LA TIERRA CUADRADA

Hoy me ha seguido un perro. Uno callejero, o creo que era del vecino, de esos labradores, esos tan monos que salen en los anuncios de papel de culo. Acababa de salir de casa cuando me he girado y lo he encontrado mirándome fijamente. Allí, sentado, mirándome. He comenzado a caminar y el perro me seguía. A veces por las mañanas, desde que no tengo trabajo, salgo a dar un paseo, a calentarme los huesos al sol. Dicen que el sol es un antidepresivo natural, por la vitamina D o qué se yo qué historia. Siempre me ha sorprendido la gente que sabe las propiedades que contienen todos los alimentos. “Come acelgas pues tienen más calcio que la leche; come perejil porque tiene rimoflovina; come zanahoria que tiene vitamina D; come esto, come lo otro…” ¿Cómo comerá esta clase de gente? ¿A caso escogen lo que comen por las propiedades que les va a transmitir ese alimento? ¿Qué mundo estamos creando?

Pasear por la mañana un día entre semana sin nadie que te moleste, sabiendo que la mayoría de la gente está trabajando, atareada, inmersa en sus problemas cotidianos, haciendo trámites, produciendo todo aquello que necesitamos, educando a las nuevas generaciones que pagarán nuestras pensiones (o quizás no), produce un vacío en mi interior. Cuanto tiempo malgastado. Meditando sobre esto, dándole vueltas a la cabeza, como suele decirse, he llegado a la playa. El perro seguías allí, detrás mío, mirándome. Me he sentado en un banco. La arena estaba seca, fina y fría. La luz era de una claridad dolorosa, el viento soplaba moderadamente y el mar estaba de azul mediterráneo, su verdadero color y no ese que adopta en verano, siempre he odiado ese color. Al sentarme el perro se ha sentado. He sacado el paquete de atados y me he puesto a fumar uno. Hacia tiempo que no fumaba, pero siempre llevo encima. Dicen que así es más fácil dejarlo. No creo que digan lo mismo cuando se trata de yonquis. Por lo menos no lo imagino. Me he fumado el cigarrillo tranquilamente, observando mi alrededor. A lo lejos se veía una mujer de unos cuarenta y tantos con un perro. Después de un rato me he dado cuenta de que nos miraba. A mi y al perro. Y poco a poco se ha ido acercando. Al llegar a nuestro lado se ha presentado, ha dicho que se llamaba Maria, quizás no era su verdadero nombre, y se ha sentado a nuestro lado después de acariciar al labrador. Su perro era un mil leches. Ha dicho que lo había encontrado medio muerto un veinticinco de diciembre, que había sido su regalo de navidad, que por eso se llamaba santa. Por Santa Claus. Yo le he preguntado por qué no lo llamó Nico, Nicolás. Me ha dicho que no sabía de que demonios estaba hablando. He pensado en explicárselo, pero he creído que no iba a servir de nada. Que ella iba a seguir llamándolo Santa, que todos iban a seguir llamándolo Santa de modo que me he quedado callado. Me ha preguntado por el nombre del perro. Le he contado que no lo sabía, que era callejero, o quizás del vecino. Pero que no lo sabía a ciencia cierta. Se ha reído. Quizás la postal en general le ha parecido absurda. Me ha parecido que iba a preguntarme algo pero se ha quedado callada. Después ha comenzado a lanzar piedras a su perro. El labrador no se movía de mi lado. Las piedras parecían no causarle nada. Me ha pedido si por casualidad tenía un cigarrillo, le he contado que siempre llevo un paquete encima y el por qué. Ha sonreído y ha dicho que para ella eso era una chorrada. El que tiene fuma. Es como el dinero, ha dicho, tanto tienes, tanto gastas. Le he dado la razón, pero le he dicho que yo lo hacía por si las moscas funcionaba. Hasta ahora no había sentido la necesidad de fumar y no había fumado por ello, no por llevar un paquete siempre encima, pero igualmente lo hacía. Ella se ha ofrecido a sacarme el peso de llevar el paquete siempre encima, que se lo regalara a ella, que así la próxima vez que quisiera fumar simplemente no podría. Le he comentado que no sabía si era una buena idea, que si lo hacía seguramente iría a comprar otro paquete pero he aceptado el reto, o como quieran llamarlo. De modo que le he dado el paquete. Ella ha sacado otro cigarro y se lo ha fumado delante mío y de los perros. Santa parecía tener sed. En las playas, durante el invierno, cortan el agua de las fuentes. Así que la única forma de beber agua es traérsela uno mismo. Hemos hablado de esto. De cómo todo parecía estar fijado, analizado, controlado. ¿por qué demonios no hay agua en invierno? ¿A caso es más importante la gente que va a la playa en verano que la gente que va en invierno? ¿A caso nosotros no somos personas? Después me ha contado que hacía poco que la habían echado del trabajo. Que había tenido una juventud difícil pues se había quedado embarazada a muy temprana edad y hasta los treinta y pico no había podido estudiar. Que estudió gracias a la herencia que cobró al morir su madre. Economía. Decidió estudiar economía pues, decía, que el mundo en el que vivíamos era pura economía. Sólo eso. Los primeros años había trabajado para una multinacional, una gran compañía de inversiones. Mucho dinero, mucho estrés y poco tiempo para disfrutar de su hija. Su pareja nunca había sido lo que se dice un compañero de viaje idóneo, pero se querían, que al fin y al cabo era lo importante para ella. Nunca he entendido esas personas que se casan o viven con personas a las que no quieren,pero que les proporcionan estabilidad. Como si la vida fuera estable. Le he dado la razón. Después, con la crisis y todo eso, dio un par de mal consejos en asuntos de bonos y la acabaron despidiendo. La vida. Yo le he dicho que seguramente sean muchos los que estén en su misma situación. Y ha sonreído otra vez. Sin duda así es, me ha dicho. Después se ha levantado, me ha preguntado si venía por aquí todos los días, a lo que he respondido que de vez en cuando y se ha marchado diciendo que tenía que arreglar un par de asuntos por la tarde en la ciudad pero que le había encantado charlar conmigo. Yo me he quedado con el labrador mirando al horizonte, pensando que quizás la tierra es cuadrada.

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