LAURA

Y en ese momento vi esa mirada en su rostro. La misma mirada que Laura me había dedicado tantas veces. Sus ojos desprendían decepción, incomprensión, ternura y determinación. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Yo no podía imaginar un mundo sin Laura. Marcus, ese pobre desgraciado, no era consciente de nada de lo que estaba ocurriendo a miles de km de New York. Ahora estaba todo claro. Marcus estaba sentenciado, esta no era una riña más. Había perdido el vuelo a Florencia y con él al amor de su vida. Todavía recuerdo cuando Edgar me explicaba como una de las mejores cualidades de su pareja era que soportaba vivir a su lado, que a pesar de todos los defectos que tenía, ella lo acompañaba siempre. Me encontraba viviendo el momento en el que un igual, un ser humano jovial y sin preocupaciones, un borrachín amistoso, estaba perdiendo el amor de su vida. Edgar lo sabía, por eso soportaba los ataques de cólera que tenía Marga. Marga lo aguantaba y eso era mucho aguantar. Pero parecía que Marcus no iba a tener tanta suerte. Y pensé en nosotros. Me di cuenta de que el nivel de intimidad al que había llegado con Laura no lo podría experimentar con ninguna otra mujer. Laura era mi chica, mi mujer, mi compañera. Nadie podría suplantarla. Estaba claro que podía conocer chicas más bellas, quizás más interesantes, más inteligentes, más locas y dicharacheras que Laura, pero seguirían sin ser ella. No serían la sonrisa de Laura, sus ojos, su modo de comer, de dormir; podría conocer otras mujeres, pero no serían Laura diciéndome que no fumara delante suyo, no serían Laura leyendo mis mensajes en el teléfono a escondidas. Habría otras mujeres, mujeres fieles, madres perfectas con sonrisas cautivadoras y prometedoras carreras profesionales, pero no tendrían los pies de Laura, no serían sus minúsculos dedos que odiaba que tocara, no mentirían como Laura, ni dirían la verdad de forma tan aterradora; habría más mujeres, decenas, quizás cientos de mujeres con apetecibles senos e ideas maravillosas revoloteando en su cabeza, con las que compartiría buenas charlas a la orilla del mar en una tarde de verano, pero no serían Laura depilándose en el lavabo con el agua recorriendo sus largas y dulces piernas, Laura mirando facturas y poniendo caras, Laura poniéndome celoso con otro hombre, Laura en camiseta cocinando después de hacer el amor, Laura pidiéndome que me lo comiera todo, Laura al abrir los ojos cada mañana, Laura al cerrarlos por la noche. La parte trasera de las rodillas de Laura, mi lengua en sus oídos y ella quejándose. ¡La voz de Laura! Habría cientos de voces, miles de voces que acariciarían mi cerebro. Voces que entonarían mis canciones favoritas, voces poderosas, dulces, intimas. ¿Pero qué era yo sin la voz de Laura? Laura sin mirar atrás cuando nos despedíamos, Laura entrando en el portal de su casa, abriendo la puerta. Laura desapareciendo..

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