PEINATE PARA ATRÁS

Frente al espejo a las ocho de la mañana, antes de comenzar otro día de colegio, mi padre me decía ,una vez más, que los hombres decididos, aquéllos que triunfaban en la vida y a los que los demás obedecían y admiraban, eran aquellos de frente ancha y, por supuesto, sin flequillo. Nada de lo que pudiera hacer a las ocho de la mañana podría estar bien mientras él viera ese “maldito flequillo de nena que te ha hecho tu madre”. Para atrás, la única forma de que todo estuviera bien a las ocho de la mañana de un día cualquiera de mi infancia, era que me peinara “ese maldito flequillo para atrás”. Yo no entendía porque no me lo cortaba. Lo maldecía con toda su alma, pero no lo cortaba. El hombre no lo cortaba. De modo que mis desayunos con él siempre versaban sobre el mismo tema. Como pueden imaginar, después de unos meses, mi única preocupación al despertarme era tener el flequillo en su sitio. No me pregunten por qué. En realidad no había motivo para que me preocupara tanto. El hombre, mi padre, estaba loco (quién no lo está a su modo- siempre me han dado miedo esas personas que se creen cuerdas-), tenía ataques de furia en los que era capaz de romper las puertas del apartamento, de los estantes de cocina, o de gritar sin razón aparente. Pero no era un hombre violento. Mi padre no era violento. Pero, con los meses, no podía dejar de pensar en el flequillo por las mañanas. No entendía por qué, pero parecía ser realmente importante para él. Algo así como si mi destino estuviera relacionado con mi “dichoso flequillo”. Fue así como comencé a soñar con ello. Me despertaba en medio de la noche gritando “para atrás, lo llevo para atrás” sin nadie que me escuchara e iba corriendo al lavabo y me miraba frente al espejo y comprendía que no lo tenía “para atrás”. Me di cuenta de que me era imposible dormir teniendo ese maldito flequillo. Nunca me ha gustado esa gente que se peina con gomina, me parece artificial, algo muy alejado de lo que supone ser humano pero el gel fue una buena solución a “todo el problema”. De modo que, antes de dormir, y para no seguir teniendo esas absurdas pesadillas que estaban acabando con mi sueño regular, me encerraba en el baño y me peinaba cual jugador de fútbol antes de un partido importante. Sabía que todo los focos estarían apuntándome por la mañana y yo tenía que ser la estrella que mi padre quería. La táctica funcionó durante algún tiempo. Cuando me despertaba, en medio de una pesadilla, corría al espejo y me veía con el “pelo para atrás”, me veía con futuro. Pero pronto el asunto de la gomina resultó ser menos fructífero de lo pensado pues me movía mucho por las noches y, al despertar, mis pelos eran un amasijo de nudos y gel mezclados con alguna que otra pluma que se escapaba de la almohada. No había manera. El gel no terminaba de ser la solución y volvieron los problemas. El flequillo estaba más largo y revoltoso que nunca y mi futuro parecía desvanecerse ante mis narices. La verdad es que ni siquiera comprendía que era eso de “tener un futuro”, pero parecía ser importante. Algo que no podía dejarse de lado. Y entonces fue cuando tomé la decisión. Después de meditarlo profundamente, o por lo menos todo lo que puede meditar un niño algo que no termina de entender, decidí cortarlo por lo sano. Nunca mejor dicho. Así que a la mañana siguiente mi padre me vino a despertar y “ese maldito flequillo” no estaba más y mi padre lloró. Mama nunca supo nada.

 

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