grupo heterogéneo de urbanitas frotándose los ojos ante la creación de la naturaleza, de los glaciares. Todavía hay esperanza. Aquí los pensamientos sólo van en una dirección, el Todo, el “¿cómo es posible?”. Las emociones surgen y nos devuelven al punto de partida, los pensamientos quedan en un segundo plano. Aquí no hay “tékne”. Sólo el arjé parece importar. Hay esperanza porque vi a un grupo de urbanitas darse cuenta que son parte del todo, cada uno de nosotros percibía que Cocacola, Nike y Apple nos han mentido. Lo siento, no somos meros compradores-productores. Somos seres humanos. ¡Seres humanos carajo! Nuestros ancestros son las estrellas, (¡somos polvo de estrellas!) por eso nos quedamos maravillados ante su presencia, somos hijos del viento y el agua, de la roca y el fuego, del cielo y la tierra. Soy una gota del glaciar y todos somos el río. Hay esperanza, si señor… Urbanitas que se llevan a la ciudad un pedazo de Patagonia en sus corazones. Esos individuos nunca volverán a ser los mismos, no lo creo. Dios volverá a poblar las ciudades y poco a poco, las estrellas y arco iris irán apareciendo y llegará el tiempo en que la luz brillará tanto que ni siquiera el cemento podrá con ella y la felicidad, las sonrisas y los llantos de nuevos niños cotizarán en bolsa y tu, y yo, sabremos que allí nació todo. Aquí, en la inmensidad, donde los urbanitas renacen y la humanidad todavía cree. Polvo de estrellas…

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